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Editorial & Opinion

¡Guía para los electores del próximo 3 de febrero!

Sherman Calvo / Empresario

viernes 14, diciembre 2018 - 12:00 am

Cada individuo ejerce una influencia en la sociedad. En nuestra tierra, favorecida en ciertas épocas o convulsionada y amenazada en otros periodos, cada votante tiene algo de voz para determinar quién va a gobernar la nación. ¿No deberían esa influencia y ese voto ser depositados en las urnas a favor de temas como la libre iniciativa, la libertad religiosa, la independencia entre los poderes del estado, asuntos morales, virtud, libertad de expresión, libertad de prensa, el derecho a la vida desde su concepción, justicia y honestidad? En otras palabras, esos factores o cuestiones que tenderán a mejorar la vida en sociedad. ¿Por qué no votar por sus convicciones? Seguramente no hay nada malo en esto. ¡De hecho, es tu derecho!

Un artículo de Bibleinfo dice que, “aunque los cristianos puedan votar, tienen que ser extremadamente selectivos en sus votos. Ellos comparten la responsabilidad por las decisiones que su candidato electo pueda hacer, ya sean buenas o malas”. Reconocer esto, casi hace imperativo no votar sin pensar bien primero y fuera de un sentido de lealtad partidaria por “la papeleta correcta.” Votarán por “los mejores candidatos”, no solo por partidos políticos.

Muy a menudo los políticos han usado métodos populistas cuestionables para alcanzar fines deseados. Preferencia política y objetivos egoístas son buscados por sobre el bien de la nación. Políticas egoístas rigen en lugar de principios de rectitud. Con todo esto, cada quien puede no tener simpatía por la clase política, por eso no convendría dar su apoyo a ningún partido político o candidato para el logro de objetivos perversos. Hacer tal cosa sería comprometer la verdad, convivir con lo incorrecto, y ser una parte para todas las maldades que sucederían siguiendo tal proceder.

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El problema más grande que enfrentan los salvadoreños al votar es que, incluso si votan inteligentemente y conscientemente, pueden cometer un error. Pero esto es cierto en todas las áreas de la vida. ¿Se trata de nunca actuar a menos que estén absolutamente seguros de que están en lo correcto? Si así fuera, quedaríamos paralizados, porque nadie es infalible.

He aquí una guía para los electores que me parece muy acertada, basada en tres principios. Principio 1: Informe su conciencia. Escuchar nuestra conciencia es necesario para tomar cualquier decisión moral. Ser fiel a su conciencia nos une con el resto de la humanidad en la búsqueda de la verdad, y la conciencia debe desarrollarse a través de la oración, la reflexión y el diálogo con otros. Debemos compartir las verdades, y permitirle a cada quien el actuar prudentemente y de acuerdo a la ley escrita en todos nuestros corazones. Principio 2: Sea prudente. Mientras que una conciencia informada es esencial para distinguir el bien del mal, el realmente hacer lo correcto requiere de la virtud de la prudencia. Prudencia es la sabiduría moral que se necesita para aplicar nuestros principios en un mundo imperfecto y en circunstancias imprevistas. Es como un “sentido común moral” y precisa que nos hagamos la pregunta práctica: ¿Qué candidato realmente cumplirá con un progreso más tangible para el bien común? Principio 3: El voto por el bien común. Como católicos activos políticamente, nuestra responsabilidad principal es por el bien común. Una cultura por el bien común ofrece salud, bienestar y dignidad para todas las personas y promueve el bien de todos, no sólo el de unos cuantos. También se concentra en ayudar a los que lo necesitan más: el pobre y el vulnerable. El bien común no es lo mismo que la caridad, y la caridad no es substituto de la justicia cumplida.


En las próximas elecciones del 3 de febrero, todo ciudadano responsable con sus derechos debería acudir a las urnas. Al votar, como en cada otra actividad, busquemos al mejor candidato y luego hagamos lo que nos corresponde, el derecho de votar libremente. Y a los candidatos a la presidencia y sus partidos, les recuerdo que: “No es necesario mostrar bellezas a los ciegos, ni decir verdades a los sordos… Basta con no mentir al que te escucha, ni decepcionar al que confió en ti. Las palabras conquistan temporalmente… Pero los hechos… esos si nos ganan o nos pierden para siempre”.




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