Editorial & Opinion

Hasta aquí llegaron

Juan José Monsant A. / Exembajador venezolano en El Salvador

sábado 28, septiembre 2019 - 12:00 am

Aparentemente este fue el año cuando las voces  de las democracias del mundo decidieron hacerse oír ante el dominio que los países autodenominados progresistas mantienen en el seno de las Naciones Unidas. Incluso, los europeos acorralados por la embestida del islamismo político y los neocomunistas,  se llegaron a avergonzar de su legado histórico.

A ello hay que agregar el desgaste cultural de las diferentes expresiones democráticas, tanto en el seno de los partidos políticos como en la sociedad civil y la propia Iglesia romana. Pareciere que se han desgastado los sueños y ambiciones por una vida mejor y más libre, y la democracia como modo de convivencia ciudadana se estancó, al llenarse las formalidades del modelo. La lucha por el progreso en libertad y orden jurídico, del cual los partidos políticos fueron, en su momento, motores y medios para alcanzarlos, se fueron sustituyendo por gobiernos corporativos de partidos políticos. Cada estamento cuidando su parcela de afiliados y generado mecanismo de subsistencia para la corporación y sus integrantes; guardando el equilbrio necesario para que cada corporación garatice la continuidad del sistema, que generó desviaciones como el  clintelismo.

No fue el resultado de una estrategia surgida de un “Think Tank” integrado por estrategas, académicos, científicos y políticos; no, simplemente se fueron adecuando a las realidades, a un modo de vida cada vez más permisivo, al relativismo moral y al hedonismo del mercado. Es lo que se conoce como “sociedad de cómplices”, tú me dejas hacer que yo te dejo hacer, cada uno en su trinchera política o sector social. En el fondo es el esquema de las sociedades tribales.

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El progreso de las comunicaciones instantáneas, su popularidad y utilidad, a disposición de cualquier sector socioeconómico, hizo posible que realidades ocultas o disimuladas se conocieran más allá de la discreción tribal o corporativa, desde el Vaticano hasta Soyapango, pasando por Moscú, Washington o Belice. Del conocimiento de las realidades vino el desencanto, y de nuevo aparecieron los magos de las palabras, los demagogos y mesías. El mensaje fue claro, si las democracias fallaron, si los partidos traicionaron, si la Iglesia era solo una organización centrípeta, pues vamos contra ellos, y alcancemos la felicidad bajo la dirección de un elegido. Así apareció Chávez, Lula, Evo, Rodrigo Duterte, Correa y últimamente hombres provenientes del espectáculo, como Zelenky de Ucrania, Morales de Guatemala, Nasralla de Honduras.

En realidad, todo es más simple en medio de la complejidad de gobernar una sociedad plural en libertad. Se trata de asumir, interiorizar como imprescindibles en el Pacto Social, los valores, normas y leyes que le dan vigencia al orden democrático republicano, y asumir la lucha contra la impunidad como un precepto imprescindible para la viabilidad de la democracia.


Cuando estos izquierdistas de nuevo cuño, la mayoría ignaros y amorales,  se apoderaron de las necesidades y sueños de nuestras sociedades, no vacilaron en asumir el autoritarismo en su quehacer público; y todos, todos sin excepción, hasta la impoluta Bachelet, pasando por la Dilma, Cristina, Correa, Morales, Funes, Peña Nieto, Chávez y Maduro, justificaron  la violación del orden legal y la corrupción, arropándose con el manto del populismo, el neocomunismo y el antimperialismo. Y ya ven, resultaron unos farsantes, malvados, traficantes de droga, personas, armas y dinero.

Hubo de darse esa desbocada emigración de venezolanos y demostrase la presencia de terroristas internacionales, traficantes de droga y violadores masivos de los derechos humanos, para que, finalmente, los países de la región aceptaran la necesidad impostergable de garantizarse su existencia como estados independientes, de derrocar la tiranía criminal que oprime a Venezuela, incluso mediante la presencia de una intervención militar regional, como lo prevé el Tratado Interamericano de Asistencia Recíproca (TIAR). De los firmantes, solo Uruguay votó en contra y Trinidad se abstuvo. Bravo por El Salvador, que sumó su voto digno ante la historia de América.




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