Editorial & Opinion

El no ser

Juan José Monsant Aristimuño / Exembajador venezolano en El Salvador

viernes 12, julio 2019 - 12:00 am

El hotel se encontraba situado a pocas cuadras de la Plaza de la Cultura de San Jose de Costa Rica, me llevó allí Pablo López Ulacio, “te hacen un buen precio por mes y se encuentra cerca de las principales vías de la ciudad, allí llegué cuando me vine a Costa Rica, huyendo del gobierno” me dijo el Director del Semanario La Razón. No entendí muy bien, y le espeté ¿pero Chávez no escribía en ese periódico, cuando nadie le paraba, cómo es eso que ahora te persiguen? Si, fíjate que nos tocó reseñar el primer caso de corrupción que se dio a los pocos meses de su mandato, se trató el de la Imprenta Micabú, propiedad de Luis Miquelena, donde se mandó a imprimir más cinco millones de ejemplares de la Constitución aprobada, y el caso de los Seguros Mundial, a quien le otorgaron el monopolio de los seguros de los ministerios. Sacamos la noticia, con datos, documentos fechas, nombres y apellidos. Hasta al Grupo Gato, aquél de Molina Gasperi nos mandaron, juicios penales y allanamiento. Así que me fui.

Un par de meses después, leyendo un encartado del diario La Nación,  me topé con un ensayo acerca de Primo Levi, de quien no había oido hablar; un joven judío sefardita de origen italiano sobreviviente Auswitchz, químico de profesión, capturado cuando iba a incorporarse a la resistencia armada, y entregado a los nazis que habían ocupado Italia. Luego de su liberación en 1945 escribió varios libros testimoniales (Si esto es un hombre, La tregua, Los Hundidos y los Salvados) así como poemas y cuentos. En uno de ellos relata que lo que más le impresionó, lo desmoronó de la humanidad, fue haber constatado que quienes torturaban, asesinaban o daban las órdenes eran personas con un grado de cultura adecuado, muchos de ellos universitarios, médicos, enfermeras, ingenieros, juristas, intelectuales, no los de bajo nivel o formación. En otro paraje escribe “Debemos constatar una vez más, que el ultraje es incurable: se arrastra con el tiempo, y las Erinias, en las que es preciso creer, no acosan tan solo al torturador, perpetúan el ultraje cometido por él al negarle la paz al atormentado”.

Años después de haber sido liberado, ejercer su profesión de químico, escribir libros y dar conferencias se suicidó (1987); no logró interiorizar, esa “banalización de mal”, como lo conceptualizó Annah Arendt.

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Mi primer encuentro con el Holocausto, fue a través de la lectura de  “Treblinka” de Jean Francois Steiner, adquirido a través de Círculo de Lectores; no recuerdo la editorial, pero me impresionó, fue el choque de la II Guerra Mundial y su interioridad no heroica. Quizá de esa lectura fue que sentí a la tortura como la manifestación más degradada de lo humano; ese crimen contra natura, junto a la violación, los considero merecedor de la pena de muerte. Me niego a entender los motivos o causas sicosociales que conducen al hombre ejecutar hechos como el Holocausto judío, o cualquier otra perversidad similar, como el Holodomor ucraniano perpetrado por Stalin, el del Kemer Rouge en Camboya, el de la Revolución de los Jóvenes Turcos al pueblo armenio, la Revolución Cultural de Mao, el de Ruanda y tantos más en la desconcertante historia de la humanidad.

Hay otros, como el genocidio que se ha venido perpetrando en Venezuela por el chavismo, (“dictadura narcopopulista,” la catalogó Laurence Debray) junto a sus secuaces cubanos, terroristas, oportunistas, colaboracionistas e indiferentes, en donde la tortura se convirtió en política de estado. Las causas de su amoralidad o inmoralidad, de su enfermedad espiritual o psíquica se las dejo a los sacerdotes y a los sicólogos, y deseo fervientemente que muy pronto, a los jueces penales nacionales e internacionales, aunque a ellos les toca conocer los efectos y no las causas.


Sigo creyendo en la evolución positiva de lo humano hacia el punto Omega del que hablaba Teilhard de Chardin; por lo que, para no interrumpir la marcha hacia esa utopía, hay que enfrentar, perseguir y erradicar estas expresiones antihumanas, anticivilizatorias de la narcodictadura, que la entorpecen y retardan, a un precio desmesuradamente alto en vidas, dignidad, salud, paz y equidad.




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