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Editorial & Opinion

La caravana

Carlos Alvarenga Arias / Abogado y MAE

martes 23, octubre 2018 - 12:00 am

Ver a dos mil personas saliendo de San Pedro Sula, al Norte de Honduras, la ciudad rica, la ciudad industrial de Honduras, caminando hacia los EE.UU. -un trayecto de más de cuatro mil kilómetros-, a pie, es sorprendente y desgarrador.

¿Por qué se van?

La especie humana emigra por diferentes razones. Emigran inversionistas buscando lugares más estables. También los jubilados hacia lugares más cálidos. Académicos y científicos adonde puedan desarrollar su potencial. Artistas y literatos, donde se aprecie y se proyecte su arte. ¡Uf! Razones abundan por montones, pero el drama lo encontramos en los necesitados que emigran, porque en su país no hay oportunidades.

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Por cierto, que esta caravana solo ha hecho venir a mi mente la masiva migración de mayas huyendo hacia el Norte de una casta explotadora, o los aztecas huyendo hacia el Sur por las mismas razones.

Se emigra porque se quiere o porque ya no se puede.


Honduras es un caso más de gente con hartas razones para migrar, un caso muy grave, por cierto, porque estamos hablando del país más pobre de la Latinoamérica hispano parlante, una calificación que la vengo escuchando desde que tengo memoria.

No entran acá comparaciones con El Salvador, ya que es como preguntarse, que quién está más jodido, si el que está hundido hasta el cuello o el que está hundido hasta el pecho.

A las consabidas razones que hay para emigrar hay que sumar los nuevos y terribles factores: las extorsiones, las pandillas y narcoactividad que desembocan, ambas, en masacres, unas por no pagar el impuesto de guerra o la renta, otros por luchas de territorios, lo que sea, ¡ah!, y los feminicidios que son por demás una epidemia, etc. ¡Hombre! Si razones para emigrar abundan por montones. Honduras las tiene todas.

La caravana, ese mar de personas emigrando o huyendo, sin duda, tiene a alguien que la ha organizado. No se puede concebir que haya surgido como un movimiento orgánico, espontáneo, natural. Eso es evidente, pero no hay por ello que menospreciar o ignorar las causas.

¿A quién le conviene este montaje? Aparte de los ridículos memes que de una u otra extrema tratan de inculpar o minimizar, el tema es serio. Unos dicen que lo promueve el Partido republicano, a quien le interesa acentuar en la mente del votante el miedo a la inmigración. Otros dicen que es el Partido demócrata, porque en plena campaña, quieren puyar al doctor Merengue del presidente Trump, para que siga escupiendo odio, cosa que a más de la mitad de estadounidenses ya los tiene cansados. Le echan la culpa al partido del defenestrado Zelaya, Libre, diciendo que lo hacen para poner en mal al gobierno de Juan Orlando Hernández. Y me ha llegado la noticia que le echan la culpa a Daniel Ortega -hasta hablan de cantidad exacta de dinero-, para distraer la atención de la represión en Nicaragua; y, hasta a Georges Soros, el multimillonario de izquierda (¡ja!, no existen millonarios de izquierda), quien dicen quiere desestabilizar al gobierno de Donald Trump.

Sea quien sea el interesado, es hora de ponerse a repensar nuestras naciones mal armadas.

¿Qué hacer? En primer lugar, los países centroamericanos deben escuchar el mensaje estentóreo de esa caravana que empezó con dos mil personas y este día se habla de siete mil, o sea, se han ido sumando gente de El Salvador y Guatemala y también México.

En segundo lugar, hay que hacer un pacto de nación. ¿Cómo sucedió el milagro alemán o surgieron los Tigres Asiáticos? Poniéndose de acuerdo en puntos torales y sin modificarlos más que en aspectos puntuales.

La Conferencia Episcopal de Honduras ha puesto el punto sobre la “I”, la única que vale la pena, la de Inteligencia. Habla de un diálogo inteligente, de un nuevo pacto, uno de verdad, el cual ya no busque remedios, algo así, como apagar incendios, sino resolver los problemas históricos de la nación que han llevado a que ahora, nuevamente, de forma triste, patética, Honduras vuelva a estar en la mira del mundo: miles de hondureños huyendo del país gritando que no hay oportunidades en el país.




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