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Editorial & Opinion

¿El principio o el final del ciclo?

Aldo Álvarez / Abogado, catedrático y directivo del CD

sábado 2, febrero 2019 - 12:00 am

Los procesos políticos de las sociedades son largos y complejos, y he logrado verificar y darme cuenta que a la vez suelen ser cíclicos, como casi todo en la vida, son los ciclos de la vida. Así como un ciclo político termina, comienza otro y viceversa, quizá porque la historia misma se nos revela cíclica. Quien esto entiende aunque sea meridianamente, puede considerarse con alguna vocación particular para medianamente entender la historia y la vida misma, y estar convencido de dos cosas: Que ningún pueblo vive eternamente en un mismo ciclo histórico y que cada cambio de ciclo o de era obedece a determinados factores que se debe aprender a identificar para anticiparlo, a lo que algunos llaman más corrientemente “El signo de los tiempos”.

¿Qué cosas explican los cambios de ciclos sociales en un determinado momento? Pregunta muy compleja, pues nos obliga a pararnos en el campo de lo sociológico, y todo lo sociológico es por definición algo muy complejo, no sólo de identificar y ver, sino que y por sobre todo, entender. Extrapolado lo anterior al proceso político de un país, implica per se que también el proceso político es cíclico, toda vez que se da en un contexto sociológico y en un momento histórico particular.

Sin duda alguna, los cambios en los ciclos políticos de los pueblos no suelen ser muy frecuentes ni muy abruptos que digamos, pues suele haber un acomodamiento cuasi natural de las poblaciones a los estados corrientes de ser y hacer de las cosas, a determinados parámetros legales de comportamiento y hasta ciertas formas de ser gobernados, todas las cuales llega a concebir como aceptables, toda vez que perciba que, aunque no sea lo ideal que quisieran que fuesen, sigue existiendo un espacio aún para aquella frase icónica del confort general de los seres humanos que “vale más lo viejo conocido que lo nuevo por conocer”. En sí, es la encarnación del natural miedo al cambio, al que se le teme no por cambio en sí, sino por la incertidumbre que ello conlleva, pues aunque exista el legítimo deseo de una población de que existan cambios en el status quo de cosas y en la forma en ser gobernados, si la percepción de incertidumbre es suficientemente más grande que ese deseo, ninguna acción podrá ser tomada para impulsar dicho cambio, precisamente porque uno de los sentimientos más antiguos en la evolución humana, enraizados, profundos y poderosos, es el miedo. El miedo paraliza, el miedo detiene, el miedo amedrenta, el miedo disuade, el miedo aleja, el miedo define, el miedo produce toda inacción, y la inacción impide el cambio.

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Por lo anterior es que las campañas políticas en muchas partes suelen decantarse por campañas de miedo a la población, para estimular el inconsciente de los ciudadanos y que de esa manera se decidan a mantener el status quo de cosas que corrientemente existe, pues aunque inconforme quizá con él, es más fuerte el miedo a la incertidumbre que el cambio le produce que la realidad “conocida”, aunque le sea tan despreciada y rechazada. Así pues, para que haya una movilización suficiente, una acumulación de “masa crítica” determinada, capaz de remontar a la más profunda de las emociones humanas, es porque debe ser tan grande y profusa la repulsión, desprecio y repugnancia que una población debe sentir por el estado de cosas en términos de organización política y ejercicio del poder, y que haya conectado efectivamente en su imaginario intelectual individual su calamitosa realidad con ese estado de cosas en términos políticos. Cuando esta “remontada” ocurre, es porque realmente puede asumirse que existe la masa crítica suficiente para poder pensar que se puede dar un cambio de ciclo político, o que al menos se está en una zona crepuscular de dicho cambio.

¿Qué catalizadores sociales son los que propulsan estas “remontadas” del miedo? ¿Qué realidades sociales y/o personales son las que vencen la parálisis que el miedo causa? ¿Qué actos de exacerbada oprobiosidad y desvergüenza pueden ser capaces de lograr la mencionada remontada? ¿Qué nivel de hartazgo y hastío descomunal debe haber en la población frente al status quo para que el vencimiento al miedo produzca el cambio? Bueno, está claro que no es el simple liderazgo de nadie lo que lo propulsa, en todo caso el liderazgo -y más si es carismático- coadyuva, pero lo que realmente logra el cambio de ciclo político es el autoconvencimiento más o menos generalizado que un nuevo orden político y una nueva forma de gobernar deben imponerse ¿Se manifestará eso el 3F? Está por verse…





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