Editorial & Opinion

Evitemos que nuestros niños quemen pólvora

Jaime Ulises Marinero / Periodista

martes 18, diciembre 2018 - 12:00 am

Hace nueve años hice  un reportaje sobre los niños quemados por pólvora, enfocándome en la historia de Samuel Ernesto Batres Rojas, un niño que entonces tenía 12 años y que había perdido sus órganos genitales por la explosión de fulminantes y dos morteros pequeños que andaba en la bolsa delantera de su pantalón.

Samuel y sus padres vivían en la zona rural de Nejapa y se la pasó hospitalizado cerca de tres meses hasta que le dieron el alta. Los médicos le habían colocado una sonda cerca de su ombligo para que pudiera orinar. Conocí su historia y sus padres se sentían culpables de la desgracia de su hijo primogénito. Alguna vez lo visité para darle palabras de ánimo y para llevarle algún donativo que logré gestionar para él. La última vez fue durante la Semana Santa pasada.

La semana pasada encontré a Celia, la madre de Samuel, en uno de los portones del Centro Judicial Isidro Menéndez. Me reconoció y se acercó  llorando para contarme que Samuel, a sus 21 años, se había suicidado en julio pasado porque nunca aceptó las secuelas de aquella explosión de fulminantes.

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La última vez que vi a Samuel lo noté  muy decepcionado. Se había enamorado de una joven, pero todos sus vecinos sabían que carecía de órganos genitales y algunos hasta se burlaban de él con una serie de apodos. Samuel soñaba con alguna operación que según él, le devolviera su virilidad. Frustrado de la vida a tan corta edad, el último día de julio pasado decidió acabar con su vida colgándose de una viga de su habitación. Sobre su cama dejó una carta quejándose porque toda su adolescencia había sido infeliz y exoneraba a sus padres de cualquier culpa por haber tomado la decisión de acabar con su sufrimiento.

En aquel reportaje revelé historias de varios niños que habían perdido la visión, dedos de sus manos o que habían quedado con graves secuelas después de meses y hasta años de sufrir por la gravedad de sus quemaduras. Un doctor del Hospital de  Niños “Benjamín Bloom” me hablaba de los miles de dólares que invierten en curar a los niños, pero sobre todo de las graves consecuencias y de lo que sufren los pacientes. Me llevó al área de curaciones y debo confesar que lloré al escuchar el llanto despavorido de una niña a que la retiraban la gasa sobre su piel quemada en una de sus piernas. A la pequeña la curaban dos veces diarias y el dolor era tan intenso que siempre se terminaba desmayada.


La verdad es que debería prohibirse de tajo que los niños quemen pólvora, es una forma de ahorrar dinero y de evitar desgracias. La época de navidad y año nueve debe celebrarse de otra manera. La época es ideal para reunirse en familia y compartir las cosas lindas de la vida. La pólvora debe quemarse de manera controlada y en espectáculos privados o públicos pero debidamente controlados.

En el país la seguridad de los menores se regula a través de la Ley de Protección Integral de la Niñez y la Adolescencia (LEPINA) y la Ley Especial para la Regulación y Control de las Actividades Relativas a la Pirotecnia, esta última vigente desde 2014. Ambas leyes establecen multas monetarias para aquellos que  irrespeten las normativas.

Las leyes establecen faltas y sanciones para los padres de familia o los responsables de hogar que permitan que los niños y adolescentes manipulen productos pirotécnicos sin la supervisión de un adulto. La sanción que se les impone es de cinco salarios mínimos vigentes, lo cual no es proporcional al sufrimiento de un niño que resulta conseveras quemaduras.

Las leyes también contemplan que vender o proporcionar, bajo cualquier concepto, producto pirotécnico o sustancias relativas a la pirotecnia a niñas, niños y adolescentes, se establece como una falta grave que se sanciona con diez salarios mínimos, lo cual tampoco es equivalente al daño que se causa a menores víctimas de la pólvora. Las multas salen sobrando cuando se comparan con el intenso dolor de las víctimas y la vida de sufrimiento que asumen tras una desgracia.

Samuel quería ser abogado, pero un minuto de descuido le costó una vida de sufrimiento que un día llegó a su fin cuando agobiado por el dolor se quitó la existencia. Por Samuel y otros niños quemados, cuidemos a nuestros hijos y nietos evitando despilfarrar dinero quemando pólvora.




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