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Nacionales

El Salvador y la Primera Guerra Mundial

Carlos Cañas Dinarte

sábado 17, noviembre 2018 - 12:01 am

En diciembre de 1916, El Salvador le vendió 125 mil sacos de café a la Rusia del zar Nicolás II. ¿Logró hacer llegar ese cargamento a su destino o acabó en el fondo marino tras alguna de las acciones de hundimiento de cargueros emprendida por los submarinos alemanes con sus torpedos?

A medida que transcurrían los meses de la guerra, diversas personas y mensajes telegráficos reportaron avistamientos de misteriosas naves submarinas en el golfo de Fonseca y en otros puntos de la costa nacional. Cundió el temor, en especial por el posible trabajo de quintacolumnistas que buscaban hacer atentados dinamiteros y otros sabotajes en zonas de almacenaje y producción, sobre todo de materias primas del sector agrícola.

También fue limitado, controlado o cesado el correo internacional -en especial, el dirigido hacia Alemania, Austria-Hungría, los Balcanes, Bulgaria, Luxemburgo y el Imperio Otomano-, así como las transmisiones telegráficas en clave que no fueran remitidas por sus gobiernos aliados hacia sus legaciones en San Salvador o a sus consulados en el interior del territorio salvadoreño.

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A inicios de 1917, El Salvador mantenía una clara posición contraria a los intereses estadounidenses y sus pretensiones por cumplir el tratado Bryan-Chamorro para establecer una base naval en el golfo de Fonseca, para lo cual defendió su postura en la Corte de Justicia Centroamericana, en Costa Rica, gracias a la llamada Doctrina Meléndez, gestada por el jurisconsulto nacional Dr. Salvador Rodríguez González, una mente brillante que sucumbiría pocos años después ante los embates del alcoholismo y cuya memoria dentro de la historia jurídica nacional se sumiría en un completo olvido.

En abril de 1917, Estados Unidos declaró el estado de guerra contra los imperios alemán y austro-húngaro. Frente a esa acción, el gobierno salvadoreño decidió mantener su postura de “neutralidad amistosa”, pero vio con buenos ojos la entrada estadounidense en la Gran Guerra. Pronto, otro millón de soldados (llamados Sammies por la imagen del Tío Sam y sus afiches de enlistamiento) se uniría a los teatros de guerra en suelo europeo. La maquinaria de producción se orientó más hacia la guerra, por lo que hubo temor en el país de que escasearan productos que se importaban gracias a las ventas masivas de café. El precio internacional del “grano de oro” cayó con fuerza, al hacerse imposibles las exportaciones hacia mercados como Alemania, Italia y Reino Unido. La crisis económica comenzaba a mover sus largos brazos.


En pocos meses, se manifestó en el territorio nacional una marcada escasez de muchos artículos que antes se importaban de los mercados europeos, debido principalmente a que los precios de las mercaderías, de los fletes y de los asegurosmarítimos experimentaron fuertes alzas. Al reducirse las importaciones, el tesoro público enfrentó una sensible baja en las rentas de aduana, al tiempo que el alza de los precios del azúcar y de la panela en los mercados extranjeros trajo escasez de materia prima en El Salvador para la destilación del aguardiente, con lo que también se produjo una reducción de los impuestos que se aplicaban a los licores, todo lo cual afectó significativamente el nivel de los ingresos públicos.

Como forma de contrarrestar esa situación alarmante, el gobierno envió a sus científicos y universitarios al interior de El Salvador, para que buscaran materiales que pudieran servir como sustitutos de aquellas importaciones que ya se veían afectadas por la falta de cargueros y servicios internacionales. Así, el médico y naturalista Dr. David J. Guzmán fue comisionado para buscar especies arbóreas que pudieran emplearse para fabricar papel, una necesidad básica para que funcionaran todos los diarios y revistas. También se buscó regular y centralizar la producción azucarera, por entonces en manos de múltiples ingenios y trapiches.

En su filme Armas al hombro, Charles Chaplin usó el humor para criticar la dureza de la guerra.

El jueves 7 de junio de 1917, la ciudad de San Salvador y otras poblaciones de los departamentos de La Libertad y Sonsonate fueron devastadas por dos terremotos y la erupción del volcán. La situación para el país dirigido por el presidente Carlos Meléndez Ramírez no resultaba nada halagüeña. Los esfuerzos para la reconstrucción llegaron desde el puerto californiano de San Francisco, en forma de casas de madera y lámina, semejantes a las usadas para reconstruir aquella urbe tras el magno incendio de 1906. Un pesado ladrillo más se sumaba a la ya tensa situación económica, en momentos en que también se debatía la posibilidad de continuidad hacia un tercer mandato presidencial dentro de la dinastía Meléndez-Quiñónez.

En el escenario internacional y fuera del accionar bélico, la Gran Guerra precipitó afanes revolucionarios en algunos puntos de la geografía europea, a la vez que impulsó esfuerzos nacionalistas e independentistas en muchas posesiones coloniales, en especial en la India y el continente africano. En la Rusia zarista se produjo la Revolución de Octubre, dirigida por los bolcheviques en 1917, pero la cual sólo fue el preámbulo de otras revueltas violentas, que incluso afectaron a las capitales alemana y china. Las ideas contrapuestas de dos políticos visionarios (el ruso Vladimir Ilich Ulianov Lenín y el estadounidense Woodrow Wilson) afectaron a diversas naciones colonizadas, mientras que en Europa amplias masas abrigaban rencores profundos a medida que los viejos imperios eran desmontados, se comenzaban a exigir millonarias reparaciones de guerra y el mapa euroasiático era rediseñado para siempre por las potencias que sumaban victorias en los campos de batalla.

Entre 1917 y 1918, otros soldados salvadoreños se enlistaron en los ejércitos aliados. El ahuachapaneco Rafael Alfaro prestaba servicios en Francia dentro del cuerpo de ingenieros adscrito a las tropas del general estadounidense Pershing. Por su parte, el ingeniero René Peyrouet ganó su grado de subteniente en el ejército francés, mientras que Andrés Levy (empleado de la casa comercial judeo-francesa Dreyfus Schawb, en el centro capitalino) derribó un avión alemán en Luxeil y se agenció la Cruz de guerra. Andrés Dehais, exchófer de la Casa Presidencial salvadoreña en la calle Delgado, también militaba en la aviación francesa. En suelo palestino, W. Douglas Brown, agente en Acajutla para la empresa ferrocarrilera The Salvador Railways, moriría en combate mientras cumplía sus funciones como capitán de la guardia escocesa Black Watch.

Tras recibir ayuda estadounidense para la reconstrucción tras los terremotos y la erupción, al gobierno de Carlos Meléndez Ramírez le correspondió hacer la vista gorda de su estado de neutralidad para permitir que atracaran o zarparan el cazasubmarinos SC274, varios cruceros y algunos submarinos de la flota de los Estados Unidos. Además, dio amplio respaldo a la comunidad francesa nacional para el festejo del 14 de julio de 1918, que ya auguraba un pronto final para la guerra. Mientras ese día llegaba, al país aún le tocaría soportar el impacto de la peste de influenza (la mal llamada “gripe española”), que atacó entre agosto y noviembre de 1918, con el resultado polémico de entre 15 y 80 muertos diarios en muchos de los municipios nacionales, en los que se ordenó el cierre de escuelas, teatros y salas de espectáculos para evitar la propagación del mal. Por esas fechas, la publicidad farmacéutica internacional hizo su agosto desde varios de los principales periódicos salvadoreños, en los que pronto también se anunciaría la proyección de Armas al hombro, el filme de Chaplin crítico con la vida de los soldados en las trincheras europeas.

El jueves 7 de junio de 1917, San Salvador y otras poblaciones de los departamentos de La Libertad y Sonsonate fueron devastadas por dos terremotos y la erupción del volcán. / Carlos Cañas Dinarte

El lunes 7 de octubre de 1918, el imperio alemán solicitó a Estados Unidos condiciones para suscribir un armisticio y un tratado de paz. El lunes 21, el imperio austro-húngaro se unió a ese clamor, que se materializó mediante la rendición y suscripción del duro armisticio el lunes 11 de noviembre. El siguiente fin de semana, El Salvador lo declaró fiesta nacional para celebrar el fin de la Gran Guerra, que tuvo su capítulo culminante con la firma del Tratado de Versalles, el 28 de junio de 1919. El texto francés de ese tratado y su traducción al castellano fueron publicados por el Diario oficial salvadoreño el jueves 4 de septiembre, pocas semanas antes de que el enfermo expresidente Meléndez Ramírez falleciera en territorio estadounidense.

Durante 1919, mientras en Europa fracasaban diversas iniciativas de paz, en El Salvador se producían nuevos terremotos destructores, la economía agroexportadora no lograba remontar y se dibujaba un panorama de contraer deuda internacional mediante empréstitos, algo que tendría graves consecuencias tras la caída de Wall Street en 1929. Además, el 18 de diciembre de ese año, el gobierno encabezado por Jorge Meléndez Ramírez protestaría ante Estados Unidos por las pretensiones imperialistas fundamentadas en el Tratado de Versalles y en la Doctrina Monroe, gestada a mediados del siglo XIX. De esa manera, Estados Unidos hacía ver sus múltiples intenciones hacia los países latinoamericanos, a los que ya había puesto en estado de alerta con sus planteamientos en las Conferencias Panamericanas de Washington D.C., ciudad de México y Río de Janeiro.

Poco a poco, en la economía de ciudades como Acajutla, Santa Ana y San Salvador comenzó a perfilarse una acelerada bonanza artificial, como una consecuencia no prevista de la Primera Guerra Mundial, gracias a la importación y reexportación hacia territorio estadounidense de fuertes cantidades de estupefacientes como opio, morfina, heroína y cocaína, traídas desde lugares distantes como Grecia y el tambaleante Imperio Otomano, con Turquía a la cabeza. Pero eso ya forma parte de un capítulo más detallado de nuestra historia patria, que habrá que tratar en otra oportunidad.




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