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Editorial & Opinion

¡Hablan por hablar!

Jaime Barba / REGIÓN Centro de Investigaciones

jueves 29, noviembre 2018 - 12:00 am

Los resultados de las encuestas, bien analizados, no son la última palabra en cuanto a lo que será una elección. Empero, son un buen parámetro del estado de ánimo de la población. Y si a eso se le agregan otros instrumentos de auscultación como los grupos focales, las entrevistas en profundidad con actores clave, entre otros, pues hay elementos para poder establecer qué es lo que está pasando.

Hasta este día, todo indica que el candidato del partido de la bandera celeste se encuentra bastante adelante si se le compara con el candidato de la bandera tricolor, y la distancia que lo separa del candidato de la bandera roja es abismal.

La campaña de desprestigio encabezada por el partido tricolor contra el candidato del partido celeste no hace mella aún en un electorado abotagado (y quizás hastiado) de la sempiterna politiquería local. A toda costa se quiere hacer cambiar de opinión al electorado, que en las encuestas está sugiriendo que se ha decantado por el candidato que están intentando desacreditar.

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El partido de la bandera roja se encuentra en un atolladero, porque si los porcentajes que los sondeos de opinión reflejan se llegaran a cumplir, pues habrá caído en el despeñadero electoral. Y esto está relacionado con la situación privilegiada que ostenta el candidato del partido de la bandera celeste (porque ha resultado inmune a todos los dardos, hasta ahora, que le han sido lanzados, e incluso no le perturban las dagas que él mismo se ha clavado). El descenso electoral del partido de la bandera roja de algún modo ha ayudado a apuntalar el crecimiento del candidato de la bandera celeste.

Esta tercera tentativa del partido tricolor por recuperar el control del aparato gubernamental, así como están las cosas, camina hacia el muro de la indiferencia ciudadana que está desoyendo ruegos, anatemas y despropósitos de los tricolores. La fábula del pastorcillo mentiroso les está pasando la factura.


El candidato del partido celeste y su agrupamiento originario y real (que no es el partido de la bandera celeste que lo postula) se han subido a la ola del desencanto alimentado con ahínco por los partidos políticos tradicionales, que prometieron, antes, hoy (y mañana quizá lo sigan haciendo), y no cumplieron, no cumplen, no cumplirán.

Sin embargo, este desencanto no es suficiente para destronar a la abstención electoral como la reina y señora de las elecciones salvadoreñas. Quienes asisten a votar son los que han modificado sus apetencias, sus preferencias y sus aprehensiones, y en esta ocasión lo están haciendo de un modo casi angustiante, saltando sin red, con mínimas precauciones. Porque se engañarán, tanto el candidato del partido celeste como los agrupamientos que lo apuntalan, si por un momento piensan que su llegada al aparato gubernamental es el resultado de un radical cambio de opinión política de los miles y miles de ciudadanos que están dispuestos a marcar la bandera del partido celeste.

El desencanto es ciego, también amorfo y muchas veces equívoco. Y tan es así, que los delgados esbozos de propuestas que ha expresado el candidato del partido celeste le han alcanzado para ubicarse en la posición electoral en la que está. Casi podría decirse que esta elección se ganará sin una plataforma amplia de propuestas, porque ha bastado lanzar tres o cuatro asuntos sueltos, más o menos amarrados de algún lado, y ya estuvo.

¿Pero eso servirá para buscarle otro derrotero a El Salvador? No, y aquí es donde comienzan los problemas o donde los problemas se agrandarán.

Otra vez hay que decirles a quienes dirigen los destinos del país (en la esfera pública y en la esfera corporativa privada): no existe posibilidad alguna de salir de este marasmo en el que nos encontramos si no hay una auscultación cuidadosa de la realidad material y social de los varios ámbitos territoriales que componen este país.

¿Se puede incidir sobre el deteriorado medio ambiente nacional sin reconocer los factores estructurales que lo configuran?

¿En salud pública el asunto se puede reducir a la dotación de medicamentos y a la construcción de mega instalaciones hospitalarias con tecnología de punta? ¿Y por qué no aprovechar la experiencia existente donde la medicina preventiva y comunitaria es el vector guía?

¿Y en educación por qué no se agarra el toro por los cuernos en lugar de rehuir los problemas fundamentales? La piedra de toque está en los niños y niñas de 0 a 12 años. Pero para eso hay que abandonar la verborrea grandilocuente y esta prioridad debe reflejarse en los presupuestos anuales. ¿Se atreverán?

¡Hablan por hablar!




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