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Editorial & Opinion

No llegó del frío

Redacción DEM

viernes 12, abril 2019 - 12:00 am

En los movidos años sesenta, David John Moore Cornwell, mejor conocido como John Le Carré, publicó su primera novela “El espía que llegó del frío” que, dos años más tarde, en 1965, fue recreada en un filme protagonizado por el conocido actor británico Richard Burton, el mismo que contrajo matrimonio dos veces con la singular actriz Elizabeth Taylor, a quien llegó a obsequiarle la “Perla Peregrina”, hallada en 1515 en las aguas de la isla de Santa Margarita en Panamá, y obsequiada al rey Felipe II de España, para luego ser lucida en el cuello de tres sucesivas reinas españolas.

Lo cierto es que esa obra inicial del escritor, diplomático y funcionario del M16 británico, abrió paso a la saga de espías que se iniciaría con James Bond, también fruto de otro escritor británico Ian Fleming, quien como su contemporáneo Le Carré, igualmente perteneció al servicio secreto británico, además ejercer el periodismo.

Estos eran espías duros, secos, desconfiados que arriesgaban su vida en cada misión encomendada; eran espías de campo, infiltrados, observadores, taimados y la mayor parte del tiempo aislados; había que esperar una comunicación por una radio clandestina o por un mensaje cifrado, e informar de la misma forma.

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Conscientes que de ser descubiertos y apresados, normalmente antes de ser torturados, drogados y alabados, morían en cualquier esquina por un disparo salido de cualquier parte, o por un auto que “casualmente” perdía el control a su paso. A veces, tal como aparecían desaparecían una vez realizada la misión encomendada, para servir en las oficinas centrales o ejecutar otra misión, siempre en el anonimato.

Otro escritor británico, surgido del seno de los servicios de inteligencia fue Graham Greene, autor de numerosos libros, casi todos llevados a la pantalla: Nuestro Hombre en la Habana, El Poder y la Gloria, El Factor Humano, El Cónsul Honorario, Oriente Express, El Tren a Estambul y muchos más. Confieso que me he leído casi toda su obra. Nuestro Hombre en la Habana, se sitúa en la Cuba prerevolucionaria, con Batista en el poder, donde un inglés vendedor de aspiradoras es captado por el M16, y a falta de información comienza a imaginar complots para justificar el sueldo, llegando incluso a diseñar armas secretas en posición de los rebeldes, diseños que eran sacados de la estructura mecánica de las aspiradoras que vendía. El resto lo dejo a la curiosidad del lector, para que descubra cómo terminó todo, al igual que la suerte que corrió el espía que llegó del frío, en sus andanzas por Alemania Oriental.


Quien no llegó del frío fue Julian Assange, detenido por la policía londinense el pasado miércoles, en la sede de la Embajada de Ecuador en Londres, a solicitud del propio Embajador, una vez que su país procedió a retirarle su condición de asilado, e informárselo al Foreign Office; lo que puso fin al asilo concedido por el expresidente Rafael Correa en el 2012, y a la nacionalidad ecuatoriana que le fuere otorgada y ahora igualmente retirada.

Lo cierto es que Assange torció el rumbo, pensó que podía dirigir el destino de la humanidad a través del poder que otorga la información, quizá por ello a través de su empresa Wikileaks llegó a penetrar los archivos secretos de la mayoría de las cancillerías occidentales, y a recibir información sensible de agentes de seguridad informática que lo admiraban y seguían, como Edward Snowden, quien reside ahora en Moscú, no obstante las ofertas previas de asilo hechas por los tiranos Nicolás Maduro y Daniel Ortega; y las filtraciones del exsoldado norteamericano Bradley Manning, hoy Chelsea Manning, actualmente en libertad. Quizá por ello también, se consideró con derecho a agredir sexualmente a dos mujeres en Suecia, por lo cual enfrenta un juicio.

Hasta que finalmente arrestaron a este irresponsable, vividor y delincuente llamado Julian Assange, quien por alguna razón servía a los intereses de los gobiernos antioccidentales. Nunca publicó un solo correo de los rusos, cubanos, chinos, nicaragüenses, iraníes, coreanos. Se convirtió en un personaje de Julio Cortázar de Casa Ocupada, bajo la complicidad del otro irresponsable y vividor Rafael Correa, quien jamás hubiera permitido a un venezolano o nicaragüense, perseguido por sus opiniones, refugiarse en su Embajada.




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