Editorial & Opinion

La dolarización nos hizo más libres

Andrés Pino-Internacionalista libertario

martes 31, diciembre 2019 - 12:01 am

Hace 19 años, el 1 de enero de 2001, entró en efecto un decreto que hasta la fecha es vilipendiado por quienes se inclinan a favor del intervencionismo económico: la Ley de Integración Monetaria.

El motivo por el cual muchos hablan mal del mismo descansa sobre la idea de que al dolarizarse la economía, el Estado perdió la capacidad para actuar en épocas de crisis y de llevar prosperidad a las personas por medio del control de la oferta monetaria. Sin dinero para imprimir, nos dicen los alquimistas modernos, la salvación por inflación es imposible.

A primera vista esto pudiera interpretarse como algo indeseable, pero un ligero entendimiento sistémico sobre el origen y la función del dinero es más que suficiente para percatarse que los beneficios que derivan de no poseer una moneda propia superan sus aparentes costos. El problema está en que no son obvios; lo que dificulta su apreciación.

publicidad

Tomemos como ejemplo nuestros ingresos y ahorros. Si la opción para crear dinero de la nada todavía estuviera en manos de los políticos, estarían en constante amenaza. Valiéndose de la excusa de que para salir de una crisis es necesario poner más billetes en circulación, lo que recibimos en forma de pago por nuestro trabajo y lo que hemos acumulado a lo largo de los años con grave esfuerzo, perdería su valor con cada unidad monetaria adicional introducida al mercado para combatirla. Para quienes viven de un fuente fija de ingresos -que básicamente son todos los asalariados y pensionistas- esto sería devastador, pues implicaría menos poder adquisitivo sobre los bienes y servicios necesarios para su subsistencia. El acceso a comida, ropa, estudios, medicina, casa y demás, sería mucho más difícil de lo que ya es.

Consideremos hoy el impacto sobre quienes se dedican a la noble labor de servir a los demás: los empresarios. Dentro del mundo inflacionario que algunos proponen como panacea a los problemas, sufrirían una serie de obstáculos que entorpecerían su función como creadores de riqueza. Al verse desafiados por una moneda incapaz de conservar su valor, su facultad para hacer cálculos económicos y contables se vería disminuida. Ante tan borroso clima, prever el comportamiento del mercado y descubrir verdaderas oportunidades de negocio se complicaría más de lo normal. Algo tan esencial como acumular capital para reinvertir y crecer la productividad de las empresas sería también una misión ardua. En suma, en lugar de dinamizar los negocios, los desfiguraría bajo la falsa y efímera sombra de prosperidad que nace de la falsificación del dinero por parte del Estado.


Los apologistas de la inflación sostienen que no hay nada de qué preocuparnos, que las personas encargadas de introducir dinero al mercado serían responsables con su intervención, que hay que tener fe en la mano visible. Pero lo cierto es que no hay nada de responsable -ni ético- en darle a la clase política la autoridad de poner a circular dinero sin valor.  Idealmente, una política monetaria sensata, giraría en torno a cómo asegurarse de que el dinero conserve su capacidad adquisitiva y no se convierta en un instrumento de manipulación por parte de los gobernantes. Y la dolarización, con todos y los defectos que pudiéramos resaltar, nos dio un poco de eso. Gracias a la misma, hoy somos más libres de lo que seríamos con una moneda propia.




RECOMENDACIÓN DE LA REDACCIÓN



Opine y Comente

Diario El Mundo abre este espacio de opiniones para que se pueda debatir, construir ideas y fomentar la reflexión. Por eso, pedimos que se evite hacer uso de ataques ofensivos, que incluyan malas palabras, de lo contrario nos reservamos el derecho de publicación.

Recuerde que este es un medio que está para generar opinión constructiva.