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Editorial & Opinion

La triste historia

Jaime Barba / REGIÓN Centro de Investigaciones

viernes 11, enero 2019 - 12:00 am

Esta no es LA TRISTE HISTORIA DE LA CÁNDIDA ERÉNDIRA Y SU ABUELA DESALMADA, sino la simple triste historia de un país saqueado, que aunque lo ha intentado, y ha pagado una altísima cuota de sangre, no ha podido levantar cabeza de un modo permanente. No lo han dejado. No lo dejan.

El capítulo de la corrupción en el sector público, que con cierto retraso la ciudadanía está conociendo de forma fragmentaria, retrata muy bien el mal estado en el que se encuentra el sistema político nacional.

Desde hace mucho tiempo esto pudo haberse atajado, pero la Fiscalía General de la República, FGR, siempre operó como un fantoche que se entregaba al mejor postor. Los ejemplos sobran como para enumerarlos.

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Los casos ejemplarizantes de los tres últimos expresidentes de la república deberían constituir un punto de partida para poner un BASTA YA a esta manera impropia de hacer política.

La confesión de Saca, en sede judicial, da pistas para imaginar el modo de operar de este tipo de delincuencia. Porque, sí, eso que han hecho estos funcionarios públicos no tiene otro nombre. Se valieron de sus elevados cargos públicos para beneficiarse en materia económica, no sin cierta gula incontrolable.


Sin embargo, no debería creerse que estos tres casos, que gozan de amplia publicidad, son los únicos que ameritan ser investigados y sancionados. Nada más ingenuo que eso. Esta es la punta del iceberg.

La FGR, lanzada al ruedo en estos recientes tres años, tiene la extraordinaria oportunidad de contribuir al reordenamiento institucional de El Salvador. No como la formuladora del diseño político del país, que no es su misión, sino como un instrumento clave para poner en orden la mesa.

Si quisiéramos ver más lejos en la historia nacional es posible localizar durante parte del siglo XIX, todo el siglo XX y lo que va del XXI una diversa gama de acciones similares a las que ahora han sido descubiertas. Lo que pasa es que en aquellos años el autoritarismo, que todo lo manejaba y todo lo controlaba, no permitía que salieran a flote.

Los dos gobiernos del Partido Revolucionario de Unificación Democrática (Osorio y Lemus, para mayores señas), los cuatro gobiernos del Partido de Conciliación Nacional (Rivera, Sánchez Hernández, Molina, Romero), el gobierno del Partido Demócrata Cristiano (incluidos sus antecesores, las juntas militares y el extraño cuasi gobierno encabezado por Álvaro Magaña), los cuatro gobiernos de Alianza Republicana Nacionalista y los dos gobiernos del Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional, todos, están cruzados de un modo o de otro por diversas formas de corrupción. Y es hasta ahora que se ha iniciado un proceso de esclarecimiento sobre este asunto.

Es un gran paso adelante el mostrar y tratar de sancionar estos procederes irregulares. Pero todo habrá sido inútil si no se pasa a una fase en la que se abarque a todos los funcionarios púbicos principales (ministros, presidentes de autónomas, viceministros, directores y hasta gerentes), y donde sean auditados de un modo exhaustivo. No por la actual Corte de Cuentas de la República, que ha mostrado hasta la saciedad su ineficiencia. Que sea la FGR la que se haga cargo de esto, y entonces: ¡se verán cosas!

La tragedia de esta situación es que los llamados a provocar e impulsar este reordenamiento institucional del país son los partidos políticos, pero resulta que en su seno y a su amparo es donde se han movido éstos, podría decirse, operadores económicos, artífices de grandes, medianos y pequeños negocios a costa de los fondos públicos o de la oportunidad de pertrecharse en los cargos públicos para imponer variados desaguisados: tráfico de influencias, prebendas excesivas, discrecionalidades incomprensibles, actos arbitrarios, inflación de necesidades para captar los remanentes, vulneración de la legislación de licitaciones públicas en diversos momentos de estos procesos (elaboración de bases de licitación, período de consultas y aclaraciones, análisis y evaluación de ofertas, ejecución).

Mientras todo esto está aconteciendo, El Salvador vive en este momento una campaña electoral donde los diversos institutos políticos contendientes hacen todo lo posible por pasar lejos (y ojalá saltando si se los ponen enfrente) de estos espinosos temas, y entonces prefieren twittear, para ganar likes, y así no interrogarse por los graves dilemas de su país. En febrero o después, en la segunda vuelta, en marzo, habrá un partido ganador y tendremos un nuevo gobierno. La pregunta es, ¿cuál será su aporte para rediseñar este maltratado país? Su aporte sustantivo, no cuentos de camino real.




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