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Los lémures y su selva amenazados por la caza furtiva en Madagascar

AFP

martes 23, abril 2019 - 11:23 am

 

Bajo un sol abrasador, seis hombres avanzan lentamente en fila india por la espesa selva de Madagascar. Con los ojos y oídos bien abiertos, la patrulla de voluntarios dirigida por Michael Tovolahy busca el más mínimo indicio de la presencia de cazadores furtivos.

En la selva de Vohibola, en la costa oriental de Madagascar, el crimen reina: matanzas salvajes, caza de lémures y descarados saqueos de la naturaleza.

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Una lástima para el guía y jefe de la aldea de Andranokoditra, Michael Tovolahy, más conocido como "jefe Nabé". "Su" selva de Vohibola, situada entre el canal colonial de los Pangalanes y el océano Índico, alberga tesoros de biodiversidad.

"Hay al menos 20 especies de animales autóctonos, incluidos seis tipos de lémures, y 150 variedades de árboles", cuatro de los cuales solo crecen en la Gran Isla, explica. "Temo que debido a los leñadores-cazadores furtivos, esta selva desparezca un día para dejar su lugar a una tierra vacía donde inversores vendrán a plantar muros de cemento..."


Convertidos en un símbolo de Madagascar desde el éxito planetario de la película animada del mismo nombre, los lémures son uno de los blancos privilegiados de los cazadores. Algunos se los comen, otros los venden como animales de compañía.

"Los lémures nocturnos son muy fáciles de capturar durante el día mientras duermen", explica el jefe Nabé. Los cazadores furtivos cortan los árboles que rodean su nido para impedirles la huida. Luego ya solo tienen que sacudir el nido para hacerles caer. Sencillo y eficaz.

Según la oenegé Lemur Conservation Network (LCN), 105 de las 111 especies de lémures repertoriadas en Madagascar están en peligro de extinción.

- "Asunto de todos" -

Los pequeños mamíferos no son los únicos amenazados. Para los habitantes de la región está en juego el futuro mismo de la selva.

A lo largo de su recorrido, la patrulla del jefe Nabé se cruza con montones de cortezas, vestigios de las salvajes talas diarias que transformaron la selva de Vohibola en una gran obra.

La mayoría de los árboles "robados" al bosque se queman para hacer carbón, un combustible barato y por tanto apreciado por los habitantes de Madagascar, uno de los países más pobres del planeta.

"Es realmente triste ver que se atreven a convertir en carbón maderas preciosas como el ébano", se lamenta el jefe Nabé.

Madagascar pierde cada año entre 50.000 y 100.000 hectáreas de cobertura forestal, de un total estimado en 9 millones de hectáreas, según Eric Rabenasolo, director general de Selvas en el ministerio de Medio Ambiente.

Para frenar esta tendencia, el Estado trata de implicar a la población. "La protección del medio ambiente es asunto de todos", proclama Rabenasolo. "Es necesario que cada hogar se pregunte sobre el origen del carbón que utiliza en la cocina, y que los aldeanos denuncien las talas ilegales".

Pero el discurso tiene poco impacto en una isla en la que tres cuartas partes de la población vive en extrema pobreza.

- Tres noches por semana -

En un recodo del camino, la brigada del jefe Nabé descubre un campamento de cazadores furtivos. Unas 20 cabañas rústicas visiblemente abandonadas de manera apresurada. "Uno de los cazadores furtivos que estuvimos a punto de atrapar ayer seguramente avisó a sus cómplices", baraja Rakoto, uno de los patrulleros.

En la selva circundante, los cazadores hacen reinar el miedo y la intimidación.

"Con mi piragua nunca me aventuro demasiado cerca de esta selva", cuenta un pescador de Andranokoditra, Parfait Emmanuel. "No tengo ganas de que un cazador furtivo me haga pedazos con su hacha".

Las fuerzas del orden no brillan por su eficacia. Sus operaciones, escasas, se saldan a menudo con fracasos.

"Los propios aldeanos son los que avisan a los cazadores furtivos antes de la llegada de la policía", lamenta Cécilien Ranaivo, alcalde de la localidad de Ambinaninony, que engloba Andranokoditra. "Forzosamente no logran detener a muchos".

Exasperado por esta impotencia, Stéphane Décampe decidió asumir personalmente la protección de los lémures. Propietario de un hotel que recibe a turistas que bajan el canal de los Pangalanes, este franco-malgache pasa tres noches a la semana en su barco persiguiendo contrabandistas.

- Corrupción -

"Vienen de la ciudad de Tamatave (70 km al norte) con esposa e hijos", asegura Décampe. "El barco los deposita aquí con provisiones, pero no carne. Como tienen costumbre de comer carne, atacan a los lémures".

Este hotelero libra desde hace años una guerra sin piedad con los cazadores furtivos.

Él y su esposa Angélique recuperan también los pequeños mamíferos en familias que los tienen como animales domésticos. "Los devolvemos a la naturaleza", explica la mujer, "pero durante nuestras últimas vacaciones los cazadores los envenenaron para vengarse".

El activismo del matrimonio Décampe y del jefe Nabé molesta a las autoridades locales. Empezando por el alcalde Ranaivo, quien según los defensores del medio ambiente es cómplice de traficantes.

"¡Algunos se inventan muchas mentiras sobre la selva de Vohibola!", dice indignado. "Nunca he puesto los pies en la selva. No entiendo por qué me acusan", agrega antes de denunciar los motivos "políticos" de sus críticos.

- Saqueo -

Entre los dos bandos, la guerra arrecia. A principios de este mes una docena de defensores del bosque fueron detenidos.

"Nos acusan de haber talado ilegalmente árboles y destruido el negocio de los leñadores", suspira el jefe Nabé, uno de los detenidos. "Y mientras tanto, los verdaderos cazadores furtivos aprovechan para sacar tranquilamente su botín".

A pesar de las dificultades, la asociación que gestiona la reserva creada por la población en 2016 trabaja duro. Busca fuentes de ingresos alternativas al saqueo del bosque, en particular en la agricultura.

Pero necesita ayuda. "Solos no llegaremos nunca a luchar contra los leñadores-cazadores furtivos", señala el jefe Nabé. Según él, "lo que se necesita son elementos armados y habilitados por la ley para hacer uso de la fuerza.




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