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Editorial & Opinion

La educación es la clave para el desarrollo

Jaime Ramírez Ortega / Consultor legal y de negocios

miércoles 13, febrero 2019 - 12:00 am

Recientemente tuve la oportunidad de acceder a unos de los centros penitenciarios de El Salvador, y pude constatar, de primera mano, cómo se desarrolla el programa “YO CAMBIO”. En lo particular he quedado muy impresionado de cómo este programa está transformando vidas de forma integral, dado que no solo se enfoca en cambiar la mentalidad de los internos con relación a su responsabilidad hacia el prójimo, sino que se fundamenta en la familia, en las personas que están alrededor del interno: sus padres, los hijos y la esposa, lo cual hace que no pierda la perspectiva del cambio positivo, aun desde una celda.

En consecuencia, el programa “YO CAMBIO” se ha convertido en todo un modelo de gestión penitenciario que rendirá frutos en la salud mental de los internos, en el fomento de una cultura de paz y en la concreción de espacios libres de violencia; claro que para ello se requiere de una cantidad enorme de recursos y de voluntad política, para ampliar a escala nacional tan exitoso programa;  sería fenomenal que las diferentes fuerzas vivas, como la empresa privada, las universidades, los organismos nacionales e internacionales, las entidades públicas y las Ong´s, puedan conocer cómo funciona y se desarrolla el programa, para que en un futuro no muy lejano puedan contribuir con recursos económicos, con transferencias educativas y culturales, y con personal capacitado que incida positivamente en la formación de valores y en el crecimiento académico de cada interno asociado al proyecto; de modo que es importante que se abandone el pensamiento de ver números o estadísticas de personas condenadas o a la espera de ser condenadas, como si se tratase de algún artículo de comercio; es tiempo de desarrollar el amor al prójimo y entender que sin importar cual sea el contexto de la persona ahí detenida,

siempre tendrá la categoría de un ser humano, y, por lo tanto, merece ser tratada con respeto y dignidad, dado que algunos se olvidan de estos valores, al mostrar indiferencia y menosprecio por los detenidos.

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Recordemos que la vida puede cambiar en un momento, y en un momento también se puede perder la libertad, al verse involucrado en algún proceso legal, ya sea voluntario o involuntario. Por ello, el libro sagrado en Hebreos 13:3 nos sensibiliza: “Acordaos de los presos, como si estuviérais presos juntamente con ellos; y de los maltratados, como que también vosotros mismos estáis en el cuerpo”.

De manera que como sociedad salvadoreña tenemos que humanizarnos un poca más y no juzgar a los que están presos por las malas decisiones que tomaron, sino provocar en ellos cambios positivos, ayudando cada quien, desde sus trincheras, para que los internos recobren la confianza en ellos mismos; a que busquen una relación con Jesús, más allá de la religión, y que comprendan que la vida es mejor cuando se aprende a respetar y tolerar. De tal suerte que El Salvador pueda cambiar ese ambiente de violencia y de luto que tiene a la sociedad entera viviendo como presos en las colonias y barrios.


Por lo que creo férreamente que la violencia juvenil en El Salvador no se va a disuadir o detener con mano dura, medidas extraordinarias, represión o tomando la justicia de forma particular; se debe trabajar en la educación preventiva y de calidad con enfoque en valores, dado que el abordaje a la violencia juvenil y las soluciones propuestas hasta el momento solo han atacado los efectos de la delincuencia, como son las extorsiones, los asesinatos y los actos de terrorismo de las pandillas;  pero no se ha atacado la raíz que provoca la delincuencia juvenil, como es la mala calidad educativa, brecha de la desigualdad, la pobreza, la carencia de oportunidades para jóvenes, la falta de empleo, la procreación irresponsable y la mala conducta de algunos padres que no educan bien a sus hijos; por lo que la solución al problema de delincuencia juvenil y su abordaje, debe estar centrado en la axiología, la antropología, la educación preventiva y la criminología, dado que las pandillas llevan años luz en la multiplicación de nuevos cuadros, porque trabajan con los niños desde temprana edad, y ahí hemos fallado como padres de familia y como gobierno, nos olvidamos de los niños.

Pero para resolver todos estos factores que inciden directamente al crecimiento de las pandillas y de la pobreza, se requiere que trabajemos con los niños desde temprana edad, como lo hicieron Singapur y Finlandia, apostándole a un verdadero sistema educativo de calidad que fomente el emprendedurismo y que premie el talento. Pero para alcanzar este esplendor, se requiere de voluntad política para inyectarle más recursos del PIB, a educación.




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