Editorial & Opinion

Macabeos 2-15

Juan José Monsant A. - Exembajador de Venezuela en El Salvador

sábado 28, diciembre 2019 - 12:00 am

El año que culmina se celebra la fiesta judía de Janucá, igualmente conocida como Fiesta de las Luces, de las Luminarias o la Dedicación, coincidiendo con la celebración cristiana del nacimiento de Jesús, es decir nuestra Navidad, que se conmemora cada 24 de diciembre por decisión de alguno de los papas o concilios del siglo IV de nuestra era. Se inició el pasado día 22 y terminará el día 30 de diciembre; es decir, tiene una duración de ocho días continuos. No siempre coinciden las dos fechas, la cristiana es fija, cada 24 de diciembre, la judía es movible debido a que su calendario no se guía por el gregoriano, y sus días se inician con la aparición de las tres primeras estrellas en el cielo.

Pero ambas fechas son significativas, y no podía ser de otra forma dado el origen étnico y cultural de Jesús, sus padres y ascendientes hasta llegar al Rey David eran judíos, como el propio Cristo. Ambas fechas celebran la liberación, la liberación de la opresión cultural, espiritual, económica, militar, ideológica, dogmas e ignorancia. El triunfo de la luz sobre la oscuridad, del bien sobre el mal.

Alrededor del siglo II a.C., los judíos llamados Macabeos, descendientes de aquel Matatías que se negó a rendir culto a dioses externos que se les querían imponer, al atravesar con su espada a otro judío helenizado solícito ante el opresor, para luego espetarle al mismísimo enviado del rey Antíoco Epífanes: “Aunque todas las naciones que forman el imperio del rey le obedezcan hasta abandonar el culto de sus antepasados, yo, mis hijos y mis hermanos nos mantendremos fieles. No obedeceremos las ordenes del rey ni nos desviremos un ápice de nuestro culto” (1M 2,19); para de inmediato matar al heraldo del rey, y destruir el altar levantado al dios Zeus. “Todo aquél que mantenga celo por la Ley (de Moisés), que me siga” les gritó; y dejaron la ciudad de Modín, todo cuanto tenían, y se fueron a las montañas.

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Matatías se enfrentaba no solo al tirano, sino a buena parte de su propio pueblo que había adoptado las costumbres y leyes griegas no solo por convicción sino por comodidad, temor o complicidad. De esa postura fue que surgieron surgieron los llamados fariseos y saduceos; los primeros, apegados a la Ley, los segundos, quienes disfrutaban del poder de la tiranía.

Pero las luminarias llegaron más tarde cuando caído en combate Matatías, su hijo Judas el macabeo logró recuperar  del invasor, el Templo de Jerusalén; procedieron a limpiarlo, arrojar al fuego los falsos ídolos, purificarlo y encender el candelabro de siete brazos (1M,4-52); solo que tenían aceite suficiente para un día, y alumbró por ocho, Ese fue el milagro de Yahvé que celebramos esta semana, la Janucá (dedicación, reinauguración), representada con un candelabro de nueve brazos, y no de siete como la Menorá.


Nuestra luz, la luz del cristiano es la Palabra, es Jesús, el Cristo, el llamado a dar testimonio del Padre, el Ungido, el Mesías, el que vino a liberar a la humanidad de sus ataduras prejuicios y esclavitud, a dignificarlo e igualar en su esencia, naturaleza y por el bautismo, al hombre y a la mujer; iguales ante el Padre, entre ellos, y la sociedad. De allí que toda opresión es el mal en sí mismo, la oscuridad, el error contrario a la dignidad humana y a la vida en todas sus manifestaciones.

Y la Palabra está en los Evangelios, en el nacimiento y vida de Jesús, que vino a liberarnos de esos prejuicios y opresiones sustentados en falsedades y conveniencias; de todo aquello que conspira contra la libertad y la dignidad del ser humano, y de la naturaleza que también es creación. Por ello los cristianos alumbran la corona de Adviento y enciende cirios al Señor y sus santos. La misma luz que los macabeos encendieron cuando liberaron el Templo.

Son esas mismas lucen que deben encender nuestros pueblos para liberarse de las tiranías, y de cualquier tipo de opresión que hoy ensombrecen al continente.




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