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Editorial & Opinion

La voz que iluminó la oscuridad

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martes 16, octubre 2018 - 12:00 am

Estudié en un colegio católico toda mi vida hasta segundo año de bachillerato, pero nunca tuve ni idea “qué” eran los santos. Ese vacío, en esencia, no era malo ya que la enseñanza era cristocéntrica y mariana, pero cuando tuve en mis manos el primer santoral, sentí que me habían privado de una parte de cultura que me pertenencia, algo así como la herencia a la cual tenía derecho acceder y me la ocultaron.

Me devoré el santoral. Quedé tan impresionado que compré uno más amplio, de cuatro tomos, y después, con el internet, me di cuenta gracias a catholic.net que los santos que se celebran por día son varios, no solo uno.

Esa galería de personas de carne y huesos, con defectos, con debilidades que, basadas en Jesús y su buena nueva, hicieron cosas más allá del valor, de la obligación normal de todo católico, muchas veces ofrendando su vida.

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A los que más he admirado son los que se dedicaron a ayudar a la niñez y la juventud por medio de la educación: Juan Bosco, Marcelino Champagnat e Ignacio de Loyola. Su labor se extendió por todo el mundo.

A todo esto, ¿para qué sirve un santo? ¿Qué con eso de que los eleven a los altares?


En primer lugar, eso de andar subiendo a personas sobre los altares es incorrecto. Hay que ponerlos al alcance de la gente: su mensaje, su obra, su legado, eso es lo que importa. En segundo lugar, los santos no están para ser venerados, están para ser imitados y, en ese sentido, la estrategia es estudiarlos, no estarles pidiendo milagros. Para eso sirven, así que ¿para qué nos sirve la santidad de Óscar Arnulfo Romero?

Lo que hay que entender es qué tipo de santo es Romero. No fue conocido por místico, tampoco fundó una congregación que se haya esparcido por el mundo, no inventó una nueva metodología para educar a los niños y adolescentes, no fue un teólogo, nada de eso. Su santidad fue reclamo constante de justicia. Su santidad se basó en acción pura.

¿Cómo etiquetarlo? Creo que fue un santo contra el fratricidio desgraciado que asoló nuestra raza en El Salvador, matándose entre hermanos. También fue un santo contra la opresión y represión. Así mismo fue el santo de la justicia social, reclamando equidad. Pero lo bueno de todo eso es que lo hizo a la luz del Evangelio, del mensaje, los principios, las órdenes emanadas de Jesús. Eso es lo que lo hizo un buen sacerdote.

Por desgracia los ateos de izquierda se dan cuenta hasta ahora de lo valioso del cristianismo, y ojalá los católicos de extrema derecha entiendan que no tiene nada de comunista exigir lo que Jesús reclamó: solidaridad para los más débiles.

Aquellos que dicen que Romero no es su santo. ¿A quién le importa? La grandeza de su espíritu, de su pensamiento, de su obra trasciende incluso a aquellos que planearon y ejecutaron su magnicidio, no se diga a los que no lo reconocen como una persona digna de respeto.

¡Ahora que su mensaje se haga obras públicas concretas! La administración de la hacienda pública debe encaminarse a proporcionar educación de calidad en todo el país enfocada a que salgan de la pobreza. A tener un plan nacional de emprendedurismo y apoyo a las mujeres del campo para que se desarrollen en todo su potencial y no continúen siendo víctimas de la explotación de sus esposos y patrones. A promover el cooperativismo, la salida ideal para que haya generación de riqueza. Las cooperativas son las empresas de los pobres.

Necesitamos su mensaje hecho realidad en los hospitales públicos, en las clínicas comunales, en farmacias populares.

La santidad fuera de serie de este hombre ejemplar es que surgió y se consolidó en una realidad muy nuestra, pero también muy latinoamericana, en una época oscura, sangrienta, desagradable en la que su voz era una luz en medio de la oscuridad.

Con su canonización se le dio toda la razón a sus exhortaciones y se le negó todo crédito a sus asesinos.




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