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Editorial & Opinion

Los nacionalismos

Rubén I. Zamora / Abogado, político y diplomático

martes 19, marzo 2019 - 12:00 am

En el lenguaje político el nacionalismo es uno de los epítetos más frecuentemente utilizados ya sea para justificarlo y ensalzarlo como también para condenarlo y vilipendiarlo. El nacionalismo es tan usado como poco entendido, pues nacionalismo es considerado tanto como una concepción como un insulto, pasando por los que lo anatematizan y los que lo consideran una vistosa medalla para colocársela en el pecho.

Es en el periodo del tránsito del feudalismo al capitalismo que el Estado se va conformando mediante el dominio de un territorio determinado e identificando su población a la que les confiere un conjunto de derechos e impone obligaciones de tan manera que les permita reconocerse como unidad y aceptar la autoridad del Estado. El nacionalismo se desarrolla junto con  el  Estado Moderno quien lo utiliza como el instrumento más poderoso y universal, entre todos los instrumentos de carácter ideológico que posee, para generar la identidad y unificación del conjunto de la sociedad, y que le permite mantener la coherencia y desarrollar una imagen de la sociedad que empuje a la acción social del grupo basándose en ciertas características sociológicas comunes de los habitantes como son lengua, religión, etnia e historia y por ello sentirse unidos y poder establecer objetivos comunes y trabajar por ellos bajo la presidencia del poder estatal.

Pero el hecho de establecer la nación como identidades y comunidades del grupo social, implica que los que carecen o presentan diferentes características quedan excluidos; hay en el nacionalismo una veta inherente de ser excluyentes; porque implica el establecimiento de una frontera entre nosotros y los otros; en otras palabras el nacionalismo puede ser una fuerza para unir a la población, pero también para dividirla y esta es la historia de los nacionalismos.

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En la política moderna, es el Estado el primer portador del nacionalismo y por ello el derecho de autodeterminación de los pueblos, reconocido internacionalmente, es la expresión más alta y legítima del nacionalismo.

En los Estados en que existen diferentes grupos ya sea religiosos, étnicos, lingüísticos o con un bagajes históricos diferentes y hasta opuestos al Estado central, la unidad sociológica no puede ser la base para todos y para todo, y por ello la aceptación y acomodamiento de los diversos grupos  se convierte en una tarea fundamental del Estado, para contener la tendencia a la formación de un nuevo Estado basado en la diferente nacionalidad apelando a la autodeterminación.


Se trata de un problema de actualidad como lo muestra el caso de la España, donde tanto los vascos como los catalanes se consideran una nación diferente y exigen del Estado centralizador el reconocimiento de su identidad y la capacidad de autogobernarse. El Estado como enraíza su dominación ideológica en características que están fuera de su control no tiene más alternativa para mantener su nacionalismo que reconocer las otras nacionalidades y construir un lenguaje político que permita la coexistencia de ambas: España, durante el franquismo, implementó políticas dirigidas a eliminar las peculiaridades que diferenciaban a los vascos y catalanes del resto de España y lo único que logró fue incrementar el sentimiento nacionalista de estas poblaciones; en  el periodo democrático la política del gobierno se ha centrado en reconocerlas con una política de autonomías y ha logrado que los vascos acepten un arreglo con el gobierno central, pero con los catalanes no lo ha logrado y hoy ellos protagonizan el drama nacionalista.

El  nacionalismo es un fenómeno ligado a la historia y prácticas de las sociedades, por lo que deberíamos hablar de nacionalismos y tomar en cuenta que es crucial considerar los actores políticos que lo proclaman y su relación con el poder para poder juzgar su validez. Tan erróneo es la condena generalizada como su acrítica aceptación.

Podemos distinguir tres formas de nacionalismo según sea su fuente, el más conocido es el que surge en los pueblos oprimidos por parte de otro gobierno, es en nombre de este tipo de nacionalismo que las luchas por la independencia de un poder imperial encuentran su expresión, y se centra en la lucha por la autodeterminación; constituye la forma más aceptada de nacionalismo, pues tiene como objetivo central la autodeterminación de los pueblos, que no solo es proclamada en la carta de fundación de la ONU, sino que ésta ha desarrollado todo un aparato para garantizarlo.

Una segunda forma de nacionalismo se define por lo que podríamos calificar de nacionalismo horizontal y éste sigue siendo la forma más común del mismo, pues se da entre pares y se refiere a una exaltación de los valores, capacidades y futuro de la nación como discurso para descartar a los que no acepten estos planteamientos, el anticomunismo que vivimos por muchos años justificaba la cadena de violaciones humanas que en su nombre se cometieron proclamando al comunismo como la principal amenaza para la nación, y dándole un carácter de una doctrina extraña que destruiría las fuentes de la nación (lengua, familia, religión), esta fue la base para desarrollar la llamada “doctrina de la Seguridad Nacional” bajo la cual se cobijó la racha de regímenes militares que se presentaban como “salvadores de la nación”.

Una tercera forma de nacionalismo, la antítesis de la primera, es utilizar para justificar la dominación sobre otro país o sociedad, se trata  de las aventuras colonialistas que proclaman como destino de la nación el practicarlo, desde la doctrina del “destino manifiesto” de los EE.UU. en la primera mitad del siglo XIX, pasando por la “misión civilizadora” de los franceses en la segunda mitad de ese siglo hasta la concepción nazi de la superioridad de la raza aria en el siglo XX, todos ellos asumen que la actividad que desarrollan es para el engrandecimiento de la nación; este nacionalismo es a todas luces nocivo y en muchos casos se genera como antítesis de la resistencia de los pueblos a ser colonizados.




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