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Canonización Romero

Los “milagros” ocultos de Romero

Roxana Lemus

lunes 8, octubre 2018 - 12:01 am

Los pobladores de Ciudad Barrios, cuna de monseñor Romero, aseguran que el profeta de su tierra les ha hecho milagros antes de ser proclamado beato y santo de la iglesia católica. / David Durán

Una carretera sinuosa en el cerro Cacahuatique, del departamento de San Miguel, conduce a cientos de personas hacia la cuna de uno de los salvadoreños más universales: Óscar Arnulfo Romero y Galdámez. El beato que según algunos familiares podría estar vivo y olvidado; el martirio, sin embargo, lo inmortalizó en su tierra natal, donde despierta apatía, adoración y hasta le agencian algunos “milagros”.

Murales, tasas y calendarios con el rostro de Romero comprueban que en Ciudad Barrios sigue vigente el nombre del arzobispo de San Salvador, ese mismo que denunciaba las injusticias cometidas por las fuerzas de seguridad en un momento álgido de violencia, que estalló en guerra y terminó cobrando la vida de más de 70 mil personas.

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Sus homilías, que a través de radio llegaban a todo el país, fueron fulminantes para un sector de la población. Romero fue asesinado el 24 de marzo de 1980, más de tres décadas después de su muerte, fotografías e imágenes talladas en madera se observan en  altares de diversos hogares en Ciudad Barrios. No es para menos, algunos de los habitantes de este municipio afirman que ese hombre al que le llaman “profeta” y “San Romero de América”, les ha hecho algún “milagro”.

El próximo 14 de octubre Romero será consagrado en los altares por el Papa Francisco, pero para muchos ciudadbarrense como Gilma Rivas, él “ya es un santo” y fue “un Jesús aquí en la tierra”.


Monumentos, murales y anécdotas recuerdan al primer santo salvadoreño en su ciudad natal. / D.D.

Bendiciones

“Han matado a un santo”, dijo Ana Vilma Franco, de 60 años, que fueron las palabras que mencionó su esposo tras conocer la noticia del asesinato.

Un mes después, el ejército asesinó a su esposo. “Lo balearon, siete balazos, duró tres días y murió hablando”, recordó Franco. Tras la perdida, todo fue cuesta arriba en la vida de esta mujer, que tuvo que alimentar y educar sola a sus tres hijos. No fue fácil.

“Yo tenía una deuda y me estaban presionando; entonces, yo un día me pongo a platicar con él en la foto y le digo: Monseñor Romero ayúdame, que esta mujer hace días me está diciendo que me va a comprar estas dos tareas (jornadas de trabajo) y no se pone de acuerdo. (Fue) como a la 1:00 p.m., lunes de agosto de 1996”, rememoró. Tres horas después, ella recibió respuesta. “Yo lloré. En la iglesia lloré después dando las gracias”, añadió.

Pero ese no es el único “milagro” que cuenta Franco, originaria de cantón Llano el Ángel, de Ciudad Barrios.

Una de sus hijas tenía que ser operada de un ojo, pero le cobraban mil colones para realizarle la cirugía. Franco no tenía esa cantidad de dinero.

“Pidámosle a Monseñor Romero, le dije. Leíamos la oración y a los tres días la operó el Señor de su ojo”, explicó. El que hizo la obra fue Dios “por la intercesión de Monseñor Romero”, asegura.

Escrito está en la Biblia que ningún profeta es aceptado en su propia tierra. Así como hay ciudadbarrenses que tienen la fe puesta en Romero, hay quienes no pueden hablar muy bien de él.

“Nada menos me dijo una señora que Monseñor Romero había andado con la guerrilla”, comentó Gilma Rivas, quien era una de las cocineras que preparaba los alimentos cuando él llegaba de visita a Ciudad Barrios.

“Fíjese que quizá sí”, respondió Rivas ante el comentario. ¿Por qué?, le preguntó la señora. “Y no usted lo dice pues, si usted lo dice es porque anduvo con él…Si digo algo de alguna persona es porque yo he andado con esa persona, no solo por hablar”, contestó la anciana de 78 años de edad.

Ningún comentario podría matar el amor y la fe que Rivas le profesa al futuro santo. En su hogar, hay un altar dedicado a Romero y las paredes están plagadas de imágenes donde aparece el Arzobispo de San Salvador al lado de su padre, Jorge Gutiérrez, quien era tío político del beato.

“Yo lo conocí a la edad de unos diez años, porque yo me crié con una tía de Monseñor Romero, ella se llamaba Josefa Ángela Galdámez, que era la esposa de mi papá”, detalló.

La cercanía de Rivas, le permite definir a Romero como un “hombre humilde” y afirmar que su comida favorita era la carne molida con huevo duro, platillo que en Ciudad Barrios es conocido como “niño perdido”.

Cuando su nieta, Katherine García Cruz, cayó en estado vegetal, Rivas no dudó en pedir la intercesión de Romero para su sanación.

Los doctores dijeron que “no tenía esperanzas” y que solo “un milagro la iba a salvar”.  Ante las afirmaciones de los galenos, Rivas respondió que “el milagro se va a dar”. Así fue, tras enviarle un escapulario de la virgen María, una foto de Monseñor Romero y un algodón empapado con aceite del Santísimo, y luego de tantas oraciones, la pequeña Katherine salió del estado vegetal.

“Se admiraron los médicos porque ella salió (del estado en el que se encontraba); no ocupó silla de ruedas, salió caminando con los pies de ella, entonces dijo el doctor Portillo que se había hecho el milagro”, agregó.

Hace 14 años, Javier Sorto recibió nueve balazos en diferentes partes de su cuerpo.

Pasó ocho meses en el Instituto Salvadoreño del Seguro Social (ISSS), estuvo en la Unidad de Cuidados Intensivos (UCI) y le pidió a Romero que lo salvara.

“Él dice que le hizo el milagro. Él le pidió y lo salvó, porque hubo un día que ya era muerto, ya lo hacían por muerto y le pidió a Monseñor Romero”, contó su padre, Armando Sorto, quien trabajó con Monseñor Romero en la construcción de la catedral de San Miguel.

Aunque un disparo en el pecho silenció a Romero en la capilla del Hospital Divina Providencia, cientos de salvadoreños no han enterrado su nombre; lo resucitan con sus historias, con fe, con canciones, camisas y esperan ansiosos a que la iglesia católica haga lo propio, para que su figura no viva solamente en los corazones y altares de quienes afirman “milagros”, sino para que con propiedad ocupe su lugar entre los santos.

Gilma Rivas tiene en su hogar un altar en honor a Monseñor Romero. Además de haber sido cercana a él, asegura que es un santo./ D.D.




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