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Juan Pablo II fue el primer papa en visitar El Salvador hace 36 años

Redacción DEM

martes 5, marzo 2019 - 11:11 pm

El papa Juan Pablo II frente al altar en la misa celebrada en 1983 en San Salvador.

 

En medio de la cruenta guerra fratricida que vivía El Salvador, el papa Juan Pablo II arribó una soleada mañana del 6 de marzo de 1983 en el aeropuerto de Ilopango, procedente de Costa Rica. El pontífice polaco se convertía en primer papa en la historia salvadoreña en visitarnos durante su gira por Centroamérica.

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El papa fue recibido por el entonces presidente Álvaro Magaña Borja y autoridades nacionales, así como por el clero católico encabezado por el arzobispo Arturo Rivera y Damas. El papa, que bajó de un avión de la aerolínea Alitalia, besó tierra salvadoreña y luego se inclinó ante la bandera salvadoreña en un gesto que emocionó al país. Desde su discurso de llegada, el llamado a la paz fue la tónica de su mensaje.

“El Salvador ha estado constantemente presente en mis oraciones, en mis insistentes llamados a la paz, de palabra y por escrito, buscando a la vez que no desfallezca la fe ni decaiga la esperanza en los ánimos, a causa de una situación, todavía no irreparable, que ha sido sementera de dañosas divisiones y, peor aún, del derramamiento de tanta sangre inocente por todo el suelo nacional”, dijo el papa polaco.


“Ojalá que esta visita que os hago bajo la enseña de la paz, ayude a detener el conflicto y a reunir de nuevo a esta querida familia salvadoreña en un hogar sereno, donde todos os sintáis hermanos de verdad. Que la buena voluntad de todos, y en particular de los hijos de la Iglesia, depuesto todo sentimiento de egoísmo y de odio, se aplique en adelante a promover la justicia, base hacia la esperanza, para lograr una tierra nueva, fecunda en frutos de verdad y de reconciliación cristiana”, agregó.

El papa inició entonces su recorrido por el Bulevar del Ejército. Cientos de miles de personas salieron a las calles del recorrido papal para contemplar entusiasmados al ilustre visitante. Y para sorpresa de muchos, en un gesto fuera del programa oficial de su visita, el pontifice se desvió a la Catedral Metropolitana donde oró ante la tumba del asesinado arzobispo Óscar Arnulfo Romero.

Ahí dirigió unas breves palabras en las que recordó que “la catedral es la sede del Pastor de cada Iglesia particular, el lugar desde donde anuncia el Evangelio aquel que, como todo obispo, ha sido puesto por el Espíritu Santo para apacentar la grey de Cristo”.

“Mi visita a este venerando templo quiere ser, por lo mismo, una invitación a todos vosotros para dejaros guiar siempre por vuestros Pastores, ayer por los que lo precedieron y hoy por vuestro nuevo arzobispo, monseñor Arturo Rivera Damas. Reposan dentro de sus muros los restos mortales de monseñor Oscar Arnulfo Romero, celoso Pastor a quien el amor de Dios y el servicio a los hermanos condujeron hasta la entrega misma de la vida de manera violenta, mientras celebraba el Sacrificio del perdón y reconciliación”, subrayó el pontífice.

Luego se encaminó a una misa multitudinaria -algunos llegaron a calcular entonces un millón de feligreses- en la zona de Metrocentro, donde el papa realizó vehementes llamados a poner fin al doloroso conflicto armado que sufría el país.

“¡Cuántos hogares destruidos! ¡Cuántos refugiados, exiliados y desplazados! ¡Cuántos niños huérfanos! ¡Cuántas vidas nobles, inocentes, tronchadas cruel y brutalmente! También de sacerdotes, religiosos, religiosas, de fieles servidores de la Iglesia, e incluso de un Pastor celoso y venerado, arzobispo de esta grey, monseñor Oscar Arnulfo Romero, quien trató, así como los otros hermanos en el Episcopado, de que cesara la violencia y se restableciera la paz. Al recordarlo, pido que su memoria sea siempre respetada y que ningún interés ideológico pretenda instrumentalizar su sacrificio de Pastor entregado a su grey”, dijo el papa ante los católicos salvadoreños.

Luego subrayaba: “Es urgente sepultar la violencia que tantas víctimas ha cobrado en ésta y en otras naciones. ¿Cómo? Con una verdadera conversión a Jesucristo. Con una reconciliación capaz de hermanar a cuantos hoy están separados por muros políticos, sociales, económicos e ideológicos. Con mecanismos e instrumentos de auténtica participación en lo económico y social, con el acceso a los bienes de la tierra para todos, con la posibilidad de la realización por el trabajo; en una palabra, con la aplicación de la doctrina social de la Iglesia. En este conjunto se inserta un valiente y generoso esfuerzo en favor de la justicia de la que jamás se puede prescindir”.

El papa asistiría luego al Gimnasio Champagnat del Liceo Salvadoreño, donde se reuniría con sacerdotes, religiosos y religiosas de Centroamérica, a los que también dirigió un emotivo mensaje.

Al anochecer, Juan Pablo II se despedía de los salvadoreños tras una extenuante jornada. Ahí dijo que “en estas horas he contemplado el rostro dolorido de este querido pueblo fiel; he podido acercarme a tanto hijos que por diversas razones sufren y lloran. Quiera Dios que se hayan abierto en muchos espíritus esos anhelados brotes de perdón mutuo, de comprensión y de concordia que vuelvan a encender la esperanza cristiana en los corazones”.

El pontífice continuó entonces su gira a Guatemala.

El papa visitó por segunda vez El Salvador en febrero de 1996.

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