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Editorial & Opinion

La papa caliente

Jaime Barba / REGIÓN Centro de Investigaciones

jueves 28, febrero 2019 - 12:00 am

La propuesta del presidente electo de reorientar $16 millones del préstamo para el nuevo edificio de la Asamblea Legislativa cimbró a los partidos políticos allí representados. No tanto por la viabilidad o no de concretar esa reorientación, sino por el destino elegido: construcción de centros educativos públicos.

El rechazo, la adhesión y la indiferencia que provocó hablan muy bien de las apetencias, las preferencias y las fobias que retoban el ambiente político nacional.

La asombrosa respuesta, en dos partes, del partido Alianza Republicana Nacionalista no deja de llamar la atención: ratificar que hay que construir el edificio legislativo así como estaba pautado y proponer la reorientación de $50 millones del presupuesto general de la nación para la construcción de centros educativos públicos.

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El tema de la infraestructura educativa ha tenido una complicada dinámica en las últimas gestiones gubernamentales. Sería importante que todos los proponentes tuvieran a la vista los últimos 30 años de inversión en infraestructura educativa, con fondos propios y con préstamos externos. A partir de ahí es posible establecer qué ha pasado, qué énfasis se han tenido, qué cuestiones se han resuelto (o al menos intentado) y qué es lo que hoy se requiere.

Una lectura crítica del sistema educativo nacional no debe rehuir el asunto de la infraestructura educativa, porque de lo contrario se llega a momentos como en el que nos encontramos ahora, donde es inocultable el deterioro, por todos los rumbos territoriales, de la infraestructura de los centros educativos. Desde el aparato gubernamental la respuesta ha sido insuficiente y errática. Por falta de prioridades y quizá carencia de amplitud de miras para comprender que el tema de infraestructura es crucial, y no accesorio, para las políticas públicas educativas.


La noción de ambientes escolares adecuados es un ideal al que al parecer se le ha dejado durmiendo en los papeles y no se ha puesto en primera fila de los propósitos a alcanzar en un prudencial plazo.

Porque hablar de infraestructura educativa implica considerar al menos tres aspectos indisolubles: la construcción de edificaciones e infraestructura deportiva, la provisión de recursos financieros para la operación educativa de lo construido y el permanente (y ahora desaliñado) proceso de mantenimiento de esa infraestructura.

Dentro del sistema educativo nacional debería ser un objetivo estratégico romper el círculo vicioso donde la infraestructura escolar se asume a partir de dos conceptos que no se complementan sino que están de espaldas: nuevas construcciones (con fondos externos) y reparaciones menores (con fondos asignados en el presupuesto). Bajo este esquema simplista el resultado es de bajo impacto social. Y es que las nuevas construcciones, rápido y sin pausa, dada la débil política de mantenimiento de infraestructura (que reacciona frente a demanda o a denuncia), pasa a la zona del deterioro. Y esto no solo es un problema técnico sino político. De gestión, si quisiera precisarse.

La recuperación del tejido social, que debería ser el camino cierto para pacificar El Salvador, tiene al sistema educativo nacional como la piedra de toque. Y a pesar de los millones de dólares que han circulado bajo la viñeta de prevención social, no se termina de asimilar que sobre las bases de la infraestructura educativa es que debe alzarse el esfuerzo de contribuir a que nuestra infancia y nuestra juventud tengan otro destino.

Un ejemplo de problema grave a superar, que está relacionado con la infraestructura educativa, es el que tiene que ver con la actividad deportiva que debe desplegarse a partir del sistema educativo nacional.  Si se lograra gestar una amplia, diversa y entusiasta movilización educativa nacional por las prácticas deportivas el camino de la pacificación habría comenzado.

El reto es colosal, y abrumador, porque al examinar el estado de las condiciones que harían posible este despliegue deportivo educativo el principal escollo reside en la inadecuada infraestructura deportiva con la que cuenta el sistema público.

¿De cuántas piscinas adecuadas se dispone en el sistema educativo nacional en todo el país para que las niñas y los niños, al menos desde los seis años de edad, empiecen a formarse? ¿Y las canchas de fútbol, básquetbol, voleibol, béisbol, softbol existen en torno a los centros escolares, vinculados a ellos, y cuántas son y cómo se encuentran? ¿Y las pistas de atletismo y ciclismo?

Provocar un viraje estratégico en materia deportiva para el país pasa porque el sistema educativo nacional se recomponga también en este terreno.

Es decir, después del 3 de febrero, el curso del quehacer político tiene la posibilidad de rehacerse. O abochornarse. La próxima gestión gubernamental tiene la palabra. ¡Y la papa está caliente!




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