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Editorial & Opinion

Navidad sin niños quemados

Armando Rivera Bolaños / Abogado y Notario

martes 11, diciembre 2018 - 12:00 am

En cada Navidad o fiestas patronales que se efectúan en el país, de inmediato acude a la memoria un doloroso recuerdo de mi niñez, cuando acompañando a mi padre a una reunión de oficiales en el regimiento de infantería ubicado en la ciudad de Usulután, en plena fiesta dedicada a Santa Catarina de Alejandría, me dio permiso que fuera un momento al parque central a presenciar las carrozas y la consiguiente quema de pólvora.

Caminaba admirando el espectáculo cuando, de pronto, un hombre, con muestras de embriaguez, me arrojó encendido un artefacto pirotécnico que llamábamos “buscaniguas”, el cual impactó en mi pantorrilla izquierda y como vestía pantaloncitos cortos, la quemadura fue de inmediato. Llorando de dolor, llegué de nuevo a la sede militar y mi padre, muy afligido, me condujo a la enfermería donde me aplicaron una crema y me vendaron. Dicho percance marcó mi actitud hacia la costumbre de reventar objetos explosivos como el del suceso, hasta el punto que esa experiencia la transmití a mis hijos, quienes también se abstuvieron de seguir esa usanza peligrosa hasta el momento presente.

Años más tarde, ya residiendo en la capital, mi madre adquirió una casa en pleno centro, sobre la tercera calle poniente, a inmediaciones de varios sitios emblemáticos de aquel entonces, como el Cine Central, Mercado de Flores “Emporium”, La Prensa Gráfica y la Cruz Roja Salvadoreña. Por la inmediatez a esa institución de servicio, conocí a personas de un especial espíritu altruista como los hermanos Llort (que poseían una ferretería cerca de la entidad), don Ciro Rusconi, así como ese hombre-símbolo, entonces muy joven, Carlitos López Mendoza y muchas gentes más.

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Mi madre que administraba un comedor, se encargaba de dar alimentación al personal de servicio, motoristas, médicos y enfermeras. Y fue allí, donde con horror y estremecimiento psicológico, en cada festividad navideña observé, frente a frente, la enorme cantidad de niñitos de ambos géneros, que llegaban a recibir primeros auxilios, con horribles quemaduras en sus rostros, bracitos, espaldas, piernas,  en fin, hasta  contemplar en cierta Navidad, un cuadro dantesco, inolvidable, como fue el de un menorcito, cuyos tiernos genitales prácticamente  habían sido cercenados, por la explosión de uno de aquellos enormes morteros criminales de antes que, gracias a Dios, han caído en el ámbito de la prohibición.

Esa criaturita daba espantosos gritos de dolor, mientras los padres, con rostros compungidos, se achacaban mutuamente la irresponsabilidad del suceso, hasta que intervenimos y logramos calmarlos. Esta es hora de ver qué se hace por el niñito, recuerdo que les dije, mientras con unas enfermeras hacíamos los preparativos para remitirlo urgentemente en una ambulancia al Hospital de Niños “Benjamín Bloom”, entonces situado donde hoy funciona la Unidad “1º. de Mayo” del Seguro Social. Ignoro el desenlace de ese trágico, pero imborrable suceso.


Estoy narrando tristes acontecimientos de hace más de 40 años, pero, por lo visto en cada festejo pascual, las cosas poco o nada han cambiado en El Salvador, porque nuestra niñez sigue siendo víctima de la irresponsabilidad de las gentes adultas, cuando se trata de utilizar artefactos pirotécnicos que, aunque aparentemente sean inofensivos, todos conocemos que la pólvora, aun en pequeñas cantidades, siempre es un compuesto químico que, por su alta reacción explosiva o de encendido, puede ocasionar quemaduras de diferente graduación, si es manejada en forma imprudente por menores de edad.

Niñez amputada de sus manos, brazos o piernas; niñez ciega por reventarles luces en sus ojos; niñez sorda, porque las explosiones mortíferas les dañaron el tímpano y nervios auditivos, es el resultado de una práctica que, a mi criterio, debía haber sido superada en el ámbito cultural salvadoreño.

Conozco perfectamente el sentir y pensar de quienes se dedican a la industria pirotécnica y de los abnegados vendedores que, año con año, colocan con sacrificios económicos, sus puestos para comerciarlos. Pero algo tenemos que hacer como adultos responsables, especialmente en eventos donde abunda la ingesta alcohólica que, en el fondo, es un componente de la irresponsabilidad para con los niños. Este es un llamado a la conciencia paternal, al hogar de todos: deseamos que pasen una Navidad feliz, pero sin niños quemados. Que su corazón nos escuche.




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