Editorial & Opinion

Hablando de ciencia y educación en la afectividad

Federico Hernández Aguilar / Escritor

jueves 19, diciembre 2019 - 12:00 am

Muchas veces, cuando se habla sobre sexualidad humana y educación, las opiniones suelen dividirse entre aquellos que consideran que los valores familiares y las creencias religiosas no deberían tener preponderancia por encima de lo que dicte el Estado —supuestamente asistido por información “científica”—, y aquellos que entendemos la dimensión sexual del ser humano como una más (y no siempre la principal) de sus expresiones afectivas, por lo que el derecho preferente de los padres sobre la formación integral de sus hijos, consagrado en la Constitución, merece un desarrollo ulterior jamás contemplado por nuestras leyes.

La semana pasada llamó mucho mi atención un artículo publicado en este periódico por un médico ginecólogo obstetra que, a renglón seguido de exigir “evidencia científica” en tan delicada materia (cosa que comparto), introduce un concepto de educación sexual en el que aparecen términos que no gozan de ningún consenso científico, tales como “género”, “formas de expresión sexual” (sugiriendo su inocuidad) y la “homofobia”, entendida en este caso como la “manifestación de defensa de algunos hombres gay que se niegan a aceptarse” (como si el “paper” de 2002 de un tal Rowen, psicólogo australiano, fuera suficiente evidencia para sostener semejante afirmación).

Cuando no existe honestidad intelectual para debatir el tema de la formación afectiva integral y del derecho preferencial que asiste a los padres de familia, los intercambios terminan siendo poco fructíferos y signados por descalificaciones y hasta comentarios degradantes (incluyendo aquellos relacionados con las más íntimas creencias de las personas). Sugerir, por ejemplo, que la religión o los valores familiares deberían tener restricciones, para después afirmar que la teoría o el enfoque de “género” constituyen “información científica”, es una grave contradicción.

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La afectividad humana es algo tan complejo y sus efectos tan diversos, que la mera sustitución de conceptos no hace “ciencia”. Afirmar, como hace cierto feminismo, que “género es el sexo socialmente construido”, reemplaza con éxito una palabra por otra, pero de ningún modo se convierte en “prueba” de que se ha descubierto alguna verdad sobre nuestro comportamiento sexual.

Alarmados por la cantidad de informes y análisis presentados en foros internacionales como “evidencias irrefutables”, los doctores Lawrence S. Mayer y Paul R. McHugh (ambos de la Johns Hopkins University School of Medicine) publicaron en agosto de 2016 el informe “Sexuality and Gender”, quizá hasta el día de hoy la investigación más amplia e interdisciplinaria sobre el tema. Sus autores, reconocidos defensores de la población LGBTI en Estados Unidos, pero al mismo tiempo profundamente honrados y rigurosos como científicos, recopilaron las estadísticas y resultados investigativos más confiables —y que admiten consolidación— alrededor de la sexualidad humana y sus dilemas, incluyendo el difícil tema de la llamada “disforia de género”.


Llevo algún tiempo pidiendo a los impulsores de la “educación sexual” que me confirmen la existencia de un informe mejor documentado que el de Mayer y McHugh, porque si se trata de buscar alternativas a la formación familiar o religiosa de las personas, en un intento por educar “adecuadamente” a nuestros hijos, la teoría de “género” no solo es la primera opción que yo descartaría, sino que me horrorizaría que se le impusiera a la sociedad a través del poder del Estado.

El proyecto de ley impulsado por el diputado Velázquez Parker podrá ser todo lo perfectible que se quiera, pero en esencia busca proteger un derecho constitucional que muchos padres de familia deseamos que se respete. El totalitarismo de “género” que ya se hace sentir en diversos países del mundo es una llamada de atención que no queremos ni debemos ignorar.




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