Editorial & Opinion

Humanos a la deriva…

Roberto Burgos Viale / Abogado

lunes 26, agosto 2019 - 12:00 am

Mientras lee estas líneas, cientos o quizá miles de seres humanos se encuentran a la deriva frente a las costas de Libia, de Italia o en el extremo sur de España.

Nombres hasta hace poco desconocidos, se repiten ahora insistentemente en los principales despachos de las agencias de noticias, nombres que suenan exóticos pero que no están acompañados de las fantásticas imágenes de fondo que utilizan las agencias de turismo, son el eco reiterado que hoy por hoy designa islas y costas convertidas en tumbas para los migrantes que nadie quiere: Lampedusa, Algeciras, Mahón, Malta…

Esos mismos lugares que alguna vez fueron puertos de llegada, ahora son el destino inal­canzable para familias enteras que, provenientes de África, contemplan desde barcazas al límite de sus capacidades y en mal estado, el paisaje marino de una Europa que se niega a recibirles.

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La normativa europea aplicable (el llamado “Reglamento de Dublin”), asigna responsabilidades a los países que reciben en su territorio a estos embarques de seres humanos. No solo deben atender sus necesidades más apremiantes, particularmente las de la falta de alimento e hidratación de niños y ancianos que han vivido días a la deriva, sino que además, deben verificar sus condiciones para optar al derecho de asilo y, en caso negativo, devolverles a su país de origen, siempre y cuando no se pongan en peligro sus vida e integridad.

En la práctica, ha quedado en evidencia la falta de un verdadero sistema de atención y refugio para las víctimas de este desplazamiento humano. Europa, que durante siglos saqueó las riquezas de África, esclavizó a su población y protegió a sus dictadores a cambio de concesiones para la explotación de sus recursos naturales, se muestra ahora egoísta y a la defensiva, ante lo que considera una invasión a sus costas por parte de africanos del más variado origen.


Esta situación no es distinta a la que enfrentan nuestros connacionales, que cruzan mares de asfalto para alcanzar la frontera sur de los Estados Unidos. Demasiadas similitudes en este drama humano que se repite en casi todos los continentes: la migración individual de hace 50 años, ha dado paso al desarraigo de miles de familias que en todo el mundo huyen de sus hogares buscando la seguridad y estabilidad de las que carecen en sus países de origen.

Pero volviendo al Mediterráneo, los datos de la ONU reflejan que en lo que va del año, al menos 40,000 personas lograron cruzar el Mediterráneo con destino a Europa. De éstos, al menos 839 han fallecido en el intento, pero organizaciones humanitarias hablan de un registro paralelo de miles de náufragos que se ahogaron sin auxilio en aguas internacionales o frente a las costas de los países involucrados.

Esta situación se hizo aún más evidente, tras la crisis humana provocada por la negativa del gobierno de Italia para que el barco “Open Arms” atracara en alguno de sus puertos, y pudiera desembarcar a su tripulación, lo que mantuvo la nave a la deriva por el Mar Mediterráneo con 151 personas rescatadas de sus aguas, muchos de ellos menores de edad. Al final, fueron las autoridades españolas las que se hicieron cargo de estos migrantes, aunque dicho gesto humanitario está lejos de solucionar el problema.

El origen de la migración que ahora ven con alarma en los países desarrollados, no está en las familias que se ven desplazadas de manera forzosa, está en las mafias que lucran con el tráfico de seres humanos y en la ingobernabilidad imperante en sus países de origen.

No es poniéndole barreras a los que huyen o dándoles la espalda, como ocurre en Europa, que se evitarán situaciones límite como el del “Open Arms” o las caravanas de migrantes centroamericanos, es condicionando el apoyo económico, el reconocimiento diplomático y la venta de armas a aquellos gobiernos que no siguen las reglas de la democracia, que violan sistemáticamente los derechos humanos y que saquean fondos públicos, que se pondrá fin a este mar de personas ahora consideradas “indeseables”.

Los migrantes quieren refugio y vivir en paz, necesitan acceder a trabajos que les permitan proveer alimento, medicina y estabilidad a sus familias. ¿Qué mejor que hacerlo en los países que les vieron nacer? Nadie quiere convertirse en un ser humano a la deriva.




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