Editorial & Opinion

La pita tensa en Nicaragua

Jaime Barba / REGIÓN Centro de Investigaciones

lunes 20, mayo 2019 - 12:00 am

Si se tiene mirada corta, pues parecería que el Gobierno nicaragüense regenteado por Ortega-Murillo se encuentra en una posición cómoda o no tan complicada: no ha negociado nada fundamental, ha soltado algunos presos políticos, no permite movilizaciones en las calles, monitorea y bloquea a discreción la llamada mesa de negociación (que quizá no lo es aún), el Ejército aún está enmudecido, el Frente Sandinista de Liberación Nacional —FSLN— no sale de la parálisis, los grandes empresarios persisten en su desplazamiento pendular y hay miles de nicaragüenses exiliados.

El círculo de poder en torno a Ortega-Murillo de seguro que no cree que esa posición sea agradable. Ese grupo férreo no está compuesto por ingenuos, están curtidos en la política malévola y calibran lo que han hecho, muestran músculo, pero es un músculo acalambrado porque los movimientos son rígidos y dolorosos, y quizás inútiles.

Ganan tiempo, le espetan sus adversarios a la dupla presidencial. Sí, ganan tiempo. Y lo han ganado con el pulso que mantienen. La pregunta es si esto es posible sostenerlo sin importar los plazos.

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Las sanciones internacionales en marcha impactarán, si no es que ya lo hicieron, en los detentadores del poder político. Los sacudirá, pero no los derribará. Solo piden pista de aterrizaje en la complicada situación nicaragüense.

El grave cuadro existente en Venezuela no es igual al de Nicaragua. Casi habría que decir que Venezuela es el mejor ejemplo de cómo es que no se deben manejar las cosas, tanto desde el campo gubernamental como desde el opositor. Lo de Nicaragua no se resolverá —porque aunque no lo parezca tendrá un desenlace definitivo y no en el largo plazo—, como lo de Venezuela.


Los asesinados desde abril de 2018, los presos políticos actuales, los miles de exiliados y los persistentes resistentes dentro de Nicaragua tienen la llave maestra para cambiar las cosas. Aunque han sido golpeados y atemorizados, en general, los hombres y las mujeres retenidos en las cárceles han mostrado una conducta enhiesta y desafiante, y no la van a cambiar. Y este factor no debería verse como una mera anécdota. ¡Pareciera que el poeta Leonel Rugama está entre ellos!

De los grandes empresarios no debería esperarse más que lo mostrado: se salieron del abrazo económico que tuvieron por 10 años con el régimen, empujaron para montar la actual mesa de deliberaciones (de negociación será cuando los acuerdos adoptados se cumplan). Pero hasta ahí.

El FSLN saldrá hecho un cadáver de toda esta situación, porque una fuerza política que otrora propugnó por ideales de cambio y de dignidad no puede convertirse en cómplice de una esquizofrenia política como la que prima y menos guardar silencio frente a la feroz represión. Tampoco puede esperarse mucho de este enclenque actor.

¿Y el Ejército? Bueno, este convidado de piedra es el que no se ha movido para ningún lado. Está tieso, pero por dentro tiembla, porque sabe que si sigue el camino de la Policía Nacional a la salida de esta gran crisis será pulverizado. Si traza algún puente con los adversarios del régimen corre el riesgo de ser fustigado y lapidado por la institucionalidad vigente. Es como un caballo sin cascos y con ganas de saltar.

No hay que quitarle el mérito al constructo Ortega-Murillo de mostrar cohesión y coherencia  en esta hora difícil. Gracias a ello es que el régimen sigue flotando en alta mar. Daniel Ortega, sobre todo, es consciente de que ha llegado al final de su vida política útil y es un animal marino quebrantado en sus entrañas que busca una playa donde recalar, pero no la encuentra, y quizá no la encuentre nunca.

Metáforas aparte, la situación política nicaragüense vive un momento de calma chicha, donde parece que unos se sientan, cómodos, a esperar el tren que los llevará a la siguiente estación y donde otros van de aquí para allá, pujando, conspirando, organizando, debatiendo para que el tren de aquellos no llegue o se desvíe.

La pita está tensa en Nicaragua, pero terminará por romperse.




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