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Editorial & Opinion

La droga: “poder político”

Rubén I. Zamora / Abogado, diplomático y político

jueves 26, julio 2018 - 12:00 am

El político se hace, luchando por lograr el poder político y luego, si tiene éxito, administrándolo.

Este es el camino que la democracia representativa establece; en tiempos pasados y no tan lejanos, el poder político se lograba por conquista o por golpe de Estado, es decir, la fuerza de las armas y se mantenía por herencia ese era el camino “natural” para lograrlo. La democracia cambia las cosas: el poder político reside en el pueblo y éste elige a los que, en su nombre, lo van a administrar y por el tiempo que el pueblo establece en su Constitución.

A la concepción democrática es necesario adicionarle un elemento y es que su camino es transitado por seres humanos que tienen sus propios apetitos y como todo apetito humano es susceptible de volverse una adicción, es decir, de pasar de ser el dueño del apetito a ser su servidor y ser controlado por éste. Esto es lo que vemos a diario en nuestras sociedades, es normal que las personas apetezcan un trago o una cerveza, lo cual no tiene ningún problema, pero hay otras a quienes el apetito se apodera de su voluntad y se convierte en enfermedad, la dipsomanía, el apetito por el licor los lleva a destruir su vida porque se vuelven esclavos de su apetito.

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El poder político es inseparable del apetito por ejercerlo, mucho insistimos en que es una carga, que requiere sacrificios y privaciones, lo cual es cierto, pero no tomamos en cuenta que el ejercicio del poder político tiene en sí atractivos para el ser humano, sus motivaciones psicológicas son evidentes: el espíritu de competencia, recibir respeto y admiración de otros seres humanos, la posibilidad de ser más que la mayoría para citar algunos y a los que se añade motivaciones comunes al ejercicio del poder en general, como la de mejorar su situación de vida.

En sociedades muy primitivas donde las condiciones de vida son muy iguales para los miembros de la comunidad, el ejercicio del liderazgo tiende a volverse apetecible con recompensas no políticas, como es el mayor acceso a las mujeres de la tribu o a los hombres en casos de matriarcado. En sociedades más desarrolladas, estos apetitos se van “sublimando” y controlando con consideraciones éticas, como la responsabilidad por el bien colectivo, el sacrificio por sus semejantes, la honestidad y honradez, etc. Y constituyen un canon de preceptos morales que se adhieren al ejercicio del poder, pero éstos lo que hacen es poner límites al apetito para evitar que se convierta en adicción, no lo elimina.


La concepción democrática toma en cuenta estas tendencias y construye un sistema de normas que tratan de evitar la adicción al poder político por parte de los gobernantes, así la prescripción de periodos predeterminados para su ejercicio, el sometimiento del gobernante a elecciones libres, la prohibición de la reelección consecutiva, son claros ejemplos del cuidado que el sistema democrático establece, para que, sin importar lo buenos que hayan sido en su periodo, no caigan en la adicción al poder.

Las anteriores reflexiones, nos permiten entender y explicarnos la conducta de muchos de nuestros gobernantes a los cuales su adicción al poder los lleva a romper ya no solo con las normas democráticas sino incluso con los principios y derechos, por los cuales lucharon denodadamente antes de subir al gobierno; el caso de Evo Morales en Bolivia, que a nombre de considerar que está haciendo un buen gobierno, es capaz de lanzarse a una reelección, cuando un plebiscito se lo había negado, o el caso de Ortega en Nicaragua, quien abanderó las luchas contra la dictadura de Somoza, sufrió la cárcel y la tortura de aquel régimen, y ahora está haciendo lo mismo que Somoza hacía: masacres, torturas, desaparecimiento y todo ello por las mismas razones, mantenerse en el gobierno, sobre todo cuando es ya evidente que el pilar en el que asentó  su gobierno, la alianza con la cúpula de la empresa privada, está destruida.

Al igual que los Santos, los políticos no nacen, se hacen, pero a diferencia de ellos, los políticos se pueden convertir en próceres y verdaderos líderes de su pueblo, pero también en esclavos del poder que ejercen y a él se aferran contra viento y marea, sin importarles contradecir por lo que lucharon; la adicción al poder político, los convierte en su esclavo, se vuelven dictadores y destruyen la democracia.




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