Editorial & Opinion

Mentiras y prejuicios contra un sacerdote

Jaime Ulises Marinero / Periodista

miércoles 16, octubre 2019 - 12:00 am

Mentir va en contra de los valores morales. Miente la gente de malos sentimientos, salvo los mitómanos, quienes por una condición psicológica suelen mentir o crear falsas historias. Una mentira puede causar graves daños temporales o permanentes. Hay mentiras que se han sostenido a lo largo de la historia y las seguimos creyendo como verdades. Joseph Goebbels, padre de la  propaganda  nazi decía que una mentira repetida mil veces se convierte en verdad. Mentir es maldad.

El sacerdote Antonio Molina Nieto, quien fuera párroco de la iglesia Santa Cruz de Roma, en Panchimalco, fue víctima de atroces mentiras que literalmente destrozaron su vida causándole un daño irreparable. Hace algunos años dos hermanas gemelas declararon ante la iglesia católica que fueron agredidas sexualmente por el sacerdote Molina, en Panchimalco. El religioso al sentirse inocente de dicha acusación, demandó a las hermanas por calumnia y difamación. Finalmente en un tribunal de sentencia capitalino las hermanas, que hoy tienen alrededor de 37 años, negaron que los hechos hubiesen ocurrido.

Luego Isaí Ernesto Mendoza Martínez acusó ante la iglesia al padre Molina por haberlo abusado y luego amenazado de muerte. El testimonio lo rindió ante las autoridades máximas de la iglesia católica en El Salvador, que mandaron un informe a El Vaticano, donde el Papa Francisco, con la versión unilateral de las autoridades eclesiásticas, en 2016 decidió dimitirlo del estado clerical, es decir, suspenderlo para que ya no pudiese cumplir funciones sacerdotales.

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Nuevamente Molina inició un proceso contra Mendoza, a quien no conocía, y la semana pasada en el Tribunal Sexto de Sentencia de San Salvador, Mendoza pidió disculpas al sacerdote por haber mentido. El hombre mendaz aceptó que no conocía al padre Molina y que nunca ocurrieron los hechos denunciados ante el clero. En un acto cristiano el padre Molina perdonó al sujeto, que por cierto en las redes sociales hay decenas de denuncia en su contra por estafas y otras acciones indecentes. Antes de que Su Santidad Francisco decidiera separar al padre Molina, ya la iglesia católica salvadoreña lo había suspendido en lo que parece ser una acción lógica para iniciar las investigaciones. Aparentemente la decisión del Sumo Pontífice es inapelable al ser aplicada bajo el Derecho Canónico.

Tras conocerse que quienes acusaban a Molina aceptaron haber mentido, sin declarar cuáles fueron sus motivaciones o quién o quiénes los incitaron a mentir, los periodistas acudieron a entrevistar al arzobispo metropolitano José Luis Escobar Alas, quien dijo que el caso de Molina no está en sus manos, en el sentido de sí se le levantará el castigo que pesa en su contra al habérsele separado del estado clerical.


Seguramente la decisión final no está en manos de Escobar. Pero al menos tiene la obligación de informar al Vaticano que todo fue una mentira, incluso que ellos, como jerarcas de la iglesia católica salvadoreña, fueron engañados por las personas que se hicieron pasar como víctimas. Ante los salvadoreños Escobar está obligado a aceptar que se equivocaron al aceptar como ciertas las mentiras de personas inescrupulosas que bajo motivos oscuros pretendieron e hicieron daño a Molina. A la iglesia también se le engaña.

Es lamentable lo ocurrido al padre Molina, persona a la que conocí, precisamente el día que sonriente abandonaba los tribunales porque la justicia salvadoreña había sido justa con él. Las mentiras en su contra fueron descubiertas y ahora la iglesia católica está obligada a devolverle su honor y, según yo, a reintegrarle su estado clerical.

Así como el padre Molina, muchas personas han sido víctimas de mentiras. En los tribunales del país se ven casos de testigos mendaces que involucran a personas inocentes en delitos. Hubo un caso de un testigo criteriado (delincuente que a cambio de su confesión es perdonado, sin importar los crímenes que haya cometido) que acusó a una persona de haber participado materialmente en un homicidio, pero resulta que dicha persona murió un día antes del crimen. El honor, el prestigio y el contexto familiar de muchas personas queda en trizas cuando se dan falsas acusaciones, especialmente cuando son acusaciones de acoso sexual, agresiones y otros delitos, que nunca han ocurrido. Los casos suelen ser muchos y no todos tienen la suerte del padre Molina, que contra viento y marea logró demostrar su inocencia ante la sociedad civil al desenmascarar a unos mentirosos. La iglesia está en deuda con él.




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