Editorial & Opinion

Lenta agonía de nuestros ríos

Armando Rivera Bolaños / Abogado y Notario

viernes 15, febrero 2019 - 12:00 am

Recuerdo que en mi lejana época de maestro, solía enseñar a mis alumnos de primaria una canción de Pancho Lara, inolvidable compositor nacional, que en una estrofa decía: “Ay, qué lindo es contemplar, el río Lempa que nos dice en su cantar, que en su seno recogió, el eco de una raza que ya nunca más volvió”, con la que expresaba la belleza histórica de nuestro río más caudaloso, que cruza un territorio que, por siglos inmemoriales, estuvo bajo la influencia de los mayas toltecas, con grandes sitios ceremoniales como el que existió en Quelepa y que tenía mucho contacto con la ciudad sacerdotal de Copán, hacia el norte. Y en otra composición, refiriéndose al mismo tema, don Pancho cantaba: “Voy cruzando en mi barca, las ondas inquietas del Lempa, el río que nace en el templo y que va derechito a la mar”, aludiendo al manantial ubicado atrás del Templo de Esquipulas (Guatemala), que se considera como el sitio donde se origina el Lempa que abarca, en su recorrido, a Guatemala, Honduras y El Salvador, hasta desembocar cerca de la Bahía de Jiquilisco, en el Océano Pacífico. En la época de la colonia española y primeros años de vida republicana, a la zona oriental de nuestro país se le conocía como “la región ultralempina” y que comprendía únicamente al entonces extenso departamento de San Miguel, que por disposiciones del presidente Francisco Dueñas, lo dividió en los cuatro departamentos que ahora conocemos.

No voy a escribir mucho sobre la importancia ecológica y económica que tiene el Lempa para nuestro país, pues de sobra es conocido que desde la administración del general Maximiliano Hernández Martínez, se pensó en construir una presa hidroeléctrica en uno de sus puntos, obra que correspondió ejecutarla, con visión futurista, al coronel Óscar Osorio y posteriormente otras más, para completar el poder eléctrico que surte a la nación entera. Pero además de ese aspecto, de por sí importante, las aguas lempinas y sus afluentes, son el principal tesoro hídrico para llevar el agua potable a hogares, industrias y fábricas, a una enorme porción territorial, sin olvidar que en sus riberas, centenares de agricultores y ganaderos, también hacen uso benéfico de su caudal, en el cultivo de cereales, hortalizas, frutas diversas y crianza de aves y ganado, sin dejar en el tapete la riqueza en peces y crustáceos, aunque dolorosamente, debemos admitir que muchas especies ya se extinguieron o están en ese camino, como aquellos peces llamados tepemechines, o enormes lagartos, patos silvestres y unos crustáceos pequeños muy deliciosos al paladar, que los migueleños llamábamos “cacaricos”. En sus riberas, crecían abundantes malezas, árboles de diversa altura y utilidad, mismos que servían de hábitat a muchas especies animales terrestres como venados, zorros hormigueros, tepezcuintles, zorrillos, mapaches y muchos más, que hoy solo son recuerdos…

Últimamente se habla del derecho al agua, al recurso hídrico. Y, en cierta forma, es un llamado de alerta ante la creciente densidad demográfica que afecta a nuestro país, con un área territorial muy pequeña, que año con año, ve reducirse más su tierra agrícola, para dar paso a la construcción masiva de residencias en sentido horizontal que, al construirse, sin estudios geológicos y poco responsables, exterminan los pocos recursos boscosos y las fuentes hídricas que subyacen en la tierra. La seguridad ecológica del territorio, es la misma seguridad que lleva implícita la garantía de un mejor nivel de vida para la población salvadoreña actual y la del futuro próximo.

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