Editorial & Opinion

La digitalización del mundo

Víctor Corcoba Herrero / Escritor español

sábado 2, noviembre 2019 - 12:00 am

El poderío tecnológico nos ha puesto en una encrucijada. Hoy más que nunca necesitamos espacios diseñados para vivir en comunidad, ya sea en ciudades o pueblos, pues lo importante es fomentar la inclusión, crear oportunidades para todos, permitir la cone­xión e interacción entre las diversas culturas, generando una atmósfera de familia y, de este modo, facilitar la utilización sostenible de los recursos compartidos. Lástima que cuando uno empieza a divisar cómo hacer el camino, apenas suelen quedar fuerzas, porque la muerte te alcanza. En efecto, la vida es corta y el arte de vivir es un oficio que se aprende con el tiempo. Por eso, es vital detenerse para hacer autocrítica, máxime en un momento de constantes novedades, y pensar que cada despertar puede ser el último. De ahí, lo trascendente que es reflexionar sobre el último paso, referente a la mística huella dejada, al valor de este poético andar por las riquezas sorprendentes del macrocosmos y del microcosmos, mientras tengamos energía. No desaprovechemos este periodo existencial, démonos en gratuidad para contribuir a explorar la búsqueda armónica que toda alma desea. Lo fundamental es encontrarse para conseguir reparar las acciones mal hechas, y al tiempo poder recuperar vidas destruidas, corazones acorazados, a fin de que cada ser humano se active en el culto a la cultura del innato abrazo, para combatir unidos contra estas miserias mundanas que nos deshumanizan. Tengamos la valentía de poner siempre en primer lugar al ser humano, sus obligaciones y sus derechos fundamentales. Vemos que las ciudades siempre han sido impulsoras e incubadoras de innovación, tecnología, emprendimiento y creatividad; creando prosperidad, mejorando el desarrollo social y proporcionando empleo. Los pueblos, que también han sido significativos para garantizar la seguridad alimentaria y contribuir a la biodiversidad, hoy también necesitan más respeto, más igualdad, más atención por parte de los Estados, al menos para disfrutar de un acceso equitativo a servicios públicos, tan básicos como la educación y la asistencia sanitaria. Lo trascendente es que ningún ser humano se quede atrás y pueda gozar de la nueva economía digital, de ese progreso técnico, especialmente en la medicina, la ingeniería y las comunicaciones. Ahora bien, esta tecnociencia hay que orientarla bien, ponerle alma y utilizarla mejor. Se me ocurre pensar en las malditas bombas atómicas lanzadas en pleno siglo XX, como el gran despliegue tecnológico ostentado por el nazismo, por el comunismo y por otros regímenes totalitarios al servicio de la matanza de millones de ciudadanos, sin obviar hoy que la siembra de odio es cada día más fácil hacerla, utilizando la digitalización del mundo. Confiemos en que la lección esté aprendida, y este poder tecnológico, redunde en mejorarnos la vida a todos, no en segárnosla.

Por consiguiente, ha de ser un hecho que el ser humano, con su mente racional, tiene que controlar la ciencia y chequear continuamente el avance del cerebro tecnológico. La persona continúa siendo la más eficiente terminal tecnológica. Sea como fuere, aquel que tiene un porqué para caminar se puede enfrentar a una diversidad de sendas e interrogarse en cómo hacerlo. Seguro que se hallará con las tecnologías, como la inteligencia artificial, la realidad virtual, aumentada y mixta y el internet de las cosas, como reconoce Naciones Unidas en su deseo último de innovar hacia una vida mejor para las generaciones futuras, activando la presencia de superiores oportunidades, sobre todo a la hora de comunicarse, lo que requiere también nuevos marcos de gobierno. En efecto, se tiende a pensar que todo avance tecnológico constituye sin más un progreso, como si la realidad quijotesca tuviese toda la energía vital y la llave maestra de toda plenitud viviente. Por desgracia, este virtual entorno en ocasiones nos despersonaliza hasta devorarnos. Acción en parte generada por nuestra irresponsabilidad manifiesta, falta de valores y conciencia de lo que somos. Desde luego, uno tiene que requerirse a sí mismo, ser autónomo, y jamás entregarse a las fuerzas empecinadas del inconsciente. Hay que volver a la vida, a la que es nuestra, pues es demasiado edémica para destruirla en mezquindades y convertirla en un infierno. Hagámoslo a tiempo, eso sí, ¡hagámoslo!




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