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Editorial & Opinion

El error de las encuestas

Jaime Ramírez Ortega / Consultor legal y de negocios

jueves 29, noviembre 2018 - 12:00 am

La mayoría de partidos políticos contratan firmas nacionales o internacionales para que elaboren encuestas que son utilizadas para dos propósitos: la primera es para tener un parámetro de cómo están verdaderamente frente al adversario más sólido; y la segunda es para presentar al público resultados sesgados a favor del contratante. Claro que no todas las compañías que se dedican a encuestar se prestan para la manipulación de resultados, sino que, través de los años, han mantenido un prestigio intachable y con margen de error aceptable frente a los resultados electorales reales.

Pero cuando analizamos el historial de algunas instituciones encuestadoras y los números estadísticos presentados versus los resultados reales, nos daremos cuenta que los números son diametralmente opuestos; creo que errar es de humanos, y cualquier institución se puede equivocar, el asunto es cuando la equivocación es recurrente en cada elección, ahí sin duda debe haber alguna malicia o las personas encargadas de crear la encuesta y supervisar la misma tienen una clara tendencia ideológica,  tal como en el pasado ha sucedido con algunas universidades; de modo que no se puede premiar la ideología por encima de las ciencias estadísticas.

Dicho lo anterior, debemos entender que hay una lucha encarnizada por conquistar el voto respecto de los cuatro candidatos en contienda, y cualquier encuesta que dé apariencia que un candidato va perdiendo o va ganando, es suficiente para crear una atmósfera en la población que enarbole el gane o el fracaso, y creo que esto es lo perverso de algunas encuestas, que al final también se pueden convertir en una herramienta de desprestigio y, por consiguiente, también es campaña sucia; ahora bien, la verdadera encuesta será el día de las elecciones, ahí se verá por quién se decidió el soberano, ya que en estos momentos ningún candidato se puede adjudicar el triunfo.

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Dado que el trabajo electoral que están realizando Nayib Bukele y Carlos Calleja, que son los oponentes más cercanos a sentarse en la silla presidencial, es completamente diferente, porque Bukele ha apostado a los mitines, a los ciudadanos virtuales y las bases están trabajando por él en el territorio; mientras Calleja está trabajando territorialmente con las bases, visitando casa por casa, en los mitines, así como le está apostando a los ciudadanos virtuales –no con la misma intensidad que lo hace Bukele, pero lo hace– de manera que hay parámetros en un proceso electoral que no pueden ser medidos ni previstos por ninguna encuesta.

Si bien es cierto que se puede tener un gran alcance mediático en las redes sociales, y se puede motivar a las personas desde el territorio virtual, la sensación que tiene la población de palpar y abrazar personalmente a un candidato no será jamás igual que el Facebook Live; además, los miles de likes que recibe una página   de un partido político no representan la intención de voto, ya que muchos de estos likes provienen de perfiles falsos o troles que son manejados por unas cuantas personas que posiblemente ni viven en El Salvador y que son contratados para tal fin por los diferentes partidos; en consecuencia, este parámetro no puede ser medido por una encuesta.


Lo que sí verdaderamente puede inclinar la balanza a favor de un candidato es la calidad humana con que interactúa con la población; me refiero aquella parte del pueblo que vota más por la emoción que por la razón. Sin embargo, hay otra parte de la población que es más exigente y es la que será conquistada únicamente por la calidad de las propuestas y los planteamientos que los candidatos hagan respecto a los grandes temas de interés nacional que requieren una pronta solución, y que no se pueden maquillar; de tal forma que se necesita saber cómo piensan mejorar la educación, como columna vertebral del crecimiento económico.

Si queremos ver a El Salvador, libre de violencia juvenil, con oportunidades, con una reducción significativa de la pobreza y productivo, tenemos que ir más allá de un plan quinquenal, y planear para 25 años, porque la única manera de resolver esos problemas es apostándole a una educación de calidad e invirtiendo en el único capital que tenemos, el “humano”, pero no a una educación maquillada, enarbolando antivalores como la ideología de género, sino más bien apostando un 6 % del PIB, para educación, distribuido en nuevas tecnologías educativas, capacitando a los maestros para que sean gestores de nuevos talentos y llevando educación donde no hay.

“Cuando los justos gobiernan, el pueblo se alegra. Pero cuando los perversos están en el poder, el pueblo gime”. (Proverbios 29:2)




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