Editorial & Opinion

Los dos Chiles en los que vivo: el de la Batiseñal de progreso y el de “Ciudad Gótica”

Paola Alemán / Periodista salvadoreña residente en Chile

miércoles 23, octubre 2019 - 12:00 am

Día cuatro y los gritos me tienen desesperada. Son de madrugada y, en medio del toque de queda, escuchar insultos, detonaciones (bombas lacrimógenas y disparos) cansa. Como el mismo detonante de la crisis que se venía incubando por años.

“Pacos culiaos”. Es la consigna contra los carabineros, recurrente en las marchas o disturbios. Son dos cosas diferentes a las que apuntar. Desde que llegué, vivo en dos Chiles. Uno es el de la prosperidad proyectada internacionalmente como “batiseñal” y el otro, convertido con los abusos en “Ciudad Gótica”.

No hay donde perderse. Los dos países en los que vivo desde hace cuatro años, tienen grandes contrastes. Aspiro a estudiar psicología pero la carrera es carísima.

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Los 400 dólares que debo desembolsar mensualmente dan una idea de lo que se avecina. Una amiga y excompañera de producción televisiva en este país, me cuenta que pasará décadas pagando su crédito universitario. Ya hace casi 10 años que le dieron su título. Le queda un largo camino que recorrer hacia el banco.

Transportarse de una ciudad a otra, es todo un dolor de cabeza por la ira que representa pagar un peaje. Luego, si vas más lejos viene el otro y el otro. Así, la procesión en vehículo.


Más tarde, te das cuenta que dejaste el equivalente a unos 20 dólares en pagar por pasar entre varias ciudades. Lo veo como una extorsión moderna. En El Salvador son las pandillas las que te cobran por ir de colonia en colonia.

“¿Cómo pueden soportar tanto?”, le pregunté al llegar a mi esposo, de nacionalidad chilena, periodista de profesión y pieza de ajedrez de este burgués sistema. Esperen, yo también lo soy. Por decisión propia, entré al esquema.

No me arrepiento de vivir en Chile. Me ha dado tremendas satisfacciones personales, como la de ver salir a mi hija, sin que un pandillero la quiera poseer por “las buenas” o por la muerte. El hecho de formar un hogar sin golpes, gritos o ironías machistas. Felicidad le dicen, pero estaba asentada en una bomba de tiempo.

La tengo que interrumpir un momento, debido a esta crisis. Resulta, además, que me están descontando de la AFP un porcentaje mezquino a mis frutos esperados de jubilación (Alerta de spoiler para El Salvador). También, pago un seguro médico alto en las Instituciones de Salud Previsional (Isapres) que son las que administran la aseguranza para contar con salud de calidad y de forma oportuna. Si no, me toca en un hospital público que, aunque mucho mejor que los salvadoreños, terminan enfermando más al paciente por los tiempos de espera.

Se me olvidaba un dato que vale oro, para las Isapres: resulta que siempre encuentran resquicios legales para cobrarte un buen porcentaje y pagar lo menos posible. Casi 800 dólares costó una cirugía menor en mi familia. Se supone que estábamos cubiertos, pero de promesas. El artilugio legal surtió efecto.

Ese es mi caso, pero se suma al de una clase media cansada de imposiciones, resquicios y gobiernos chilenos privatizando el agua, la luz, la educación, el aire, desde hace tres décadas.

Las concesionarias de carreteras fueron obra del presidente socialista Ricardo Lagos. También la de hospitales, allá por 2004, dos años después de poner en marcha el cobro de los peajes. Se suponía que esto último sería eliminado dos décadas más tarde por decreto, pero como dicen en buen chileno “no pararon de gozar”.

Los sueldos no suben sustancialmente. Al cambio de hoy, el sueldo mínimo en Chile es de 414 dólares. ¿Se imaginan a un padre pagando eso para que su hijo sea psicólogo?  ¿Cómo podría costear lo demás sin endeudarse? Solo de vivienda, los arriendos pueden costar desde la mitad del salario y más, si es que no quieres vivir en una pieza o cuartito.

Durante la era de la también socialista Michelle Bachelet, la cosa no cambió nada. No hubo decretos revirtiendo todos los abusos en cobros, hubo una gestión galopante en materia social, pero en cuanto a agenda de género. Lo demás, se fue pateando como balón en Copa América, pero del lado de la selección local y sin azotar la red para celebrar el triunfo de la clase media y el trofeo de no pagar más por servicios vitales.

Sí. Claro que Chile es un país con infraestructura envidiable. Pasear por Santiago es un lujo, pero comprar es un sueño imposible. Lo que alcance la tarjeta de crédito. Es así como ha vivido el chileno promedio. Se endeuda hasta la médula para mantener un cercano estilo de vida al que pregonan los matinales de los grandes medios. Ser como la Tonka Tomicic, la Luciana Sandoval de estos lados. No es malo, solo es desubicado cuando el mismo sistema te está ahorcando, sin darte los medios para enfrentarlo.

Muchos quieren comprender el estallido social de hoy. Los entiendo. Se salió de control, de contexto. La idea era mantener el cacerolazo activo pero se fue de lo auditivo a lo criminal. 11 personas han muerto en incendios, algunos saqueando, otros a merced de disparos de los militares. Algunos fueron dados de baja, otros, siguen reprimiendo.

Es que la administración Piñera también lo ha hecho pésimo. No controló el descontento a puro retroceso de políticas abusivas. El incremento al pasaje del transporte, incluido el metro, terminó de embestirlo todo. Ahora no hay alza pero tampoco metro.

¿Que hizo el mandatario, antes de promover leyes derogando abusos y revirtiendo el último cobro?: se fue a comer pizza con su nieto, de cumpleaños, en plena crisis estallando. Tres días después, sale a decir “Estamos en Guerra”. Grande le quedó el cargo, como las mangas de sus confeccionados sacos.

Si no comprenden el estallido social de viva letra y experiencia de una de sus compatriotas, difícilmente lo harán en redes sociales. Ahí, solo están los políticos de todas las ideologías sacando réditos, mientras los chilenos y extranjeros que vivimos aquí seguiremos a puro crédito.

¿Que por qué no me regreso? Porque vivo, a pesar de todo, feliz y sé que puedo hacer más aprendiendo para dos patrias de lo bueno, refiriéndome a la gente honesta. Lo malo, para hacerles ver a lo que podríamos llegar si la violencia nos gana y lo certero de vivir una crisis como ésta para encontrar soluciones aquí o donde los problemas se presenten.




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