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Editorial & Opinion

La caravana

Juan José Monsant A. / Exembajador venezolano en El Salvador

sábado 3, noviembre 2018 - 12:00 am

Para la cultura judea cristiana la emigración de un territorio a otro, es un derecho natural del hombre. Se ha emigrado siempre, desde la memoria histórica de la civilización por muchas causas, la primera es la preservación de la vida, sea por razones de seguridad, económicas o subsistencia. Moisés emigró, pero a su vez sus ancestros tuvieron que emigrar en busca de alimento; y antes, el propio Abran, con quien se inicia la historia del pueblo judío y cristiano.

Hasta María y José tuvieron que cargar con su infante hacia Egipto, hasta que los  Herodes desaparecieran de Judea.

De allí en adelante todos los pueblos e individuos se van y llegan, siempre por la misma causa: la sobrevivencia.

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En nuestra era, el derecho a emigrar está protegido por tratados internacionales, entre ellos el asilo político, hijo legítimo del Derecho Internacional americano. Aparte de las centenas de miles de emigrantes y asilados venezolanos, nicaragüenses, cubanos, sirios, ucranianos, hay un caso emblemático, el de Julián Assange, asilado en la Embajada de Ecuador en Inglaterra desde el 19 de junio de 2012 por los Wikileaks (filtraciones de documentos estatales y privados mediante el hackeo). Pero más que un asilo ”stricto sensu”, fueron razones políticas que guiaron al  expresidente ecuatoriano de aquél entonces, Rafael Correa, a concedérselo solo por molestar a los Estados Unidos y congraciarse con el hoy difunto dictador venezolano hugo chávez frías, ampliamente conocido por su generosidad con quienes apoyaban su mentado Socialismo del Siglo XXI.

De modo que la emigración es un derecho reconocido por la comunidad de naciones civilizadas. Diferente a la movilización forzada por razones étnicas, religiosas, políticas o culturales. Forzada cuando obedece a un impulso gubernamental, como fue el caso del genocidio armenio provocado por la Revolución de los Jóvenes Turcos en 1915; o la de los miskitos en Nicaragua, provocada por la Revolución Sandinista en la década de los ochenta. Iría a los casos de Cuba y Venezuela; la Cuba de 1959 y la Venezuela del 2000. En ambas situaciones se dieron emigraciones masivas ante un poder ideológico armado y totalizante, que consideró a una buena parte de la población “enemigos de la revolución”, y se dedicaron a perseguir con saña macabra a sus propios conciudadanos, obligándoles a huir en masa para salvaguardar sus vidas e integridad, generando en el caso de Venezuela, la mayor crisis humanitaria que haya conocido el continente, y colocando a los países vecinos en situación de franca desestabilización.


En las últimas semanas hemos observado otro tipo de emigración masiva, aquella que se originó en Honduras con destino a los Estados Unidos de América, conformada según se anunció por unas siete mil personas, que deberían transitar antes de llegar al destino programado, por Guatemala y México.

Es obvio que existe un substrato real en esa pretensión de emigración forzada generada en Honduras; una necesidad existencial de huir de la violencia, la brutalidad policial, la corrupción y el desempleo. Pero también es obvio que sobre esa realidad,  originada en la más íntima desesperación, ha cabalgado la más perversa motivación política del Partido Libertad y Refundación (LIBRE) dirigido por el expresidente Manuel Zelaya Rosales, ficha del llamado Socialismo del Siglo XXI y parte integrante del  Foro de Sao Paulo, organización plurinacional fundada por Fidel Castro y Luiz Inacio, Lula, da Silva, una  vez derribado el Muro de Berlín junto con el económico, social y político de la Unión Soviética.

A esta caravana se ha incorporado un numeroso grupo de salvadoreños, y llama la atención que reunidos disciplinadamente en la Redoma Salvador del Mundo, partieran desde allí de manera muy organizada; incluso se llegó oír una grabación donde una persona, posiblemente un “coyote”  o militante partidista, impartía instrucciones sobre lo que debían llevar para la travesía. Igualmente llama la atención la presencia de encapuchados lanzando objetos contundentes contra las cercas y autoridades fronterizas de Guatemala y México.

Está claro que esta acción es política, y política dura, originada en Cuba y Venezuela. Pero también, que ningún país del mundo puede permitirse ser invadido por esta Caravana o por cualquier otro medio, sin ejercer el legítimo derecho de impedirlo; derecho igualmente respaldado por leyes nacionales e internacionales.




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