Editorial & Opinion

El problema es la interpretación

Rafael Domínguez / Periodista

miércoles 31, julio 2019 - 12:00 am

Hacer periodismo es trabajar para que otros vean, conozcan, comprendan y tengan su propia opinión de hechos y eventos relevantes que pueden llegar a cambiar o impactar su vida, la función entonces del reportero es construir una imagen lo más fiel posible de tal o tales circunstancias, no restando ni aumentando nada pero sí siendo suficientemente explícito, amplio, claro y generoso en detalles, siendo posible orientar el entendimiento pero sin usar calificativos para generar adhesión o repulsión, porque eso le corresponde construirlo mentalmente al lector, televidente, oyente o consumidor del trabajo periodístico.

El problema es que quien tiene que interpretar, discernir, aceptar o rechazar un esfuerzo periodístico ha perdido capacidades y hace poco o nulo esfuerzo por procesar la información, creyendo que si no coincide lo dicho con su propia apreciación de la situación el periodista miente, tergiversa o incluso tiene intenciones ocultas detrás de su trabajo informativo.

El juego de la comunicación es simple, en su base operativa siempre necesitará de un emisor, un receptor, un código y un medio entre ambos, pero la comunicación actual con las redes sociales en pleno desarrollo ha cambiado las cosas, porque ha multiplicado y atomizado los medios, cambiado los códigos, triplicado los mensajes y aumentado los receptores pero lo más inesperado en este proceso es la aumentada capacidad de retroalimentación del receptor, que se volvió instantánea, inmediata, permanente y con un elemento sutil pero presente: el anonimato. De aquí que la comunicación como la conocemos se ha desarticulado en sus principios por así decirlo o abandonando la simpleza es ahora un ejercicio complejo entre medios reales, periodistas reales y receptores en muchos casos anónimos o con identidades no reales, incluso un solo receptor controla o maneja varias identidades, volviendo esta comunicación en un ejercicio incontrolable, tanto que hay robots y software con capacidad de administrar identidades e influir con tendencias y respuestas.

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El periodismo de hoy compite contra sí mismo y contra la capacidad de crear contenidos de cualquiera, incluso de sus receptores, pero tendrá siempre un valor en la medida que el periodista pueda demostrar veracidad, credibilidad y construcción de mensaje acordes a la capacidad de interpretación de esos públicos, porque es ahí donde radica la capacidad final de comunicar, pero debemos hacer la salvedad que eso no puede ser controlado desde el mensaje sino desde quien recibe el mensaje, por tanto es hora de dejar de preocuparse por la reacción y poner énfasis en la interpretación, dicho de otra manera debemos hacer periodismo claro, profundo y contundente sin importar las múltiples reacciones, porque no se puede seguir creyendo en que el éxito periodístico es el número de lectores o el número de quienes estén de acuerdo, más bien el éxito debe serlo la incidencia en la transformación de aquellos que tuvieron capacidad de interpretar correctamente.

El desafío no está entonces solo del lado del periodista, también hay que decirlo, está del lado del consumidor, de su educación, de su capacidad de lectura, de su facilidad de síntesis, de su imaginación, de su visión del mundo y de su madurez política y social, incluso de su capacidad de hilar hechos y su conocimiento histórico de la realidad. No es el periodismo el que muere, sino el ciudadano con capacidad de entender, muere el pensamiento crítico, filosófico y muere el lector de exigencia intelectual, para dar paso a una generación cuya realidad es su lista de contactos, sus chats y sus mensajes cada vez más reducidos a emojis, stickers y gifs, una realidad cada vez más supeditada al pulso de la masa (emoción) que a la capacidad reflexiva individual, una realidad por tanto poco exacta y muy volátil, pero de la cual no podemos ser responsables.


El periodismo del futuro es el de este presente, un presente que quiere comer información pero no logra ubicarla entre lo bueno y lo malo, donde cada quien tiene una percepción propia de lo bueno y de lo malo, por tanto no hay manera de continuar si no es escribiendo y diciendo lo que hay que decir con el carácter correcto, el del periodista que puede arriesgar su vida, su prestigio, su fortuna, por decir lo que debe decir y decirlo de la manera que considera más clara y oportuna para desenmascarar al corrupto, al mentiroso, al abusador, al falso profeta, al criminal, porque en eso el oficio sigue siendo el mismo, aunque cambien las formas. ¡Felicidades periodista salvadoreño en tu día! Ánimo, solo tenemos un camino y no es ganar likes.




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