Editorial & Opinion

El origen de las pandillas

Jaime Ramírez Ortega / Consultor legal y de negocios

jueves 2, mayo 2019 - 12:00 am

Definitivamente, atravesamos por uno de los momentos más violentos en El Salvador, donde las amenazas, la extorsión, los asesinatos y la desaparición de jóvenes a diario, ha llenado de luto y dolor a miles de familias salvadoreñas, que con una luz de esperanza continúan buscando a sus hijas e hijos secuestrados. Mientras tanto, la clase política continúa enfrascada en temas triviales, como la toma de posesión y su presupuesto superfluo, la continuidad en los cargos públicos, la reducción mal intencionada del presupuesto al presidente electo y por último se sigue discutiendo sobre los pelos en la sopa.

Recordemos que nos ha traído hasta este momento de violencia pandilleril, ya que muchos salvadoreños ignoran su origen. No obstante, su origen se da en el tiempo de la guerra, donde miles de padres de familias tuvieron que emigrar hacia diversos países del mundo, por la opresión de la guerrilla y por los abusos del ejército, dejando en la orfandad a sus hijos, quienes fueron educados en violencia como la extorsión, el secuestro, asesinatos, bombardeo de empresas, quema de buses, destrucción de la infraestructura del país, robo de los bienes de los campesinos y de empresarios.

Luego al desmovilizarse el ejército y la guerrilla, un tiempo después de los acuerdos de paz, hubo desempleo y más pobreza, porque el gobierno de turno no supo crear una política nacional que diera una respuesta a las múltiples necesidades de los miembros del ejército y la guerrilla, de manera que muchas de estas personas no sabían defenderse en la vida civil, porque algunos desde muy jóvenes llegaron al ejército y otros habían sido secuestrados y reclutados desde que eran niños por la guerrilla, de tal modo que no sabían hacer nada productivo, más que poner bombas, crear caos y terror.

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A ello se le sumaron todos aquellos compatriotas malacates que fueron deportados por la unión del norte, por andar sembrando terror en tierras del tío Sam; en otras palabras, la suma de todos los males en El Salvador vendría con la formación de grupos pandilleriles, producto de algunos hijos de la guerra que se criaron sin sus padres, por una buena parte de desmovilizados de ambos bandos y por una buena cantidad (no todos) de pícaros que fueron deportados. Por lo tanto, la violencia no concluyó con los acuerdos de paz, sino que cambió de bando.

Por ello en las dos décadas ulteriores a los acuerdos de paz, florecieron los secuestros, la extorsión, el sicariato y los asesinatos, todo ello ante la vista impávida y complaciente de los gobiernos de turno, que no supieron tratar la violencia creciente después de la guerra ni generaron oportunidades de empleo para esta parte de la población que estaba sin rumbo y sin esperanza; por ello su refugio fue entregarse por completo a la violencia, porque era lo único que sabían hacer.


Posteriormente, al ganar el FMLN las elecciones en el año 2009, se esperaba que hicieran algo diferente, dado las críticas que le hacía al partido Arena de cómo estaba manejando la violencia pandilleril; sin embargo, no solo fue peor, sino que abrieron aún más las puertas del infierno,  al negociar con las pandillas, donde por boca de varios testigos en el caso tregua, aseguran que  las pandillas no solo recibieron dinero de parte del gobierno del FMLN, liderado por el expresidente Funes, sino que les fueron otorgados privilegios enormes dentro de los centros penales, al grado que les amenizaban fiestas pornográficas.

Todo ello fortaleció territorialmente las estructuras pandilleriles, ya que lo único que les hacía falta era el poder político, el cual les llegó en bandeja de plata, y con ello construyeron un imperio y se armaron hasta los dientes, incluso tienen en la actualidad armas de uso privativo de la Fuerza Armada,  ¿cómo les llegaron a sus manos?, es un misterio sin resolver (sarcasmo), de manera que mientras los líderes pandilleros y sus familias se daban la gran vida, muchos niños y adultos fallecían por falta de medicamentos o equipo médico apropiado en la red de hospitales públicos.

Así que el tema de la violencia pandilleril no se resolverá por decreto ejecutivo, ni por la toma de posesión en la plaza barrios, ni por las buenas intenciones, para ello se requiere de voluntad política, de unidad nacional, de un plan estratégico, de una política criminal de Estado, enfocada en la niñez desde la primera infancia de forma preventiva, y con énfasis en valores cristianos. Combatiendo el verdadero enemigo que da origen a las pandillas, la pobreza, la corrupción, la falta de oportunidades, los despilfarros, la brecha de la desigualdad y la falta de amor al prójimo.




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