Editorial & Opinion

Lecciones aprendidas

Aldo Álvarez / Abogado, catedrático, directivo del CD

viernes 25, enero 2019 - 12:00 am

Nos encaminamos cada vez más al final de esta coyuntura electoral en su fase de campaña. Y eso nos permite hacer reflexiones sobre lo que fue, el comportamiento que presentó y las características propias de esta campaña electoral.

En primer lugar, me sigue pareciendo que a las fuerzas políticas tradicionales del país les sigue costando entender el signo de los nuevos tiempos electorales. Pues en el pasado era cosa común de las campañas el ataque personal de los candidatos, el desprestigio, el inculto, la calumnia y hasta el improperio, las expresiones soeces, la vulgaridad, todo lo que se puede resumir en “campaña sucia”, pues, por oposición a la campaña propositiva, de proyectos, de ideas, de fondo, de contenido. Lo anterior con el propósito sin dudas de generar y despertar emociones en los votantes, tales como el miedo, la repulsión, el prejuicio gratuito, imaginarios inexistentes, odio visceral, etc., y que por esa razón se decante en apoyos electorales precisamente por quien está generando tales ataques. Algo así como “vote contra el otro votando por mí”, un completo sinsentido.

En segundo lugar, aún les cuesta a los candidatos en contienda, armar escenarios de debate e intercambio de ideas y propuestas, sobre la base de la argumentación y la contra argumentación, pues al ser la mayoría de ellos incapaces de exponerse a la honesta posibilidad de no poder contra argumentar adecuadamente, les da miedo quedar expuestos ante el público, por lo que aún montan escenarios y formatos, llamándole debate a lo que no lo es, pues a lo mucho que han llegado es a montar foros, conversatorios, entrevistas, etc., pero un verdadero formato de debate no pudieron montar y además con moderadores realmente imparciales, y por ello no se pudo concretar un verdadero debate presidencial. En futuras campañas electorales deberán montarse verdaderos debates entre candidatos con instituciones y formatos verdaderamente imparciales ¿nacionales o extranjeros?, pues en deber ser me gustaría que fuera el árbitro electoral por ejemplo, pero con unos magistrados totalmente plegados y parcializados en torno a los partidos, no reporta hoy por hoy ni un ápice de garantía de estar dispuesto y en capacidad de garantizar, ni un debate real, ni que sea completamente imparcial. Lección aprendida.

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En tercer lugar, me queda claro que la institucionalidad democrática en este país, aún está en pañales. Me queda completamente claro que los grupos de poder económico y las cúpulas partidarias –controlados por los primeros o no-, siguen intentando controlar las instituciones del Estado –y en buena medida lo logran- para hacer prevalecer sus propios, particulares y hasta personales mezquinos intereses, aun y cuando ellos no se condigan ni por cer­ca con los intereses de las mayorías de este país. Sigue existiendo una tendencia en estos grupos de poder a creer que, como en el pasado hicieron, la institucionalidad del Estado, la clase política, los procesos electorales y hasta la voluntad de la gente puede ser controlada, cooptada, comprada y pagada con el fin de lograr llevar a cabo sus intereses de grupo. Lección aprendida.

En cuarto lugar, me queda claro que las convicciones democráticas de lo que yo llamo la “rancia partidocracia”, en el sentido de hacer real la máxima que guía la vida de un Verdadero demócrata de convicciones sólidas, de que “TODO DENTRO DE LA DEMOCRACIA, NADA FUERA DE ELLA”, son casi inexistentes, pues no sólo les sale sobrando el llamado “Principio de la democracia”, por el cual siempre se deberán hacer prevalecer aquellas acciones y decisiones públicas que, tengan el viso claro de provenir de mandato popular, o que tiendan a favorecer la realización de consultas electorales para deducirlo. Esa partidocracia moribunda, está mostrando que tales convicciones les salen sobrando cuando de alcanzar victorias electorales se trata, muestra de ello es el constante intento de lograr la manipulación y control de las instituciones –muchas veces haciendo “torcer” la legalidad en forma sofista- y la segunda es tratando de incidir hasta lo fraudulento, en un proceso electoral cuyo resultado debería ser protegido y respetado, porque sagrada es la expresión de la voluntad del pueblo en una verdadera democracia. Existen para desgracia nuestra aun personas y grupúsculos pseudo-democráticos y anti-democráticos, que creen que su voluntad se puede imponer y prevalecer por encima de las mayorías, ni siquiera porque crean tener la razón última de algo –que ya de por sí sería despreciable-, sino aún peor y lo cual es más execrable, para hacer prevalecer sus mezquinos intereses particulares. Así pues, aún nos falta camino por recorrer en esta nuestra incipiente democracia. Lecciones aprendidas…





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