Editorial & Opinion

Las convicciones y principios no son bienes transables

Sherman Calvo / Empresario

viernes 6, septiembre 2019 - 12:00 am

El juzgar a otros, más que discriminación u opinión, es condenación. El juzgar tampoco significa discriminar o señalar, sino más bien sentenciar. Cuando usted juzga la conducta o el pensamiento de otro, lo que hace es condenarlo a la opinión de los demás. Es sacar una conclusión evaluando solamente el accionar, creyendo entender las motivaciones y las intenciones de otro.

La humildad lleva a no apuntar el dedo en contra de los demás, para juzgarlos, sintiéndose superior a todos. El peligro de juzgar es presumir de justo, sentenciando de culpable o inocente a quien sea, olvidando que quien juzga se equivoca siempre, porque se pone en el lugar de Dios.

La verdad y la justicia no pueden ser bienes transables. La justicia se la considera como la primera de las virtudes de la sociedad; cada uno tiene el derecho de inviolabilidad basado en el principio de la justicia, que, ni siquiera el bienestar de la sociedad puede oponerse.

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Todos tenemos valores humanos diferentes y entre los más importantes destacan:

  • La honestidad. Supone que como personas debemos decir siempre la verdad. No significa ser hirientes, ya que la honestidad debe ir acompañada siempre de otro valor esencial que es el respeto. Ser honesto significa ser objetivo, hablar con sinceridad y respetar las opiniones de otras personas.
  • La humildad. Nos permite conocernos a nosotros mismos, saber que tenemos defectos y aceptarlos, entender que siempre se puede sacar una lección de todo lo que ocurre a nuestro alrededor.
  • La prudencia. En la vida, actuar con prudencia significa saber evaluar los riesgos y controlarlos en la medida de lo posible. Es importante ser prudente cuando no se conoce a otra persona, o cuando no se sabe cuáles son las circunstancias de un caso.
  • El respeto. Se relaciona con la honestidad. El respeto conlleva atención o consideración hacia otra persona. Es uno de los valores humanos más importantes, ya que fomenta la buena convivencia entre personas muy diferentes.

Además del libre albedrío que Dios nos dio, vivimos en un sistema de libertades. La libertad es el derecho de hacer elecciones en cada área de nuestra vida, respetando la misma libertad que tienen los demás. Yo tengo libertad de culto, libertad de asociación, libertad de iniciativa, libertad de conciencia, libertad de expresión.


Como columnista que soy desde hace muchos años, he abordado diversidad de temas, pero siempre respetando las libertades de los demás, enfocado en el problema, sin atacar personas por su religión, ideología, principios o valores. Así como una persona tiene la libertad de estar en desacuerdo conmigo, yo tengo la libertad de no opinar lo mismo que otros, pero predicando con la tolerancia y el debido respeto a la libre emisión del pensamiento de los demás.

Alguien que tenga interés en generar un debate sobre la problemática del aborto, sobre la ideología de género,  sobre la “renovación” en política, etc., puede hacerlo, pero eso no le da ningún derecho a juzgarme negativamente por defender la vida, por creer que el aborto es un asesinato vil al más inocente de todos, al que no puede defenderse; a juzgarme por tener mi propio criterio sobre la ideología de género o por resguardar mi fe, mis principios y valores; a juzgarme como “el malo” porque para alguien, para ser “renovador” debo redefinir el concepto de familia, lo cual es imposible: La familia se fundamenta en el más profundo sentido, en el matrimonio, unión perdurable de varón y mujer. La familia es la célula básica de la sociedad, por eso, de cómo vaya la familia, va la sociedad.

Creo en el concepto de paternidad y maternidad, como vocación particular del hombre y la mujer en el matrimonio.  Con el tiempo, he ido descubriendo, que pensar de esa manera incomoda a algunas personas y de allí vienen muchos ataques; sin embargo, más que sorprenderme o atemorizarme, compruebo que el abismo entre mis principios y los de quienes quieren imponer sus agendas, se ensancha cada vez más; a esos críticos les digo que, si creyeron que las convicciones y principios son bienes transables, están muy errados. Si en una persona no hay verdades objetivas, ni principios sólidos, fuera de la satisfacción de sus propios proyectos y de las necesidades inmediatas de su agenda, es imposible que pueda reconocer alguna verdad objetiva o unos principios universalmente válidos.




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