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Editorial & Opinion

Lo difícil de la lógica democrática

Aldo Álvarez / Abogado, catedrático y directivo del CD

viernes 9, noviembre 2018 - 12:00 am

De entre las cosas más difíciles de aceptar y entender es el hecho de que en una democracia se deben respetar las reglas pre-electorales, las reglas electorales y las reglas post-electorales. No es fácil llegar a un punto de entendimiento social por el cual se da por descontado que las reglas electorales se cumplen siempre, sin intentar buscar subterfugios antidemocráticos para poder sortear la voluntad del soberano, que es el pueblo. Yo entiendo que en una democracia las cosas se debaten, se discuten ácremente, pero ello no implica que una vez configurada la legislación electoral correspondiente, no debamos someternos a su cumplimiento estricto todos aquellos que creemos en el Estado de Derecho, aun aquellas reglas que pertenecen al campo de lo electoral; pero parece ser que hay un grupo de gentes en este país con mucho poder económico -uno de los poderes existentes de entre varios que existen en el plano teórico- que no entienden que las reglas del sistema electoral son reglas establecidas para mantener la convivencia social, y creen que el poder económico les da una especie de “licencia política” para poder hacer cualquier cosa incluso aquellas que vayan en contra de las reglas pre-electorales, electorales y post-electorales.

Lo anterior es absolutamente inaceptable en una democracia medianamente organizada, porque las reglas del juego son las que permiten el relativo estado de cosas adonde hay una más o menos convivencia social y los intereses económicos de los grupos de interés en la estructura deben entender que estas reglas deben respetarse y no tratar de sortearlas con conspiraciones, con juegos de simulaciones como las que se han visto desplegadas últimamente en varios escenarios, utilizando el aparataje público para lograr proyectar una idea de que se está cumpliendo con el Estado de Derecho, pero que en realidad hay una gran conspiración para evadir la voluntad del soberano.

Yo he sostenido en múltiples ocasiones que el principio de la Democracia exige que, ante todo y por sobre todo, la voluntad del soberano debe prevalecer, y ese principio debe existir profundamente en los corazones, en la razón, y en la mente de aquellos actores políticos que digan amar medianamente este país, porque de lo contrario tal afirmación sería precisamente del “diente al labio”.

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Amar este país significa amar a su gente, amar a su gente significa respetar su decisión, y respetar su decisión implica que no se van a realizar aquellos actos por los cuales esa voluntad general sea defraudada o estafada o engañada. Lo fundamental a este punto, pues, es que en una verdadera democracia, se deben respetar las reglas pre-electorales, las reglas electorales y las reglas post-electorales, porque no es fácil llegar a un punto de entendimiento social por el cual se da por descontado que la voluntad de los electores se cumple siempre, sin intentar buscar subterfugios para poder sortear la voluntad del soberano, siendo que en una democracia las cosas se debaten, se discuten en forma acérrima y extrema; pero ello no implica que una vez configurada la legislación, no debamos someternos a su estricto cumplimiento todos aquellos, repito, que creemos en el Estado de Derecho.

Insisto: parece ser que hay un grupo de gente con muchísimo poder económico, que me da la sensación que no entienden que las reglas del sistema electoral son reglas establecidas para mantener la convivencia social, y creen que el poder económico les da una especie de “licencia política” para poder hacer cualquier cosa, aun aquellas que vayan en contra de las reglas pre-electorales, electorales y post-electorales; y ello es absolutamente inaceptable, ya que en una democracia medianamente organizada, adonde las reglas del juego electoral son las que permiten el relativo estado de cosas adonde hay una más o menos convivencia social aceptable; es ahí adonde los intereses económicos de los grandes grupos de interés de la estructura deben estar convencidos que esta regla debe respetarse y no tratar de sortearlas con conspiraciones, con simulaciones, con apariencias, con subterfugios, con componendas, en fin, con cualquier otra cosa que no sea la aplicación irrestricta e inequívoca del llamado PRINCIPIO DE LA DEMOCRACIA, por el cual, el único, el exclusivo, el excluyente y el máximo detentador de la última palabra, es el pueblo, expresado en las urnas, pues es a lo único a lo que verdaderamente se le puede llamar democrático, y a lo único a lo que se le puede llamar la expresión del soberano. Más allá de ello, es la distorsión absoluta del sistema democrático por grupúsculos de poder económico, que de democracia entienden tanto como de mecánica cuántica.





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