Deportes

La muerte en los puños

Carlos Cañas Dinarte

sábado 27, julio 2019 - 12:00 am

Como parte de uno de los capítulos memorables de su cuarta temporada de emisiones (aquel de “Bien y despacio. Así es como debe hacerse.”), Pablo Mármol le dice a Pedro Picapiedra que se ha pensado en prohibir las peleas de boxeo. En ese diálogo de caricatura, el personaje rubio no desvela quién tiene en evaluación esa prohibición, ni si la misma afectará sólo al ámbito municipal de Piedradura o más allá. Lo cierto es que, tanto para Pedro como para Pablo, aquella prohibición representará un problema debido a su nada oculta afición por las peleas, tanto en vivo como por televisión.

Desde el último cuarto del siglo XIX, el boxeo era un deporte practicado de forma exclusiva por hombre, jóvenes en gran parte. El boxeo para mujeres se consideraba más una moda de exhibición, con chicas de pelo corto y trajes ajustados que sonreían a las cámaras mientras alzaban sus puños enguantados.

Aunque se consideraba una práctica masculina ruda, lo cierto es que ella no discriminaba casi a nadie en los gimnasios de San Salvador y otras localidades salvadoreñas, abiertos desde la década de 1860 por franceses e ingleses. Así, poetas y educadores como el apopense Vicente Acosta (1867-1908) podían combinar sus trabajos literarios con varias sesiones de guantazos a la semana, a imitación de los humanistas de la antigua Grecia. En las calles y predios baldíos, muchos hombres del populacho lo practicaban a puño limpio, sin mayor conocimiento, tan sólo impulsados por la fuerza de sus músculos y sus afanes de vencer, quizá para ganar algún premio en efectivo que se encontraba en disputa.

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En la década de 1920, el boxeo se popularizó con la expansión mundial de la radiodifusión. Desde sitios como el neoyorquino Madison Square Garden, los nombres de algunos boxeadores trascendieron las fronteras. Así, los públicos de diversos países comenzaron a seguir las hazañas boxísticas de Jack Dempsey, Joe Louis, Larry Holmes, Joe Frazier, Luis Ángel Firpo, Jimmy “Cinderella Man” Braddock y otros, antecedentes directos de leyendas del siglo XX como George Foreman, Cassius Clay/Mohamed Alí y los centroamericanos Alexis Argüello y Roberto “Mano de piedra” Durán.

En esa década legendaria, el jueves 7 de mayo de 1925, Harry Simone murió en combate contra Bobby Allen. No fue la primera muerte por daños neurológicos severos sufridos en un ring, pero sí fue una de las que más impactaron al público debido a la cobertura noticiosa de la misma.


Menos de dos años más tarde, el lunes 7 de marzo de 1927, Jack Delaney moriría por los puñetazos que le fueron propinados por Jim Maloney. La muerte se volvió a calzar los guantes de cuero. El domingo 26 de febrero de 1928, los boxeadores Caerney y Blake murieron sobre el ring, tras una paliza mutua.

En El Salvador, la Parca selló un destino sobre el ring del Teatro Mundial, en San Salvador, en la noche del viernes 4 de febrero de 1927. Se enfrentaba Gregorio Montenegro, originario de Masaya (Nicaragua) contra el campeón salvadoreño Alex C. Suárez, alias pugilístico de Alejandro de la Cruz Suárez Díaz. Tras varios rounds de golpes, la joven promesa del boxeo nicaragüense se desplomó en la lona para no levantarse jamás. La policía detuvo al boxeador salvadoreño y la Fiscalía lo acusó de homicidio ante el Juzgado Primero de Primera Instancia de lo Criminal del distrito de San Salvador. El escándalo saltó de inmediato desde la radio y los principales medios impresos de la época. Mientras, el gobierno salvadoreño decidió prohibir las peleas de boxeo en tanto durara el proceso de investigaciones. La situación se pintaba oscura para el boxeador Suárez.

A la turbiedad del caso se agregó la Corte Suprema de Justicia, que en marzo sentenció que Suárez debía ser llevado a juicio. Decenas de personas se unieron para reunir dinero y apoyar al púgil nacional con los gastos de su defensa legal. Además, enviaron una pieza de correspondencia ante el pleno de la Asamblea Legislativa. Con gran celeridad, en la sesión del 28 de mayo, el cuerpo de diputados leyó por segunda vez el dictamen favorable para amnistiar al boxeador salvadoreño del homicidio que se le imputaba. Algunos diputados reclamaron que dicha amnistía no procedía conforme a las leyes vigentes, pero sus argumentos fueron desoídos y dos días más tarde fue emitido el decreto, firmado por el vicepresidente legislativo -el intelectual sonsonateco Dr. Rubén Rivera (amigo personal de Rubén Darío)-, con orden de publicación suscrita el 11 de junio por el presidente de la república, el abogado Dr. Pío Romero Bosque p. y por su subsecretario de Justicia, el Dr. Héctor David Castro, en ausencia del ministro titular, el Dr. José Gustavo Guerrero.

Como resultado de ese proceso legal, las peleas de boxeo estuvieron suspendidas en El Salvador hasta abril de 1929, cuando fueron reanudadas. Alex C. Suárez volvió a pelear y a ganar sus encuentros con otros campeones y retadores del área centroamericana. Round a round y jab a jab, el salvadoreño se volvió una verdadera leyenda.

En el ámbito internacional, las muertes de boxeadores no cesaron. El viernes 18 de enero de 1929, en Montevideo, capital de Uruguay, el cubano Clemente Sánchez falleció en combate ante Mauro Galusso. Los guantes de la Muerte seguían sembrando luto en el deporte de los hombres más hombres.

Pasaron los años. El sábado 25 de febrero de 1945, cuando el mundo asistía a uno de los últimos capítulos de la Segunda Guerra Mundial en el frente europeo, el boxeador santaneco Kid Arita sucumbió en un ring de San Salvador ante el brutal ataque de golpes certeros que le dejara ir encima el mexicano Manuel Camarillo. De inmediato, el gobierno volvió a prohibir toda práctica boxística en el territorio nacional.

¿Cómo se levantó esta nueva prohibición? Con una exhibición gigante. En el Estadio Nacional de la Flor Blanca, inaugurado en 1935, en la noche del 9 de febrero de 1947 tuvo lugar una presentación de boxeo a cargo de una figura de talla mundial. El mítico Joe Louis hizo las delicias del público con varios de sus famosos golpes. Frente a aquel espectáculo -presagio del “vuela como mariposa y pica como abeja” de Mohamed Alí-, público y gobierno se rindieron de nuevo ante el deporte de los puños. El Salvador rehabilitó la práctica del boxeo a mediados de marzo.

En 1949, varias revistas médicas advirtieron al público que tan sólo en ese año habían sucumbido 42 púgiles estadounidenses a causa de las graves lesiones cerebrales y hemorragias internas producidas durante combates. Además, se comenzó a relacionar a los puñetazos con el surgimiento del mal de Párkinson en varios boxeadores retirados. El cerebro y su morfología comenzaron a ser el centro de atención de la medicina y el deporte. Las autoridades sanitarias estaban atentas, pero no prohibieron su práctica. Para entonces, el boxeo ya era una industria multimillonaria, lejos de sus orígenes callejeros y sus rudezas de antaño.

Peleas míticas como las de Alí, Foreman, Tyson o películas como las de la saga de Rocky Balboa hicieron que el boxeo tuviera muchos seguidores durante los años 80 y 90 del siglo XX. Después, la llama pareció apagarse, hasta que surgieron otras figuras en el cuadrilátero mundial. En este 2019, las muertes de varios boxeadores profesionales han vuelto a poner en el tapete la discusión de si se debe prohibir o no la práctica profesional, olímpica o aficionada del boxeo. Quizá el tiempo y los acontecimientos venideros nos den una mejor perspectiva, en cuanto se posicionen las distintas federaciones mundiales.

En el caso del boxeador salvadoreño Alex C. Suárez, su nombre casi ha caído bajo la pesada piedra sepulcral de la desmemoria. Apenas la sala de boxeo del Palacio de los Deportes lleva su nombre. Quizá fuera su hijo, el poeta y periodista Jaime Suárez Quemain (1949-1980), quien le haya rendido el mejor homenaje por medio de uno de sus poemas más reconocidos. Aquí y ahora, la lectura de esos versos -hilvanados con la jerga de los boxeadores- constituye un homenaje para el antiguo púgil y para su hijo, cuyo secuestro, tortura y asesinato a manos de un escuadrón de la muerte aún son hechos que continúan sumidos en la más completa impunidad.




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