Editorial & Opinion

Ministras sin ministerios

Francisco José Ferman / Abogado

miércoles 15, mayo 2019 - 12:00 am

Comencemos por reconocer que estamos frente a la configuración de un gabinete de gobierno con una estructura simbiótica, es decir, integrada por diferentes agentes de la sociedad civil y no procedentes de ningún partido político. Esto, hasta la fecha, es lo novedoso del gobierno que se aproxima al nuevo quinquenio, puesto que en apariencia es pluralista, no necesariamente de unidad nacional, y que tampoco reparte cuotas de poder, un poder, que debe subrayarse, aún no tiene… El hecho de haber ganado las elecciones, no reviste al futuro presidente, del poder político que deberá fraguarse a través de negociaciones estratégicas conforme se vayan consolidando las nuevas interacciones de los grupos políticos y estamentos sociales. En este proceso no se deben confundir los conceptos de Estado, o macrocosmos político en el que participamos todos; el gobierno o conjunto de funciones orientadas a mantener la estabilidad del Estado y la administración pública que trata sobre la adjudicación de recursos materiales y humanos, necesarios para alcanzar el bien común.

Aún no se sabe si el presidente electo está obrando con hondura crítica y datos concretos, para asignar, por ejemplo, ministerios sin existencia legal, lo cual es diferente a nombrar a un “ministro sin cartera”. Este último constituye una figura legal que permite la creación de un ministerio sin funciones específicas, nombrado por el presidente, para usos varios, una especie de ministro “hacelotodo”, “multiusos” que tiene voz y voto en los consejos ministeriales.

Aparte de la cancillería que es un ministerio reconocido en la Ley del Presupuesto, con funciones específicas y fondos para el desempeño de la política exterior del país, los ministerios de Cultura, de la Vivienda y del Desarrollo Local, recientemente nombrados por el presidente electo, carecen de personalidad jurídica por faltar un instrumento legal que les dé cuerpo y validez. Son ministerios sin escritorios ni papeleras ni siquiera engrapadoras; que no tienen salario, no pueden contratar subalternos porque no existen como tales ministerios. Cabe preguntar: ¿Dónde se van a sentar las nuevas ministras de Bukele, para quienes sólo elogios se nos vienen a mientes, por su reconocida capacidad y experiencia? El gobierno debe enfocarse en la vida concreta de la ciudadanía. En esa realidad del diario vivir: salud, seguridad pública, educación, empleo, finanzas públicas, todo lo demás es secundario, suma y sigue. Las últimas expresiones políticas de Bukele, aún no despejan las dudas que surgen y surgirán sobre su actuación a lo largo del quinquenio que está por iniciarse.

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Igual incertidumbre genera el papel que desempeñará la oposición partidista y gremial, léase sindicatos, asociaciones empresariales, universidades, medios informativos, la opinión pública generalizada que podría crear un desánimo social y, eventualmente, sacar a las calles los contingentes populares que reclaman lo que consideran sus derechos, las promesas no cumplidas y otras reivindicaciones….

Los asesores del futuro gobierno deben tener en cuenta que nada de lo que Nayib diga o haga, pasará inadvertido y sin consecuencias; las nuevas generaciones ciudadanas están hartas ya de las políticas populistas que en el pasado desvirtuaron las dádivas en especie, como los vasos de leche, los paquetes escolares, las semillas para campesinos, “una computadora para cada alumno” en las escuelas, “el buen vivir”, además de otras, que nunca llegaron a plasmarse para importantes segmentos de la población, ni en la proporción prometida por los gobiernos recientes.


En resumen el nuevo gobierno debe procurar,  como representante del Estado –por encima de cualquier otra cosa– el cumplimiento inexcusable de la Constitución; que se devuelva la legitimidad y el respeto a las instituciones de la República; revisar a fondo la política exterior; combatir la corrupción, partiendo de nombramientos de funcionarios que, además de capaces, también sean honestos; no negociar con delincuentes; devolver la paz y el patrimonio de quienes han sido desplazados de sus barrios y lugares de origen ahora usurpados por las pandillas; que el país se vuelva atractivo para la inversión extranjera y nacional; que la seguridad vuelva a las calles; que implemente una nueva política de rendición periódica de cuentas que no sólo transparente el uso de fondos públicos, incluyendo los famosos gastos secretos,  sino que también responda a un plan que impida la permanencia o el retorno de los ineptos y los corruptos.

Esta es, en suma, la esencia del buen gobierno que se espera de Nayib, a quien ojalá, El Señor ilumine en su ejercicio como mandatario de este noble país.




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