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Editorial & Opinion

El país donde los jóvenes matan a jóvenes

Jaime Ulises Marinero / Periodista

martes 5, febrero 2019 - 12:00 am

Óscar Edgardo Archila Chicas, tiene 24 años de edad y  frente a varios periodistas, sin ningún asomo de remordimiento y con mucha frialdad, aceptó que es pandillero y el autor directo de la muerte de Edwin León Gámez, de 21 años y Tatiana Lisseth Abarca Rodríguez, de 20, crimen ocurrido a las 6:30 de la mañana del primer día de este año en la Zona Rosa de esta capital.

Archila, junto a Helen Xiomara Flores Laínez, de 20 años,  fueron presentados la semana pasada al Juzgado Tercero de Paz de San Salvador como sospechosos de la muerte de los jóvenes León y Abarca. Tras la audiencia inicial el juzgado ordenó instrucción formal con detención provisional contra los presuntos homicidas.

La Fiscalía asegura contar con vídeos y testigos que supuestamente identifican plenamente a los imputados como los autores del doble homicidio, el cual supuestamente está relacionado con riña entre pandillas y distribución de drogas en la zona.

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Archila, alias “McDonalds”, ni  se inmuta al reconocer que él fue el autor directo y según él la joven Flores, a quien la policía la identifica como “La Shuky”, no tuvo nada que ver. Incluso señaló que ni la conoce, no obstante testigos aseguran que ella acompañaba a Archila cuando ocurrió el doble crimen y la Fiscalía sostiene que es ella la joven de los vídeos. Al final serán las investigaciones las que corroborarán o desecharán la participación de la joven en este crimen.

Según Archila hace varios meses pandilleros rivales le asestaron tres balazos en su cuerpo, por lo que en venganza mató a la pareja, ya que los identificó como pandilleros rivales. “Fueron 14 disparos los que les hice”, dice mientras se suelta una carcajada porque según él no son las primeras personas a las que ultima a balazos.


Mientras se burla de sí mismo, porque dice que lo capturaron porque cometió el error de embriagarse, asegura que hace algunos años estuvo a punto de matar a sus padres para quedarse con la casa y el dinero. Archila tenía un arma e  iba a matar a sus padres porque éstos mucho le reclamaban porque había abandonado sus estudios de Administración de Empresas en la Universidad de El Salvador para dedicarse a la venta de drogas en la Zona Rosa.

Para “McDonalds” la cárcel no es nada nuevo. Ya antes fue capturado y procesado por agrupaciones ilícitas, pero  luego de casi dos años fue liberado. Esta vez, aparentemente, la Fiscalía cuenta con pruebas sólidas para lograr una condena grave contra Archila.

Este caso realmente es patético. Las víctimas una joven estudiante y un joven que trabajaba en Uber. Si eran pandilleros o andaban en busca de droga, eso no se ha comprobado y en todo caso no le resta gravedad a su muerte. Los supuestos criminales son dos jóvenes padres de familia. Archila tiene a su actual pareja embarazada de tres meses y  es padre de una niña de cinco años, a quien no puede ver porque la madre, según él, es miembro de una pandilla rival. Helen, es madre soltera de una  bebé de diez meses.

En resumen dos jóvenes muertos y otros dos que pueden ser condenados, pero al final  son cuatro familias sufriendo las consecuencias de la violencia. Dos familias dolientes que quieren justicia y dos familias donde hay niños que sufrirán por las maldades de sus padres.

Tan mal estamos en una sociedad inconsecuente donde los jóvenes son víctimas mortales potenciales de otros jóvenes a quienes matar no les remueve la conciencia. “Hasta ya perdí la cuenta de cuántos he matado, puedo asegurar que a esos (León y Abarca) yo los maté, nadie más tiene que ganarse ese crédito”, dice Archila, tras mostrar las cicatrices de los disparos que él recibió hace algunos meses.

Esta no es la primera vez que pandilleros confiesan sus crímenes ante periodistas en los juzgados. Lo hacen con triunfalismo, como si una muerte les significara un trofeo o un cúmulo de prestigio.

Definitivamente el próximo presidente de la República, junto a su gabinete de gobierno, debe trabajar profundamente una política preventiva que abarque desde una reforma educativa para formar en valores  hasta un programa integral de apoyo a la juventud, pasando por fomentar la oportunidad para todos, sin obviar que hay que ser rígido con la represión del delito y jamás negociar con los delincuentes  para evitar que El Salvador siga siendo un país donde los jóvenes matan a jóvenes.




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