Editorial & Opinion

La tanatofobia y el virus chino

Armando Rivera Bolaños / Abogado y Notario

lunes 3, febrero 2020 - 12:00 am

De acuerdo al psicoanálisis freudiano, en el ser humano perviven dos fuerzas cruciales que guían, en determinados momentos de su existencia, la conducta de sus actos. Estas dos fuerzas, copiadas de la Grecia Antigua, son la Erofilia (amistad con lo bello, la vida y el amor) y la Tanatofobia (miedo o aversión a lo feo, la muerte y el odio). Como podemos observar, son dos fuerzas antagónicas entre sí, como suele suceder en casi todo lo que pasa en este mundo, donde nos encontramos siempre con el bien y el mal, la honradez y la picardía, la paz y la guerra, etcétera. De igual manera, en el medio ambiente hay condiciones saludables y enfermizas, mientras en la misma naturaleza, encontramos microorganismos benéficos y también maléficos. Incluso, la ciencia médica ha descubierto organismos, como algunos hongos, que alivian muchas enfermedades -la penicilina que cura varias infecciones- debilitan algunos otros para poderlos inyectar a las personas o animales, para crear resistencia a los mismos (inmunología) y podríamos llenar páginas enteras alrededor de estas dos fuerzas que coexisten, y seguirán haciéndolo, quizás hasta que nos extingamos o caminemos hacia otros mundos en el futuro.

La humanidad, asimismo, siempre ha estado expuesta a enfermedades que, por su rápida e inesperada aparición y transmisión, reacciona por lo general con el impulso tanatofóbico. Cuando por conducto de Moisés, el imperio egipcio del faraón de su época se vio sometido a varias plagas enviadas por la divinidad y, por último, acaece el fallecimiento repentino de todos los primogénitos, la casa real faraónica entró en conmoción y pavor exacerbado que ordenó liberar al numeroso pueblo judío, llegado a las riberas del Nilo desde hacía varios siglos. Posteriormente, se tienen datos comprobados por la historia y la misma ciencia bacteriológica, que varias naciones europeas tuvieron severos brotes de epidemias diversas, que alcanzaron grandes cantidades en fallecidos y lisiados.

El denominador común de estas epidemias (algunas fueron pandemias por la cantidad de naciones afectadas), fue el temor normal al inicio, pero creció hasta alcanzar niveles de pavor incontrolable, como si hubieran llegado de nuevo las siete plagas de Egipto o las hecatombes bíblicas del llamado Juicio Final del mundo. La pronta y mortífera difusión de las epidemias  o “pestes”, como se les llamaba en los siglos precedentes a la edad moderna, se debió en gran medida por la poca preparación de los profesionales de la Medicina en esas lejanas y pretéritas edades; la química curativa estaba prácticamente en pañales y muchos remedios o “específicos”, por su falta de higiene en prepararlos, o por la misma composición de sus elementos, en vez de aliviar apresuraban a que el paciente se gravara más o que falleciera luego, de donde provino que a los médicos, por siglos, se les llamara despectivamente como ”matasanos”.

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Aparte del empirismo e ignorancia de esa época oscurantista, no se había descubierto el microscopio y otros equipos, que ayudan a diagnosticar, con acierto y precisión, enfermedades provocadas por microorganismos patológicos, como bacterias y virus; la vacunación preventiva ni siquiera se soñaba; se desconocía como esterilizar instrumentos quirúrgicos y nadie sabía utilizar esporas de algunos hongos benéficos para curar severas infecciones. La salud mental era muy deprimente, pues se consideraba a los problemas psicológicos como “obra de demonios”; por siglos, a los psicóticos se les encadenaba y azotaba, hasta que el Dr. Pinel ordenó liberarlos en el hospital parisiense de La Saltrepière.

La propagación, carencia de medicamentos y mortalidad, era tan grande que lo primero que hacía la gente era huir rápidamente de las localidades donde brotaba “una peste”. Esta conducta tanatofóbica no ha cambiado en absoluto. La estamos viendo con el brote viral en la ciudad china de Wuhan, que afecta el sistema pulmonar humano. Pero las cosas hoy son en favor de la humanidad. Primero, sabemos mucho de higiene personal, hay un protocolo científico para estos acontecimientos, la elaboración de una vacuna está ya avanzada en laboratorios chinos y de otras naciones; el virus no es tan poderoso como el del SARS. Lo malo es que lleguemos a aterrarnos y corramos despavoridos, porque el daño sería peor y exagerado…





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