Editorial & Opinion

Los Estados, ¿garantes del bienestar o del malestar?

Ana Cevallos / Economista investigadora ICEFI @Cevallob

jueves 16, mayo 2019 - 12:00 am

Centroamérica presenta resultados distintos en materia de bienestar, que se corresponden con una mayor intervención o ausencia de los Estados. Destacan Guatemala, El Salvador y Honduras que, en términos relativos, presentan los peores desempeños de la región y donde los Estados fallan en garantizar el bien común. De esta cuenta merece la pena cuestionar si, ante la relativa ausencia de los Estados, ¿se produce bienestar en estos países? De ser el caso, ¿sobre quién recae y cuáles son los costos?

Las diversas teorías predominantes reconocen la interacción entre el Estado, el mercado y las familias para la producción de bienestar. Sin embargo, se enfatiza la relación Estado-mercado, marginando el papel de las familias.

Desde esta perspectiva se suele afirmar que ante la ausencia del Estado, el bienestar recae en el mercado. No obstante, esta simplificación evidencia la preminencia de una concepción que, entre otros aspectos, ignora que el bienestar se produce por medio de trabajo remunerado y no remunerado y que, por la división sexual del trabajo propia de sociedades patriarcales, la ausencia del Estado repercute en una mayor demanda del trabajo que predominantemente se asigna a las mujeres: el no remunerado.

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Desde un enfoque feminista esto es tan sólo la punta del iceberg, pues ignorar el papel de las familias resulta funcional para el sistema actual dado que, por un lado, subsidia la reproducción de este sistema al desconocer la contribución de un trabajo que existe, pero que no es reconocido. Por otro, preserva la ausencia del Estado y lo reemplaza con el aporte de las familias, estructuras sociales asumidas como “naturales” en el imaginario social. Consecuentemente, por partida doble, se configura un sistema donde las desigualdades entre mujeres y hombres no se cuestionan, sino que se asumen como exógenas al modelo económico actual.

De esta cuenta, se ignora la base material del sistema económico actual: la división sexual del trabajo que permite que el mercado opere considerando la fuerza de trabajo masculina con costos inferiores y mayor disponibilidad comparada con la fuerza laboral femenina. Esta  distinción se explica porque el trabajo de los cuidados y otras formas de trabajo no remunerado recaen (explícita o implícitamente) en las mujeres y esto, a su vez, se traduce en trabas para su incorporación en igualdad de condiciones que los hombres a los ámbitos productivos. En una sociedad patriarcal esto configura la hegemonía masculina sobre la femenina en los espacios públicos y privados, con lo cual, aunque las mujeres sí aportan al bienestar, paradójicamente son las mayormente excluidas y quienes menos lo gozan.


Entonces, en Guatemala, El Salvador y Honduras se produce bienestar social aún y cuando los Estados son relativamente ausentes. No obstante, el bienestar producido se genera a costa de los derechos económicos, sociales, políticos y culturales de las mujeres, y por lo tanto es un bienestar excluyente, dado que son las mujeres sobre quienes recaen mayoritariamente los costos de su producción.

Aunque los efectos directos recaen en nosotras, en realidad las consecuencias las paga toda la sociedad. Por ello, más que de bienestar también hay que hablar de malestar, primero porque se desaprovecha el potencial productivo de las mujeres, mermando las capacidades de crecimiento, desarrollo y democracia. Segundo, porque se menosprecia el potencial de los hombres como cuidadores, una forma machista de construir las masculinidades con repercusiones materiales, sociales y políticas. Tercero, porque se desconocen los cuidados como derechos, por relegarse a las relaciones de dependencia, supeditando el bienestar de las personas a la buena voluntad o la gracia divina.

Este es un sistema de organización económica y social que resulta incompatible con la vida de las personas, pero compatible con el gran capital. Por tanto resulta impropio desde una perspectiva de justicia, pero también de reparto y uso eficiente de los recursos públicos. Es necesario y debería ser inevitable pensar en otro modelo de sociedad.

Temas sustantivos y complejos como éste están siendo abordados en el seminario internacional que el Instituto Centroamericano de Estudios Fiscales (Icefi) realiza acá en San Salvador, el 16 y 17 de mayo. Buscar más y mejor democracia, o el desarrollo que posibilite una Centroamérica inclusiva y sostenible, requiere hablar de garantías para el bienestar real para todas y todos, dejando atrás un sistema que administra malestares.




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