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Editorial & Opinion

El Salvador ya tiene su Santo. ¿Llegó la paz al país?

Mauricio E. Colorado / Abogado

lunes 12, noviembre 2018 - 12:00 am

Aunque estamos en la recta final de la campaña electoral por la presidencia de la República, -que a muchos nos tiene agotados- queremos dejar el tema abundante de los candidatos y sus innumerables aristas para hacer algunas consideraciones finales sobre la cuestión tan comentada de la traída y llevada elevación a los altares del llamado obispo mártir monseñor Oscar Arnulfo Romero y Galdámez.

Finalmente su Santidad el papa Francisco, proclamó en ciudad del Vaticano, el canon por medio del cual la Iglesia Católica reconoce oficialmente que monseñor, el obispo salvadoreño asesinado en la capilla del hospital para enfermos terminales de cáncer La Divina Providencia, goza de la residencia celestial, por toda la eternidad. Tal como se había previsto, algunos políticos, pretendieron utilizar su figura como un atractivo para obtener beneficios en la presente campaña electoral, pero el propio candidato supuestamente favorecido, tuvo a bien rechazar la iniciativa y prontamente la intentona fue cancelada, respetando de esa forma, la memoria del santo.

Pese a ello, siempre existe latente la intención de que pasada la campaña, grupos de intereses particulares, gremiales, políticos, o de cualquier clase social, persistan en el futuro, de mancillar en el futuro la imagen del santo, utilizándolo como ícono para explotar sus particulares intereses invocando la mediación del cielo- e incluso la de Dios- para justificar sus intereses mezquinos, mundanos y bajos.

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El ejemplo más simple y claro que las sagradas escrituras nos traen para demostrar que no toda conducta humana es loable aunque se obtenga el reino de los cielos es el caso del Dimas, el llamado buen ladrón, quien en el último momento se “robó” el cielo, cuando clavado en la cruz a la par de nuestro señor, reconoció que él, junto con Gestas, si merecían la crucifixión, por haber cometido crímenes, pero no así, Jesús, que era inocente, a lo cual le dijo, “Hoy mismo estarás conmigo en el Paraíso”. A este Dimas, no le celebramos por su vida de crímenes, sino por su arrepentimiento final. Igual pudo haber ocurrido con monseñor Romero, quien entregó su vida con la Hostia Sagrada en sus manos.  Pero, vayamos más allá.

El asesinato de monseñor, ocurrió dentro de una cruel guerra civil que produjo cientos de muertes de uno y otro bando, y entre esos cientos de fallecidos se encuentran miles de crímenes que no fueron juzgados, y por consiguiente, no han sido coronados con la justicia. La Iglesia, ha reclamado en muchas ocasiones, justicia para sus representantes (monseñor no fue el único, ya que hubo varios sacerdotes víctimas) pero, el bando contrario, también sufrió- como en todo conflicto- muchas bajas, que no han tenido reparación compensatoria equitativa, y que por lo tanto no se puede hablar de una legítima paz.


En determinado momento, se dictó una ley de amnistía, que de alguna forma, borro todo el horroroso pasado (es lo que se hace en estos casos para superar la realidad de las emociones humanas) pero con tan mala suerte, que debido a circunstancias políticas poco explicables, se declaró inconstitucional, y se derogó, reviviendo con ello, las pasiones que empezaban a borrarse en las personas. La pregunta del millón es: Siendo la Iglesia una institución más elevada y profunda que un estado material, de naturaleza Divina (aunque formada por humanos) ¿tiene la capacidad de perdonar y olvidar las ofensas que se le hacen? ¿O los humanos que forman la Iglesia, tienen la capacidad de perdonar a los representantes de ésta que tanto han ofendido a miembros inocentes especialmente infantes? O será la de nunca acabar.

Para nosotros, humanos imperfectos, siempre tendrán validez las palabras del maestro, cuando dijo a la multitud enfurecida “El que esté libre de pecado, que tire la primera piedra”. El caso de monseñor Romero, San Oscar Romero debe ser el inicio de la paz política en El Salvador. Treinta años después, aquella guerra solo cambió unos ricos por otros, y dejó a los mismos pobres. Justo es y el pueblo lo merece, que se viva una verdadera paz ya.




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