Editorial & Opinion

La lectura y la felicidad: una historia personal

Vanessa Núñez Baños / Abogada, docente y escritora salvadoreña

viernes 18, octubre 2019 - 12:00 am

Me fui a Guatemala en el 2003. En 1997 me había graduado como abogada y, desde entonces, había ejercido como penalista y especialista en propiedad intelectual. En Guatemala, trabajando como consultora jurídica, decidí probar algo más. Aún en El Salvador, había estudiado ciencia política y había descubierto ideas fascinantes. Me di cuenta cuán poco sabía de historia, filosofía, arte, etc. Y es que, en un El Salvador en guerra, las humanidades habían sido opacadas y no eran carreras por las cuales una soliera decantarse.

Ya en Guatemala, con una oferta académica más amplia, me debatí entre incorporarme como abogada, estudiar periodismo, historia o (la menos probable) literatura. Pero la vida nos lleva por caminos inesperados. Así, aquella tarde de lluvia en que la directora de la maestría de literatura hispanoamericana me informó que disponía de 45 minutos para tomar la decisión de inscribirme, no lo dudé. Sin más, giré mi vida de abogada hacia la literatura, sin darme cuenta de las maravillosas implicaciones que aquella decisión traería.

La maestría fue un viaje maravilloso. Conocí personas extraordinarias. Pasé fines de semana leyendo hasta el amanecer en la cocina de mi casa pues, debía ganar el tiempo que (ahora no sé cómo) me la pasé sin leer.

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Y es que yo, aunque siempre había sido lectora, nunca lo había hecho con seriedad. Es decir, con un objetivo, con un plan, como un (¿por qué no decirlo?) estilo de vida. Y ahora tenía frente a mí la ocasión y la excusa para leer todos los libros que pudiera de la biblioteca de la universidad y tenía con quién conversarlos. Tenía la ilusión de un mundo nuevo y las ganas de que mi vida, como había sido hasta ahora, se llenara de historias e ideas. Era pues, en una palabra, feliz.

Recuerdo que lo primero que llegó a mis manos fue la autobiografía de Ernesto Sabato “Antes del fin”, escrita en 1998. No sé por qué, sentí entre ésta y el “Confieso que he vivido” (1974) de Pablo Neruda una similitud y un ambiente familiar, el cual yo deseaba conocer.


Mis lecturas continuaron con poesía escrita por mujeres. Delmira Agustini, Alfonsina Storni, Rosario Castellanos, Ana María Rodas y tantas otras que iban prendiendo lucecitas en mí, hasta crear caminos. Pronto comencé a escribir, primero con dudas, luego con ilusión. Tardes y noches enteras luchando con mis ideas, practicando nuevas formas de decir las cosas, hasta lograr historias y una nueva manera de entender de la vida.

Al graduarme de la maestría, comencé a dar clases en la misma. Fue así como me convertí en profesora de literatura y descubrí una nueva forma de felicidad: la de enseñarla.

Ahora imparto talleres literarios en Guatemala, El Salvador y vía Skype para personas que están en países como Alemania, Bélgica, Dinamarca, Estados Unidos, México, Canadá, Uruguay, entre otros.

Descubrí pues, que la felicidad puede ser compartida y transmitida. Que en nuestros países, donde la cultura, el arte y las humanidades han sido relegadas a ocupaciones sin importancia, la gente descubre con gran asombro lo buen lector que es o lo feliz que se siente al terminar un libro y conversarlo.

Somos países en los que, históricamente, nos ha sido vedado el gozo de disfrutar la lectura y el arte, pero puedo darme cuenta cómo muchos han comenzado a descubrir que, contrario a lo que nos fue inculcado durante los 80 y 90, la felicidad no está en el dinero ni en el consumo, sino en la capacidad de abstraernos y bucear en otros mundos, en otras culturas y, sobre todo, en aquello que vemos reflejado de nosotros mismos en los libros.

Espero pues que pronto, muchos, muchos más, puedan descubrir esta felicidad y puedan maravillarse ante el enorme mundo que se abre frente a nosotros por el solo hecho de cambiar el chip y entrar a un mundo maravilloso, donde todo es posible.




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