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Editorial & Opinion

Lecciones de Nicaragua

Jaime Barba / REGIÓN Centro de Investigaciones

martes 2, octubre 2018 - 12:00 am

No hay que llamarse a engaños: la situación en Nicaragua no ha concluido. Que el régimen actual con su proceder autoritario haya retomado parte del control (aunque no la normalidad; ¡no puede haber normalidad con esa pira de cadáveres de por medio!), eso no quiere decir que el proceso está cerrado.

Al llegar la movilización ciudadana a un punto en el que la represión (de la policía y de los paramilitares) golpea sin pausa, parece que no hay otra manera de avanzar que el replanteamiento de la protesta: en sus métodos y en sus momentos y en sus acuerdos. Así las cosas, pues todo indica que se ha pasado a otra fase en el complicado entramado político-social.

Para el régimen hoy cuestionado hubiese sido mucho más fácil todo si la variopinta ciudadanía insubordinada se hubiese lanzado a una aventura armada, que hubiese tenido que ser aplastada ya no solo por la Policía y los paramilitares sino también por el Ejército.

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Pero eso no sucedió, aunque fueron provocados y alentados a ello. En lugar de tal discurrir lo que tuvo lugar es la completa deslegitimación de ese gobierno, cuya cabeza visible es ahora solo un holograma de décadas pasadas.

¿Ha retomado el gobierno deslegitimado la iniciativa? No, solo reacciona como fiera herida: amenaza a los empresarios para que no intenten ningún paro de actividades, ha criminalizado la movilización ciudadana al decir que no se puede estar pidiendo la destitución de la cabeza del gobierno actual, ha apresado a centenares de nicaragüenses con la ilusa pretensión de ablandar y doblegar la iracunda protesta social.


Se mantiene en pie, sí, eso es indudable, pero la pregunta es ¿hasta cuándo? Porque en este momento no tiene aliados internos. En el mismo Frente Sandinista de Liberación Nacional, que ha sido llevado a la ridiculez y a la insignificancia, no hay aprobación unánime al proceder represivo que se puso en operación.

En lo internacional el régimen quizás es donde tiene posibilidades, aunque son precarias, porque sus aliados más declarados afines, los gobiernos de Venezuela y de El Salvador, se encuentran, como se dice, en alitas de cucaracha. El de El Salvador, ya de salida y sin continuidad. Y el de Venezuela en un cuadro de ingobernabilidad muy complicado. Y hay que parar de contar, porque China no se meterá a lidiar con la cuestión de Nicaragua, ya que este país no tiene las reservas petroleras de Venezuela, y no es apetecible para el pragmatismo económico tan en boga hoy.

Solo un mal análisis de la coyuntura puede haber llevado al gobierno nicaragüense a suponer que desatando una feroz represión sería el mejor antídoto contra la insubordinación social.

¿Podrá salir de ese laberinto el régimen? No, porque se subió en el tren equivocado que no tiene parada segura ni rieles de regreso.

Su visión es de cortísimo plazo, pero la insubordinación social está planteando cosas para el mediano y el largo plazo.

Los autoconvocados y los opositores nicaragüenses pueden agazaparse, camuflarse, replegarse, reacomodarse, afinar métodos e instrumentos e incluso exiliarse, y esperar a que se dé otro momento más adecuado para erguirse de nuevo, y esto sin dejar de estar presentes en la escena pública.

Aquí el quid de la cuestión está en al menos cinco cosas:

1) deben buscar, los autoconvocados y los diversos opositores nicaragüenses, un modo efectivo de articulación no solo nominal sino operativo que les permita arribar a un nuevo momento donde tengan la correlación de fuerzas a favor;

2) una vez desatada (desde abril, de una forma espontánea) la insubordinación social, pues debe ahora pasar a un escalonamiento más programado y con objetivos mediatos mensurables, sin perder de vista el objetivo final ya establecido;

3) están abiertos casi todos los escenarios y en todos deberán moverse los actores de la insubordinación social, porque el régimen solo tiene el único camino de trotar —imperturbable— en el mismo lugar;

4) el actual gobierno de Nicaragua tiene bloqueado el retorno a la normalidad, y a no ser las amenazas a todos los sectores, no parece tener una oferta amigable que dé confianza y lleve a la estabilidad y

5) deberá estructurarse un amplio programa de cambio para Nicaragua, que no solo apele al crecimiento económico sino que se plantee una visión de largo plazo en el marco centroamericano.




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