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Editorial & Opinion

La rehabilitación es clave para la inserción

Jaime Ramírez Ortega / Consultor legal y de negocios

jueves 7, marzo 2019 - 12:00 am

No hay duda que el sistema penitenciario es uno de los más olvidados en cuanto a la asignación de recursos públicos y, a decir verdad, son pocos los organismos nacionales e internacionales que están tratando de incidir para ayudar a la población reclusa y a sus familias. Y quizás esto tiene que ver con el mito de que una persona que ha cometido un delito y ha sido condenada, automáticamente se etiqueta como antisocial y, por lo tanto, no tiene capacidad de cambio; de modo que todo gasto público que se haga en la reinserción es innecesario, porque un delincuente nunca cambia.

Con este tipo de modalidad y pensamiento se consolidaron algunas cárceles de Europa y Estados Unidos, en los años 60, dado que los gobernantes entendían que era un desperdicio invertir en la reinserción de la población reclusa, porque no mostraba síntomas de arrepentimiento y un deseo claro de volver a formar parte de la sociedad; sin embargo, en la medida que fueron evolucionado las técnicas de la psiquiatría y los tratamientos psicológicos eran más completos, se comprendió de mejor manera que existen factores endógenos y exógenos que inciden en que la persona sea mucho más proclive a cometer delitos.

No obstante a ello, los de mayor incidencia son los factores exógenos, ya que son los que forman al individuo y moldean su carácter, por ejemplo: un niño o niña que crece en un ambiente de violencia, maltrato y pobreza, sin tener acceso a los servicios básicos que requiere todo ser humano para desarrollarse y aunado a ello carece de una figura paterna, está claro que tendrá mayor inclinación hacia el mal. Con ello no estoy criminalizando la pobreza, dado que hay personas que, a pesar de todas estas carencias, aun así, se superan y deciden hacer el bien y no le echan la culpa nadie de su condición donde les toca nacer.

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Contrario a ello, hay otra parte de la población que creció y se desarrolló, con una gran cantidad de recursos, y que no tuvo ninguna necesidad; pese a ello, los traiciona la avaricia y se dejaron gobernar por sus emociones; por ello, voluntariamente decidieron hacer el mal y, consecuentemente, terminaron en una cárcel; pero también están los reclusos infortunados, son aquellos que Dios y el destino les han permitido convivir con otros reos, dado que fueron acusados injustamente, quizás robaron por necesidad o se vieron involucrados en algún incidente que les costó su libertad.

Independientemente cual sea el caso, debemos reconocer que no se trata de personas de una categoría inferior, sino de seres humanos que deben ser tratados con dignidad y respeto, por lo que no debemos olvidarnos de ellos, al contrario, debemos de trabajar conjuntamente para crear y fortalecer programas de reinserción social. No estoy diciendo que todos los internos tendrán la misma capacidad de cambio hacia el bien, ni todos querrán ser rescatados por medio de programas de reinserción social, pero no por ello se deberá abandonar a su suerte a los internos, muy al contrario, se debe trabajar para insertarlos de la mejor manera a la sociedad, sin estigmas.


Ante ello, deseo felicitar a la Universidad Cristiana de las Asambleas de Dios, a la Dirección General de Centros Penales, y a la Oficina de las Naciones Unidas contra la Droga y el Delito para Centroamérica y el Caribe en El Salvador, que recientemente firmaron un convenio de entendimiento y de bajo costo, donde los internos tendrán la oportunidad y facilidad de poder estudiar una carrera universitaria en la Penitenciaría Central La Esperanza, el Centro de Readaptación de Mujeres Ilopango y el Centro de Cumplimiento de Penas Apanteos.

De esta manera se permitirá el desarrollo humano y técnico de la población privada de libertad, cuyo fin será la rehabilitación y la reinserción social; pero lo más importante del convenio es que la formación académica que recibirán los internos, estará enfocada en valores, es decir, que serán expuestos a la Biblia, como modelo de vida, lo que les permitirá a los internos no solo tener las competencias académicas, sino valores de vida, para afrontar de mejor manera los retos que impone el mercado laboral.

En suma, son estos programas los que se deben apoyar e implementar en todo el sistema penitenciario, para dignificar la vida de los internos y que puedan encontrar el rumbo de su vida. Pero se requiere la ayuda financiera de las fuerzas vivas, la empresa privada, las iglesias, las Ong y demás organismos internacionales.




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