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Editorial & Opinion

Madiba

Carlos Manuel Echeverría E./Exembajador costarricense en El Salvador

martes 9, octubre 2018 - 12:00 am

Madiba es como le llamaban cariñosamente en su país y el mundo a Nelson Mandela, sin duda el último gran líder de nuestros tiempos. Lamentablemente, las característi­cas que hacen excepcional y trascendente a su tiempo y nación a un líder político y lo convierten en estadista, no están presentes en prácticamente ninguno de los Jefes de Gobierno o aspirantes hoy en día; Obama genial pero se queda corto. Un líder político no es solamente aquel carismático o populista, capaz de motivar a quienes lidera a la gesta liberadora o afianzadora. Prudente y magnánimo en la victoria, conciliador siempre, en la victoria o la derrota, es aquel que, teniendo la capacidad de movilizar hacia grandes epopeyas a sus seguidores, también tiene la virtud en épocas de paz, de llevarlos, más que como líder absoluto, como un pastor de ovejas, por la senda conducente al progreso sostenido y sostenible. Detallaré a continuación porqué considero a Madiba un líder excepcional.

Le llamaban Madiba por haber nacido en 1918, dentro del Clan homónimo, parte de la etnia Xhosa. Fue desde joven un luchador contra el Apartheid, un esquema rígido y extremo de segregación racial dirigido especialmente contra los ciudadanos de raza negra, aunque también tenía reservas contra los industanis. Fue impuesto el esquema por el Partido Nacional, que agrupaba a los llamados Boers, sudafricanos de origen holandés. Desde 1952 Madiba fue uno de los principales líderes del Congreso Nacional Africano, que agrupaba a las grandes mayorías africanas y muchos industanis, pero con derechos políticos muy limitados por la política del Apartheid, precisamente para luchar contra éste. El ANC era fundamentalmente socialista, un socialismo africano, nacionalista y anti imperialista. Madiba fue fundamentalmente practicante toda su vida del humanismo internacionalista.

Demostró Madiba en esos tiempos, agallas, valentía, arrojo y consistencia política, lo que lo llevó a la cárcel en 1963, acusado por el gobierno Afrikaneer de traición. Estuvo preso en condiciones precarias e inhumanas, demostrando entereza y resistencia. No lograron doblegarlo los Afrikaneers y ante la presión internacional, en 1990 el Presidente Frederick Willem de Klerk, respondiendo a la presión internacional y nacional, pero me parece fundamentalmente a sus cualidades de estadista, tomó la decisión de liberal a Madiba, sin condiciones, iniciando así el desmantelamiento del Apartheid y facilitando la construcción de una nueva Sudáfrica, democrática y con ciudadanos de una sola categoría. Su gesto y valentía, lo hicieron acreedor, junto con Madiba, al Premio Nóbel de la Paz en 1993.

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Entre 1994 y 1999, Madiba fue presidente de su país, dejando el poder cuando normalmente tenía que hacerlo. Teniendo todo el poder y el apoyo inter­na­cional, pudo haber desencadenado el más justificado odio y venganza contra sus torturadores blancos y no lo hizo. Se empeñó en tranquilizar a los sudafricanos negros y dar confianza a los sudafricanos blancos, promovien­do la aceptación recíproca de ambas partes, la blanca en franca minoría pero potente en cuanto a recursos económicos acumulados durante años de ex­plo­tación, capacidades técnicas y de gestión; la negra, aún por desarrollar sus capacidades. Hablar de integración era ir muy lejos, pero se logró una respetuosa convivencia, que todavía muy lejos de ser perfecta, ha logrado consolidarse, evitándose así las tragedias de otras naciones de África y otras latitudes, donde los nuevos dirigentes escogieron otro rumbo. Sudáfrica es hoy en día, aunque todavía con grande bolsones de pobreza y tensión entre etnias no fácil de manejar, una nación respetada, un actor que trasciende el África, miembro por ejemplo del Grupo BRICS, junto con China, Rusia, India y Brasil.

La personalidad de Mandela, Madiba, quedó plasmada en la gran película Invictus de Clint Eastwood, reconocida como apegada a la realidad, cuando logró volcar todo el entusiasmo patriótico de la población, en apoyo al equipo nacional de Rugby, en esos tiempos fundamentalmente un deporte de blancos: en esa ocasión, el equipo alcanzó el campeonato mundial. Mandela, es admirable integralmente. Su actitud debe de ser un ejemplo a emular, para el liderazgo local, sin distingos políticos, de aquellos países que han logra­do por la vía de la confrontación armada el estabilizarse instaurando sistemas democráticos pluralistas de gobierno, para inspirarlos a lograr la mayor integración social posible, conducente a un ambiente propicio para la convivencia fraterna y pacífica. ¿Qué mejor forma de honrar el legado de Mandela en este 2018, año en que se conmemora el centenario de su natalicio?




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