Cerrar [X]

Editorial & Opinion

La peor noticia del año: la dictadura en Nicaragua

Federico Hernández Aguilar / Escritor

miércoles 28, noviembre 2018 - 12:00 am

Regionalmente, la peor noticia con que cerramos este año 2018 es que el dictador nicaragüense, Daniel Ortega Saavedra, sigue en el poder. Por más que algunos pretendan minimizarlo, el mero hecho que el régimen sandinista haya llegado a diciembre sin haber tenido que rendir cuentas por sus crímenes es motivo de vergüenza para Centroamérica, no obstante el abierto rechazo de la comunidad internacional y las muy contadas complicidades.

La permanencia de Ortega, además, constituye un precedente histórico de incalculables consecuencias para el istmo. En realidad no habíamos tenido jamás un gobierno que desplegara semejante nivel de barbarie y se consolidara en el poder pasando encima de una verdadera revuelta popular, sofocada a sangre y fuego delante de la mirada atónita del mundo libre.

Si hacemos un repaso a la historia política de la región, ninguna de nuestras dictaduras, siendo reconocidas como tales, sobrevivió a la combinación efectiva de alzamientos ciudadanos y repudio internacional. Federico Tinoco Granados, el único gobernante despótico que sufrió Costa Rica, tuvo que dejar el poder en 1919 después de solo dos años, presionado por motines encabezados por maestros y estudiantes de secundaria en San José. (En aquella gesta, por cierto, se cubrió de gloria un insigne maestro salvadoreño, Marcelino García Flamenco, quien por esa razón es considerado un héroe en Costa Rica).

publicidad

En Guatemala, los dictadores Manuel Estrada Cabrera y Jorge Ubico fueron obligados a renunciar, el primero en 1920 y el segundo en 1944. Maximiliano Hernández Martínez, el salvadoreño que más tiempo ejerció el poder formal, también lo perdió en 1944 tras una exitosa huelga general de brazos caídos. Tiburcio Carías Andino, en Honduras, abandonó la silla presidencial en 1949, apremiado por Estados Unidos y por el creciente desfavor popular. En Panamá, Manuel Antonio Noriega, que jamás gozó de la admiración ciudadana que despertaba el general Omar Torrijos –autoridad de facto entre 1968 y 1981– fue jefe militar con poderes dictatoriales hasta la invasión norteamericana de 1989.

Incluso quienes que con mano de hierro forjaron una tradición política de despotismo en Nicaragua, persiguiendo opositores y sofocando alzamientos, al menos tuvieron la decencia de observar ciertos límites ante las manifestaciones cívicas de rechazo. Con la excepción de Anastasio Somoza García, asesinado por un poeta en 1956, ninguno de los regímenes nicaragüenses de corte autoritario llevó la represión hasta la impensable masividad desplegada por Ortega desde el pasado abril. Por eso es que José Santos Zelaya fue destituido en 1909 y Luis Somoza Debayle terminó su periodo en 1963, mientras que el último vástago de la dinastía Somoza, “Tachito”, fue derrocado en 1979 precisamente porque nunca llegó a cruzar las líneas que sí ha traspasado, sin mayores remordimientos visibles, el caudillo de la revolución que prometió libertad y democracia a los nicaragüenses.


Se suponía que en los umbrales del siglo XXI no habría retrocesos tan marcados como el que este año ha experimentado Nicaragua. Nadie pretendía, por supuesto, que las tendencias autoritarias desaparecieran para siempre de la política centroamericana, pero ya no creíamos posible que las tiranías de Estrada, Carías o Somoza pudieran ser desafiadas como lo está haciendo Ortega.

En la resistencia organizada de la Nicaragua libre, de la Nicaragua cívica, se juega el futuro de Centroamérica entera, porque toda brutalidad oficial que escapa a la justicia es simiente de próximas dictaduras. Tras la exhibición de cinismo y crueldad del orteguismo, lo que debe seguir es una caída estrepitosa del régimen, con inconfundible sabor a escarmiento. Ya no hay marcha atrás. Los libros de historia deben registrar a Ortega y a Murillo en su recuento de opresores derrumbados.




RECOMENDACIÓN DE LA REDACCIÓN



Opine y Comente

Diario El Mundo abre este espacio de opiniones para que se pueda debatir, construir ideas y fomentar la reflexión. Por eso, pedimos que se evite hacer uso de ataques ofensivos, que incluyan malas palabras, de lo contrario nos reservamos el derecho de publicación.

Recuerde que este es un medio que está para generar opinión constructiva.