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Nacionales

La tragedia que hizo llorar a los padres de la Eulogia Rivas

Roxana Lemus

miércoles 13, febrero 2019 - 12:04 am

Un mes después del fatídico 13 de enero de 2001 llovía sobre mojado en El Salvador. A las 8:22 a.m., un nuevo terremoto de magnitud 6.6 en potencia de la escala de Richter revivió una tragedia y generó una profunda tristeza a nivel nacional; pero sobre todo,  en los departamentos de San Vicente, La Paz y Cuscatlán, donde centenares de casas quedaron en el suelo, se desmoronaron escuelas y barrios completos terminaron deshabitados.

Lágrimas, dolor y muerte, eso es lo que dejó el terremoto del 13 de febrero de 2001; una fecha que con tinta roja y en mayúsculas se escribió en los manuscritos de la historia salvadoreña y cada año eriza la piel de aquellos que la sufrieron, en especial, de maestros que se inmutan o resuellan al nombrar a sus muertos.

“Ese día, en la primera hora, yo escribí en mi pizarra el tema de ciencias, escribí la pregunta: ¿Qué hacer ante un terremoto? Como a los cinco minutos de haber salido a recreo fue que comenzó el movimiento. Yo estaba en el portón del edificio A, las niñas pedían que les abriera el portón, yo no sabía qué hacer porque estaban todas las niñas encima. Yo no sabía si abrirlo porque en ese tiempo en esta avenida (frente a la escuela) estaba el mercado, y esa era mi preocupación, que había mucha gente, pero hubo alguien que abrió el portón y todas las niñas se vinieron sobre nosotras, unas cayeron sobre los canastos, porque era tanta la desesperación que ellas no se detuvieron”, recuerda Ana Gladys Bonilla, maestra del Centro Escolar Eulogia Rivas, de Cojutepeque.

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Esa escuela de niñas tenía más de 70 años de haber sido construida, según maestros, y el tipo de edificación era de adobe y sistema mixto. Un estudio de Propósitos Múltiples del Ministerio de Economía, de 1999, reveló que la mayoría de viviendas estaban construidas con adobe en la zona paracentral.

Tras los dos terremotos, la escuela fue reconstruida y estas son sus nuevas instalaciones. La escuela de niñas retomó clases en el predio de la biblioteca municipal hasta 2004. / Diego García


Con el remezón de aquel martes 13 de febrero, una de las paredes del salón ubicado por la entrada del edificio A se derrumbó. “Yo me quedé sin hablar en un momento. Las paredes eran de un adobe bien grueso, había mucho polvo, yo les decía a las niñas que se calmaran y hasta ahí estaba un tanto nerviosa, pero no mucho, cuando di la vuelta, salí y vi el edificio de la entrada (edificio B), que hoy es el centro de cómputo, me fijé que se vino todo abajo. Alcancé a ver a la maestra que daba clases; el edificio había quedado con algo cruzado en una esquina y ella salió por el agujero, en ese salón falleció una de las niñas”, detalla Bonilla.

La niña, Griselda del Rosario Mejía, cursaba cuarto grado, quedó en el edificio B, en cuya entrada perdió la vida otra pequeña de séptimo grado, Rosa Guadalupe Reyes, quien era compañera de la hija de la maestra Bonilla.

“La señorita Ana Gladys encontró a Rosita, ella entró al edificio, cargó a la niña y se la entregó a los soldados, la llevaron al hospital. Yo fui maestra de Rosita de primero a sexto grado, los papás me conocían. Los soldados nos dijeron que nos lleváramos a las niñas al parque y las entregáramos allá a los papás. Cuando vino el papá de Rosita me preguntó por la niña, yo sabía que ella estaba muerta, pero solo le dije ‘búsquela en el parque’. Después regresé a la escuela, el papá de Rosita me encontró, se me hincó, me tomó de la cintura y llorando me dijo ‘verdad que mi Rosita está muerta’”, explica Nidia Maribel Torres, otra maestra de la Eulogia Rivas.

La maestra Ana Gladys recuerda los dolorosos momentos ocurridos hace 18 años. / D.G.

Según Torres, a la otra pequeña (Griselda del Rosario Mejía) la sacaron los soldados y la llevaron hospital. La madre llevó a la pequeña un poco obligada a la escuela ese día.  “La mamá presentía que su hija estaba muerta, tanto así que no la vino a buscar a la escuela, se fue directo al hospital y allá la encontró muerta”, agrega.

Una semana antes del siniestro, Torres asegura que se enteraron que la escuela había quedado con bandera naranja, luego del terremoto del mes de enero. Los maestros del turno de la tarde se reunieron con los padres de familia el viernes 9 de febrero para plantearles alternativas y que las niñas no fueran todos los días a estudiar. La maestra Bonilla afirma que las secciones matutinas hicieron lo mismo el lunes 12 de febrero. En ambas reuniones los padres opinaron que se continuaran las clases normalmente, 24 horas después los mismos padres llegaban con angustia a traer a sus hijas tras el colapso del centro educativo, cuyo desplome colaboró con la nube de polvo que se elevó sobre el cielo de “la ciudad de las neblinas”.

La iglesia San José quedó completamente destruida. / Cortesía Edwin Rodríguez

En adelante, todo fue cuesta arriba para las maestras del centro escolar y las alumnas, que durante dos meses recibieron clases en el parque Rafael Cabrera; posteriormente fueron donadas unas aulas provisionales ubicadas atrás de la Casa de la Cultura de Cojutepeque, donde permaneció la escuela hasta mayo de 2003, cuando fue entregada la nueva infraestructura.

Actualmente el centro escolar sigue estando dividido por una calle, pero una pasarela se encarga de unirlo. Al lado izquierdo del edificio B se encuentra una placa donada por la alcaldía municipal. Un poco oscura, menos dorada que cuando fue donada, la placa conserva los nombres de las menores que ahí fallecieron, dos nombres que, 18 años después, remueven entre las maestras los recuerdos de la tragedia que hizo llorar a los padres de la Eulogia Rivas.

La popular panadería Fátima quedó destruida después del terremoto de febrero de 2001. / Cortesía Edwin Rodríguez

 




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