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Editorial & Opinion

¡Nos vamos a las calles!

Mauricio E. Colorado / Abogado

lunes 17, diciembre 2018 - 12:00 am

Hubiéramos querido tener unas pacíficas fiestas de Navidad y Año Nuevo, pero la realidad política nacional se ha unido al permanente caos que vive nuestra nación, sometida a la delincuencia, las pandillas, el narcotráfico, las extorsiones y, como postre, la carrera electoral. De hecho, el cambio de las autoridades del Órgano Ejecutivo el próximo año, exige que los políticos interesados en asumir la dirección del Estado desde el Ejecutivo traten de demostrar a los votantes del 3 de febrero, que lo que más le conviene al país y al ciudadano, es la propuesta que cada uno presenta a consideración, a efecto de que cada votante con pleno conocimiento de cómo y qué se puede esperar del gobernante  que resulte electo, y le deposite su confianza, y le conceda el voto.

Dentro de la infinidad de promesas que se le ofrecen al pueblo, el soberano (el pueblo) tiene la facultad de escoger al mejor, analizando sus propias condiciones de vida, y el camino que debe recorrer El Salvador, para garantizar el bienestar de la mayoría. A diario escuchamos las ofertas electorales de los candidatos, sometidos a múltiples presiones de los partidos políticos, y de intereses personales que pocas veces se pueden ocultar. Es claro que la decisión del votante es en extremo importante, porque lo que está en juego es la sobrevivencia de la libertad y democracia de casi siete millones de personas, y que tal responsabilidad no se puede dejar de lado.

Muchos ciudadanos simplistas y cómodos, se lanzan por la abstención, creyendo que de esa forma aportan al país, rechazando, según ellos, las deficiencias y males de nuestro país. Grave error que a la larga sale caro. Pero al igual que el votante irresponsable que prefiere no votar, se observan propuestas de los candidatos que denotan inseguridad e incapacidad.

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Hacer llamados para protestar con violencia a supuestos hechos, no dejan de ser expresiones de desesperanza, y deseos de motivar por medio de la amenaza violenta o del temor en el ambiente. Hace algunos días se produjo la experiencia provocada por uno de los aspirantes que incitó a sus seguidores a invadir las instalaciones del Tribunal Electoral, en rechazo a un supuesto fraude.

El “líder” sostenía que el tema de cambiar el color celeste de su partido, por un celeste más suave, conformaba un fraude, y desencadenó un ataque a la sede del tribunal, que más tarde llamó una “manifestación pacífica”.


Gracias a Dios, los atacados no reaccionaron a la provocación de la forma que hubieran querido los intelectuales del incidente, y el asunto no pasó a más. Pero en el fondo ha quedado demostrado que dirigentes inescrupulosos, provocan con métodos desfasados, a los incautos que ciegamente obedecen las tácticas “revolucionarias” caducas y obsoletas para la obtención del poder.

La frase “nos tomaremos las calles” es tan amplia que no puede esconder la inseguridad de quien realiza el llamado, y que recurre a la fuerza para obtener sus objetivos. Y como lo expresó otro candidato, más grave es el hecho de hacer esos llamamientos, y esconderse a la hora de los sucesos.

La experiencia del partido gobernante, que promovió una guerra “en nombre del pueblo” ofreciendo cambiar las condiciones de vida y desterrando la pobreza para siempre, solamente demostró más de lo mismo, y unos nuevos ricos que antes vivían con recursos limitados.

A los salvadoreños ni al mundo entero se le puede ocultar que los gobiernos “socialistas” como los de Venezuela y Nicaragua, solo pueden mantenerse sometiendo voluntades por medio de la imposición, o al estilo de Fidel, mandando al oponente “al paredón” ahora en su versión actualizada, con el “desaparecimiento” o la versión clásica, represión, cárcel o muerte. Que el Supremo ilumine las mentes de los votantes y no permita que  dirigentes ególatras accedan al poder, bajo influencia de la violencia, el temor o el abandono de los valores democráticos. El Salvador se merece un destino libre, independiente y democrático.




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