Editorial & Opinion

El mundo en ebullición…

Roberto Burgos Viale / Abogado

lunes 27, enero 2020 - 12:00 am

Un estado de agitación permanente sacude al mundo y sus efectos se dejaran sentir en nuestro país, durante el tiempo suficiente para afectar de una u otra forma a nuestras vidas.

¿Qué ha pasado en el mundo? En Washington se desarrolla un juicio político contra el presidente por abuso de poder y obstaculización de investigaciones en su contra, en nuestra frontera norte siguen pasando centenares de personas que solas, con sus familias o en las llamadas caravanas, siguen intentado llegar a los EE.UU sin más incentivos que el miedo, el hambre y el sueño de un recomienzo en una tierra que no los quiere, pero que los necesita.

En Australia las secuelas de los incendios han dejado un verdadero desastre ambiental que ha afectado la calidad del aire en otros continentes, en el Caribe, además de las tormentas políticas habituales, Puerto Rico no terminaba de recuperarse de los huracanes de hace un par de años cuando volvió a ser destruido por un terremoto, y finalmente –ojala fuera así– los medios globales de comunicación ya nos alertan sobre un nuevo virus mortal originado en la ciudad de Wuhan, China.

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Este es el mundo que tenemos para la semana, la mayoría de menciones en los noticieros hará referencia a estos temas y a la evolución de sus consecuencias, si es que no ocurre algo peor. En El Salvador, la emergencia hídrica que ya se está volviendo permanente, mantiene a muchas familias con el servicio de agua racionado y con una carga adicional en el presupuesto del hogar, debido a la compra de agua embotellada, o al gasto de gas y electricidad en que incurren al tener que purificar la que apenas provee la administración.

No se trata de caer en el pesimismo o en una actitud pasiva ante el oscuro panorama que refleja el mundo de hoy, se está más bien ante el reto de asumir en forma radical, es decir, desde la raíz, cada una de las encrucijadas que se enfrentan en la actualidad. Existen varias alternativas que en otras épocas de la historia humana han probado ser eficaces para preservar las vidas, la naturaleza pública del Estado, así como la historia y la memoria de los pueblos y sus gentes, todos estos “pilares de la humanidad” que en cada uno reside, al menos en forma latente, desde que ocupamos un lugar en el mundo, somos además herederos de una identidad, del sentido de solidaridad y capacidad en el uso del lenguaje.


La primera amenaza a nuestra vida, al menos en este país y en la región, sigue siendo la violencia extrema, ya sea la originada en el mismo Estado o a través de otras amenazas como la del sicariato vinculado al crimen organizado, o por la portación de armas de fuego de gran calibre en casi todo el espacio público, así como por la permanente criminalización de la disidencia y de cualquier protesta ciudadana. Esto ha dejado más muertos en Centroamérica que cualquier epidemia o virus que hoy amenace con proliferar.

La alternativa para mantenerse con vida en los lugares más populosos sigue siendo la organización colectiva, de manera que cada red ciudadana se haga escuchar a través de los medios de comunicación tradicionales, mientras que a la vez, diseña y pone en práctica sus propios métodos alternativos de difusión. Actos culturales, como el teatro y la música o los deportes, ya han probado aquí y en otras regiones del mundo su gran potencial como cohesionadores de la comunidad y potenciadores de una beligerancia ciudadana constructiva, que a la vez que crea y se divierte, también facilita la instalación o mantenimiento de servicios básicos, la creación de liderazgos positivos y la rendición de cuentas de sus autoridades.

Otro aspecto fundamental para enfrentar este presente en ebullición es el de la solidaridad entre ciudadanos, la forma en la que se aprovecha las ventajas de cada uno en beneficio de los demás, actuando independientemente, fuera de horarios laborales y enfocando metas concretas en lugar de grandes proyectos a largo plazo, puede hacer la diferencia en este mar de pesimismo que muchos anuncian. Pareciera que el uso masivo de las nuevas tecnologías de comunicación terminó por aislar al ser humano en lugar de vincularlo con la vida y las necesidades de su vecino, esto se observa ya incluso en los niños.

Romper este aislamiento, organizarse comunitariamente y ejercer contraloría ciudadana haciendo uso del lenguaje político que posee cada ciudadano, son algunas alternativas para un mundo inquieto y dañado, al que tarde o temprano, todos tendremos que reconstruir.




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