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Editorial & Opinion

El outsider y la crisis de los partidos políticos

Aldo Álvarez / Abogado, Catedrático, directivo del CD

jueves 15, noviembre 2018 - 12:00 am

Cuando en una democracia se elige un “outsider” como Presidente de la República, eso significa que los representantes de las instituciones partidistas no están dando la talla ante las expectativas de la población y por ello se recurre a buscar personajes fuera del llamado status quo. Entre los casos más notorios, nos encontramos con las elecciones de Donald Trump en Estados Unidos, Hugo Chávez en Venezuela, Mauricio Macri en Argentina, Emmanuel Macron en Francia, Silvio Berlusconi en Italia, Alberto Fujimori en Perú, y lo más reciente la elección de Jair Bolsonaro en Brasil ¿Qué está pasando?

En mi opinión, aunque el modelo de democracia occidental se asume muy democrático y pluralista, en realidad es gobernado por un oligopolio de partidos y gobiernos conformados, principalmente, por representantes de partidos. En otras palabras, no somos suficientemente pluralistas, es decir, que los partidos están sobre representados, mientras que los demás sectores están relativamente marginados.

Esto significa que el análisis de los problemas sociales y sus supuestas soluciones son enfocados en función de intereses partidarios y no en función de los intereses de los gobernados, esto es pues, de las grandes mayorías. Esta distorsión se agrava si se suman las ideologías -peor si son extremistas-, el afán por justificarse -si se está en el poder- o de criticar por criticar -si el político es de oposición-.

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La marginalización o exclusión de otros sectores en los procesos de toma de decisiones se basa en que los candidatos a los cargos de elección popular son en términos reales, predominantemente escogidos por los partidos entre sus miembros, en vez de seleccionarlos en función de la representación de sectores e intereses y de las experticias profesionales necesarias para poder responder a las expectativas de cada sector de la manera más eficaz y eficiente posible, lo cual ha sido heredado desde hace muchas décadas.

Esta herencia se ve manifiesta en la falta de civismo y cultura por parte de los ciudadanos que no se inmiscuyen en la vida política del país, limitando su participación al voto y como consecuencia de ello sus demandas no se ven reflejadas en la agenda de los partidos políticos, quienes terminan velando sólo por sus propios intereses.


La actual coyuntura política regional y local retrata lo antes descrito. Los partidos tradicionales –la llamada por mí “rancia partidocracia”- que hoy se enfrentan a la contienda electoral son desarticulados y no tienen un proyecto partidario sostenido.

La tarea más importante y elevada es combatir la debilidad de los partidos políticos, porque en suma ellos son el engranaje para el funcionamiento de la democracia. Por este motivo es necesario en primer lugar, reformar la ley de partidos políticos para que éstos respondan a programas formulados en torno a su agrupación, y en consecuencia, sus representantes respondan a esos esquemas. Segundo, la profundización de la democracia interna real más que formal en los partidos, ya que esto impide la desarticulación del partido político como tal, evitando que los candidatos hagan “microcampañas” electorales promoviendo su candidatura, dejando de lado muchas veces el planteamiento que como partido político existe, lo cual no promueve la gobernabilidad, ya que el partido político se ve dislocado y sin proyecto claro y preciso y por el contrario, confunde a los electores, quienes muchas veces no están preparados para manejar el bombardeo de propaganda e información que se acostumbra lanzar en estas contiendas electorales.

Hablar de los problemas que está atravesando la política como consecuencia de un malestar bastante generalizado hacia los partidos políticos de vieja data -los que se conformaron en las décadas de los años 60 y 70 del siglo XX- como resultado de las revoluciones sociales desde la izquierda comunista y la derecha liberal –y después neoliberal- y sus representantes, al reconocerles su débil papel en la resolución de los distintos conflictos en nuestras sociedades. Siempre bajo la mirada tutelada de un Estado paternalista, lo que conllevó al surgimiento del populismo en un comienzo y esa larga tradición en América Latina, entre democracia versus dictadura, democracia versus caudillismos, democracia versus, en la actualidad, personalismos fuera de las formas de profesionalización política para la conducción de los gobiernos. Muchos consideran que esto ha hecho del Estado un torrente de desinstitucionalización del sistema republicano, lo que muchos dan el nombre de “neopopulismo”, en algunos casos en otros, los promotores de la anti-política. Todo un cóctel explosivo para el desarrollo de las naciones, si no tomásemos en cuenta que el “outsider” muchas veces se convierte en la respuesta popular a la crisis de representatividad y credibilidad, en que ha caído el sistema político tradicional.




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